Hispanos
de Estados Unidos, ¿uníos?
El Censo
del 2000 trajo sorpresas
Patricio
Navia
Época, No 844, abril 29, 2001
De acuerdo
a los resultados oficiales del Censo 2000, www.census.gov,
la población “hispana” o “latina” en Estados Unidos es oficialmente la primera
minoría étnica del país. Por primera vez desde que se comenzó a tabular la
‘raza’ de sus habitantes, la población negra, “African American” en su modismo
estadounidense, ya no es la primera minoría racial.
Para el
primer censo del nuevo siglo, el Census Bureau de Estados Unidos
subdividió a su población en 1) blancos; 2) negros; 3) nativos americanos (incluye originarios de Alaska); 4)
asiáticos (con las subcategorías de indios, chinos, filipinos, japoneses,
coreanos, vietnamitas, hawaianos, guameños, samoenses, y otros) y 5) otras
razas.
Los
puristas lingüísticos y los antropólogos correctamente rechazan que “latino”
sea una categoría racial. El Censo 2000 reflejó esa visión. Los hispanos
pueden pertenecer a cualquiera de las cinco categorías raciales
anteriores—categorías que han sido concebidas en Estados Unidos y no son
universalmente reconocidas. Por eso aunque la pregunta #6 de cuestionario del
censo estaba dedicada a la ‘raza,’ la pregunta #5 intentaba averiguar
únicamente si los habitantes eran “Hispanic/Spanish/Latino.” Si la respuesta
era afirmativa, entonces se solicitaba que se identificaran con una de las
siguientes categorías: a) mexicano, mexicoamericano o chicano; b)
puertorriqueño; c) cubano; d) otro (en cuyo caso se les solicitaba escribieran
su identificación nacional o de origen).
Independientemente
de la respuesta a la pregunta #5, el Censo del 2000 requería que todos
contestaran la pregunta #6. Así pues, los que se habían identificado como
“Hispanic/Spanish/Latino” también tenían que marcar una de las 5 categorías
raciales. Para complicar aún más las cosas, los habitantes de este país podían
identificarse con más de una raza. Aunque los millones de cuestionarios aún
están siendo analizados, casi 7 millones de personas marcaron más de una
categoría racial, un número considerable pero reducido dado que más de 281
millones de personas completaron el censo.
Aunque
probablemente no era esto lo que el gran educador del México post-revolucionario
tenía en mente, los “Hispanic/Spanish/Latinos” de Estados Unidos parecieran
sentirse parte de la ‘raza cósmica’ de la que habló José Vasconcelos. Entre
aquellos 7 millones que se identificaron con más de una ‘raza,’ más de 2
millones se definieron como latinos. El censo del 2000 en Estados Unidos
comprobó una de las verdades históricas básicas de América Latina: el
mestizaje. De los 35,3 millones de
“Hispanic/Spanish/Latinos” que se identificaron con una sola raza, un 47.9%
marcó la categoría racial de “blanco,” un 2% prefirió “negro” y un sorprendente
42.2% se definió a sí mismo como de “otra raza,” demostrando así que una buena
cantidad de los “latinos” que habitan en este país se consideran miembros de
una raza diferente a los “blancos” y “negros.”
Aunque
Estados Unidos tuvo presencia hispana desde su independencia, y en particular
desde la anexión de los estados del suroeste (California, Nuevo México,
Arizona), Texas y Florida a mediados del siglo XIX, la expansión de la
población latina se comenzó a consolidar recién en la segunda mitad del siglo
XX. El Censo sólo comenzó a registrar oficialmente a los
“Hispanos/Spanish/Latinos” en 1980. Veinte años antes, el censo había comenzado
a ser administrado parcialmente a través de cuestionarios enviados por correo.
Todas las residencias empadronadas del país recibían un cuestionario, y sólo
aquellas que no lo retornaran recibían posteriormente la visita de los
encuestadores.
