Patricio Navia
Epoca, No. 827, 31 de
diciembre de 2000. Madrid, España.
Durante sus siete décadas en el poder, el PRI
alegó ser heredero ideológico del popular presidente indígena y anticlerical
del siglo XIX Benito Juárez y también de la Revolución de 1910. Aprovechando la
legitimidad obtenida por su fundador, el general Lázaro Cárdenas (1934-40) que
nacionalizó el petróleo y promovió la reforma agraria, el PRI logró
consolidarse en el poder a través del famoso dedazo, el mecanismo por el cual
el presidente en ejercicio designaba a su sucesor. Mientras sus vecinos del sur
vivían experiencias populistas, dictaduras e intentos revolucionarios, México
vivió décadas de prosperidad y estabilidad económica.
Pero el intelectual mexicano Jorge Castañeda ha
señalado que con el PRI en el poder, las elecciones no se celebraban, se
organizaban. El candidato oficial realizaba una activa campaña que le permitía
adentrarse en los problemas sociales, conocer la diversidad de la nación,
amarrar el apoyo de los caciques locales y granjearse la legitimidad que las
elecciones no podían otorgarle. El extendido dominio que llegó a imponer el PRI
sobre la sociedad mexicana llevó a Vargas Llosa a calificar a México en 1990
como la dictadura perfecta. La frase quedó inmortalizada y evidenció la
complejidad de la red de apoyos y lealtades que había forjado el PRI entre
intelectuales, sindicalistas, líderes estudiantiles, empresarios e,
irónicamente, partidos políticos de oposición.
El desgaste del modelo de sustitución de
importaciones y la obstinada pobreza que aumentó en los 70 y los 80 llevaron a
algunos líderes del PRI, liderados por Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del legendario
ex presidente, a formar una alianza de oposición en las elecciones de 1988. En
lo que muchos consideraron un acto de fraude evidente, Carlos Salinas se
convirtió en presidente. El PRI gobernaría por doce años más, pero en 1988 el
sistema recibió una herida mortal de la que nunca pudo recuperarse. Un sistema
que nunca había sido democrático había perdido la legitimidad social que le
generaba ser el partido de "todos los mexicanos."
Ese mismo año un empresario del estado de
Guanajuato, Vicente Fox, se unió al único partido estable de oposición que se
mantenía independiente del PRI, el derechista y clerical Partido de Acción
Nacional. En la izquierda, Cárdenas no pudo transformar el descontento del
electorado en apoyo al PRD, partido que fundó en 1989. En las presidenciales de
1994, Cárdenas cayó limpiamente derrotado y aunque en 1997 el perenne candidato
fue elegido Regente del Distrito Federal, su momento ya había pasado y su
obstinación en buscar la primera magistratura sólo llevó a su partido a un
nuevo fracaso electoral en julio del 2000.
Para entonces el hombre del momento ya era Fox,
que en 1995 se había convertido en gobernador de Guanajuato y durante su
sexenio había forjado alianzas con la sociedad civil, sindicatos e incluso
miembros del PRI que anticipando el fin del sistema, comenzaban a forjar nuevas
alianzas políticas.
A fines del 99, Fox ya había logrado convencer, o
doblegar, a los más intransigentes PANistas para convertirse en el candidato
presidencial del partido. El único que podía llevarlos al poder era aquel que
los PANistas sentían como menos propio. Fox buscó también el apoyo de la
izquierda, siguiendo la lógica tan bien enunciada por Jorge Castañeda, una
derrota electoral del PRI es requisito necesario (no suficiente) para
establecer la democracia en México. Pero el "zorro" no logró
convencer a Cárdenas y al PRD de evitar una lucha electoral fraticida. Para
ganar, Fox tendría que derrotar al PRI sin la ayuda de la izquierda.
La pésima selección de candidato del PRI, que
parecía cada día en menor sintonía con la gente, le ayudaron al carismático Fox
a ponerse al frente de las encuestas. Y a diferencias de 1988 (y en parte como
resultado del proceso iniciado entonces), esta vez no hubo ningún tipo de
interferencia con la votación ni el conteo de votos.
Aunque no tendrá mayoría parlamentaria y sus
desafíos políticos, económicos y sociales son inmensos, Fox, que cumplió 58
años el día que fue electo presidente, tiene a su favor una legitimidad y una
popularidad sin precedentes en la historia política mexicana desde Lázaro
Cárdenas. Nadie cree que el sexenio de Fox será fácil, para poder consolidar la
democracia, coadyuvar al desarrollo de partidos políticos independientes y
competitivos, mantener relaciones de independencia y amistad con Estados Unidos
y satisfacer las altísimas expectativas en él depositadas por los 100 millones
de mexicanos, Fox tendrá que ser más que un zorro, un león. De ser exitoso en
su gestión, entonces podrá también unirse a Cárdenas y Juárez como miembro del
selecto grupo de prohombres mexicanos que encaminaron a la nación más poblada
de habla hispana por el sendero del desarrollo, la justicia social y el estado
de derecho.