Al enviar
los cuestionarios por correo, el proceso de identificación racial quedó
supeditado a la “auto-identificación,” abandonando así el inútil intento de
establecer un criterio uniforme entre los empadronadores para determinar
visualmente la raza de los encuestados. Cuando la categoría “Hispanic” fue
introducida en 1980, la gran mayoría de los hogares estadounidenses recibían
por correo, completaban voluntariamente y devolvían los cuestionarios del censo
sin nunca ver a un encuestador que pudiera verificar la información. Así pues,
la historia oficial de la identificación latina en este país siempre ha estado
determinada por la “auto-identificación.”
La
definición del término con el que se identificaría a los hispanos ha sido
también resultado de una ardua y complicada disputa de intereses políticos,
culturales e ideológicos. Mientras los que defienden el concepto “Hispanic”
tienden a estar mas asociados con conservadores y republicanos, los más
progresistas y demócratas se identifican con el término “Latino.” La gran
mayoría de los 35 millones que se identificaron con la trilogía “Hispanic/Spanish/Latino”
tienden a usar los términos intercambiablemente, como si fueran una trinidad.
Aunque todos saben que los tres términos no son sinónimos, muy pocos pueden
identificar las diferencias. Para todos los efectos prácticos las diferencias son
incomprensibles, o bien triviales. Aunque el término “latino” es el que está
mas en boga hoy, para evitar suspicacias, la Oficina del Censo decidió mantener
las tres categorías.
Pero más
que el problema de cómo llamarnos, muchos dudan que se pueda hablar de un grupo
de identificación étnico-racial homogéneo. Los latinos en Estados Unidos no
comparten el idioma. No todos los latinos hablan español ni todos los que
pueden hablar español son latinos. La proliferación del ‘Spanglish’ es tal que
el uso de palabras como ‘troca’ (por camión), ‘aplicación’ (por solicitud) y
‘llamar pa’tras’ (call back, contestar una llamada) es regla de cortesía en la
conversación cotidiana. Las segundas y terceras generaciones a menudo son
incapaces de escribir y leer el idioma. Pero no por eso el español (nótese,
español y no castellano) está muerto, mutado y rejuvenecido por palabras,
gramática y aún ortografía inglesa, es el segundo idioma más hablado en Estados
Unidos y el que más rápido penetra el cotidiano vivir de sus habitantes.
Los
hispanos tampoco comparten una misma cultura. ¿Qué tiene en común un
sicoanalista argentino de Buenos Aires con un inmigrante indígena analfabeto
del estado mexicano de Puebla? Los dos pueden ser conspicuos residentes de la
ciudad de Nueva York, pero no los divide sólo su posición de clase, nivel de
ingresos y expectativas de vida futura. Hay entre ellos una profunda barrera
cultural. Aunque esto también podría suceder dentro de México o Argentina, la
identificación nacional que, en última instancia, une a mexicanos y argentinos
no existe entre los latinos de Estados Unidos. Para todos los efectos
prácticos, la gente primero se define como dominicana, mexicana o guatemalteca.
La definición de “Hispanic/Spanish/Latino” es sólo útil cuando se entra en
contacto con alguien que no pertenece a esa categoría y que desconoce las
profundas diferencias culturales e históricas entre un dominicano y un
uruguayo. Entre los “Hispanics/Spanish/Latinos,” la auto-identificación es una
cuestión nacional. La homogeneidad de grupo se hace necesaria sólo cuando se
enfrenta una clasificación externa (como, ¿es usted latino?) o un cuestionario
oficial, como el Censo.
Pero no
solo eso. Hay además un claro interés político por presentar a los latinos como
una fuerza homogénea, un gigante dormido con un peso electoral cada vez más
importante, pero hasta ahora irrealizado, y un potencial poder económico capaz
de redefinir estrategias y estereotipos de mercado. Así, muchos líderes civiles y políticos abogan por la creación de
distritos electorales con mayoría ‘hispana,’ para tener representación étnica.
De los 435 miembros de la Cámara de Representantes del Congreso, 21 son
latinos, todos representantes de distritos donde la mayoría de los votantes
también lo son. La mayoría de estos representantes son de origen mexicano
(Mexican-American, en el vocablo estadounidense), aunque también hay
puertorriqueños y cubanos. En estados como California, Nueva York o Florida,
las legislaturas estatales también cuentan con un nutrido contingente de
legisladores latinos. En California, los latinos constituyen un 25% de la
Asamblea Estatal, el porcentaje más alto a nivel nacional, pero todavía por
debajo de 32% que representan los latinos como población de ese estado.
En
California es también donde los políticos latinos han logrado hacer noticia a
nivel nacional. El ex representante estatal Antonio Villaraigosa acaba de pasar
a segunda ronda en la elección para alcalde de Los Angeles. Villaraigosa
probablemente se convierta en el primer latino en ser alcalde de esa ciudad en
más de 100 años. En Nueva York, en cambio, el puertorriqueño Fernando Ferrer,
presidente del distrito del Bronx, tiene menos posibilidades de alcanzar la
alcaldía de la ciudad en las elecciones de noviembre de 2001. Aunque el popular
alcalde Rudolph Giuliani no puede presentarse a un tercer periodo y los latinos
constituyen la primera mayoría relativa en una ciudad donde ningún grupo posee
más del 50% de la población, la baja tasa de participación electoral de los latinos
y la poca aceptación que ha tenido la campaña de Ferrer entre otros grupos
probablemente terminen con la posibilidad de que las dos ciudades más grandes
de Estados Unidos sean gobernadas por alcaldes latinos a fines de este año.
Más allá de
las consideraciones políticas, culturales o etimológicas, lo cierto es que los
resultados del Censo 2000 han tomado por sorpresa a muchos estudiosos y
analistas que esperaban que los latinos superaran a los negros sólo a mediados
de la presente década. El rápido crecimiento poblacional de los hispanos en
Estados Unidos sumado a un aumento de la migración desde todos los países de la
región (y principalmente de México) hacia los Estados Unidos durante los
noventa, producto del auge económico de este país y también resultado de
problemas económicos, sociales y políticos en sus naciones de origen han
llevado a los latinos a convertirse en la primera minoría étnica de los Estados
Unidos.
La
población total de Estados Unidos aumentó de 248,7 millones en 1990 a 281,4 el 2000,
un aumento de 13.2%. Pero la población hispana aumentó mucho más rápido que el
promedio nacional, al pasar de 22,3 millones en 1990 a 35,3 en 2000. Este
aumento de 57.9% supera el crecimiento de blancos y negros, aunque es menor al
experimentado por asiáticos. Los blancos pasaron de 188,1 a 198,1, un magro
aumento de 5,3%. Los negros en cambio crecieron en un 21%, al pasar de 29,2 a
33,9.
En 1990,
los hispanos constituían, con un 9% de la población nacional, la segunda
minoría étnica después de los negros. Hoy los hispanos constituyen un 12.5% de
la población del país, un 0.5% más que los negros. Los asiáticos en tanto,
continúan en un distante tercer lugar, pese al crecimiento explosivo
experimentado durante los noventa. Los “Asian-American” pasaron de 6,6 a 10,1
millones (un aumento del 74.3%).
Los
latinos, negros y asiáticos constituyen un porcentaje cada vez mayor de la
población nacional. Pero los blancos siguen siendo mayoría, al representar un
69,1% de la población nacional. En 1990, los blancos representaban un 75,6% del
total nacional. Aunque uno de cada tres habitantes de Estados Unidos no es
‘étnicamente blanco’ (si aceptamos el supuesto que muchos latinos racialmente
blancos no sean étnicamente blancos), la creciente diversidad étnica y racial
de los Estados Unidos no ha logrado aún verse apropiadamente representada
dentro de las elites económicas, políticas y culturales de este país. Los
resultados del Censo del 2000 son una señal de alerta que indica que la
diversidad y heterogeneidad son tendencias que van en aumento a un ritmo más
rápido de lo que muchos pensaban.