Alejandro Toledo al rescate del Perú

Patricio Navia

Revista Época, #858, julio 27, 2001

 

¿Cuándo se jodió el Perú?, preguntó en alguna ocasión Vargas Llosa. Las respuestas abundaron. La dictadura militar de Velasco Alvarado en los 70, la populista administración de Alan García (1985-90), la campaña presidencial de 1990 que vio surgir a Fujimori y los diez años de concentración de poder en manos de Fujimori y su temido asesor Vladimiro Montecinos.

 

Pero lo cierto es que desde el 3 de junio, día en que Alejandro Toledo venció en segunda vuelta al ex presidente Alan García, los peruanos y la comunidad internacional se preguntan más bien si podrá Toledo rescatar al Perú de la crisis más que económica y política, social y anímica en que se encuentra sumido el país. El economista cuya historia parece de novela del realismo mágico, nació en la pobreza pero logró obtener un doctorado en Stanford University y volver a su país para hacer carrera como economista. Indígena y casado con una ciudadana belga, Toledo intentó buscar la presidencia en 1995, fallando en su intento. Una segunda intentona e el 2000 resultó, aunque también fallida, mucho más exitosa. Ante la tozudez de Fujimori por buscar un tercer período presidencial, Toledo logró captar el creciente voto anti-fujimorista. En medio de acusaciones de fraude e irregularidades, Fujimori logró mantenerse en la presidencia. Pero ya sin legitimidad y con las acusaciones de corrupción cada vez más extendidas, el hombre fuerte del Perú no logró recuperarse y eventualmente tuvo que huir de su país para refugiarse en Japón.

 

Un gobierno de transición organizó nuevas elecciones y esta vez Toledo logró imponerse. Pero en el proceso surgieron dudas sobre la personalidad del que será el primer presidente peruano “cholo” (indígena nacido y criado en la ciudad). Las dudas sobre Toledo permitieron el resurgimiento del ex presidente Alan García, que sorpresivamente forzó a Toledo a una segunda vuelta electoral el 3 de junio. Las acusaciones de consumo de droga, las denuncias de una mujer que lo acusaba de ser padre de una menor y una serie de errores de estrategia en la campaña dificultaron lo que debió haber sido una fácil victoria electoral para Toledo. Pero la desaparición de Fujimori de la arena política peruana también puso fin a la principal herramienta electoral de Toledo, el anti-fujimorismo.

 

Al final, Toledo logró ganar la presidencia y se prepara para asumir el poder el 28 de julio. Entre la larga lista de problemas a enfrentar, Toledo tendrá que lidiar con tres grandes desafíos. En primer lugar está la demanda de muchos peruanos por saber la verdad sobre crímenes y actos de corrupción ocurridos durante la década de Fujimori. Las violaciones a los derechos humanos, la persecución de enemigos políticos, el enriquecimiento ilícito de muchos funcionarios de gobierno y políticos que recibían pagos del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) y su temido director Vladimiro Montecinos, son algunos de los asuntos que tendrá que enfrentar el presidente para solucionar la compleja problemática de la defensa de los derechos humanos y la lucha contra la corrupción que prometió durante su campaña y sobre la cual basó su esfuerzo electoral inicial contra Fujimori.

 

En segundo lugar, y casi en contraposición al primer desafío, Toledo tendrá que hacerse cargo de la grave crisis económica que afecta al país. Si bien es cierto el país creció en un 3.6% el año 2000, una buena parte de esa expansión fue resultado de las políticas expansivas adoptadas por Fujimori para ganar la campaña presidencial. El año 2001 la economía sólo crecerá entre un 0,5 y un 1%. Dado que la población crecerá a un ritmo superior, el ingreso per cápita peruano disminuirá este año en relación a años anteriores. Diversos analistas auguran mejores tiempos para el Perú. El Banco Bilbao Vizcaya Argentaria, por ejemplo, predijo un crecimiento de 3,2% para el país el próximo año. Pero la lucha contra la pobreza, que afecta a más de la mitad de la población, y la necesidad de generar miles de empleos para reducir el desempleo oficial y disminuir la gigantesca economía informal, precisa de tasas de crecimiento bastante superiores al 3,2% anual. Toledo no podrá descuidar las políticas económicas. Aunque muchos peruanos quieran seguir dedicados a investigar los abusos de la década fujimorista y el retorno del ex todopoderoso asesor Vladimiro Montecinos, ahora reo en el Perú, lleve a muchos a soñar con un juicio al ex presidente Fujimori, Toledo tendrá que sopesar la búsqueda de la justicia con la necesidad de echar a andar nuevamente la economía.

 

En reciente gira a Nueva York, el presidente electo fue acompañado de Pedro Pablo Kuczynksi, un

destacado economista con experiencia en banca estadounidense y en el Fondo Monetario Internacional. Al reclutar a Kuczynski, que probablemente ocupe la cartera de economía, Toledo quiso enviar una señal clara a los inversionistas extranjeros y capitalistas nacionales. El nuevo gobierno del Perú no se dejará llevar por los cantos de sirena y mantendrá una política fiscal responsable, restringiendo el gasto—lo que implica desconocer muchas de las promesas de campaña que hablaban de drásticos aumentos en el gasto social—y controlando la inflación. Pero también Toledo ha prometido reasignar presupuesto de defensa a gastos sociales. Ante la debilidad de las Fuerzas Armadas, que perdieron poder con la salida de Fujimori, Toledo podrá derivar recursos de defensa al área social, pero tendrá que buscar también en otras áreas para poder enfrentar las crecientes necesidades de una nación empobrecida.

 

En tercera instancia, Toledo deberá hacerse cargo de la difícil tarea de reconstruir las instituciones políticas. La corrupción que imperó durante la dictadura fujimorista ha deteriorado la institucionalidad democrática peruana. Y el ambicioso programa de Toledo precisa de instituciones que funcionen. Tal vez la primera gran prueba, y oportunidad, para fortalecer las instituciones la brinde la demanda por justicia y el juicio al ahora detenido Vladimiro Montecinos. En la medida que se respeta la independencia del poder judicial y en la medida que éste pueda legitimarse en el proceso judicial, Toledo habrá logrado dar un paso inicial clave en lo que muchos esperan sea un gobierno de reconstrucción nacional.

 

La esperanza de Toledo no es terminar con la polémica sobre cuándo se jodió el Perú, el próximo presidente espera representar la respuesta al tan ansiado ¿cuándo comenzó a renacer el Perú?

 

Toledo, líder regional

Estados Unidos ve con expectación la llegada de Toledo al poder. Mientras Latinoamérica prefirió ignorar la evidencia de fraude en las presidenciales del 2000, Estados Unidos acusó vicio en el proceso y aunque eventualmente disminuyó su presión pública sobre Fujimori, siguió operando para facilitar una nueva elección presidencial. Entre García y Toledo, la opción estadounidense era clara: el “cholo.” Estados Unidos está preocupado por la cuenca andina. Con los presidentes de Ecuador, Colombia y Bolivia a un año de dejar el poder o con graves problemas de salud, los únicos interlocutores posibles en la región son el presidente venezolano Hugo Chávez y Toledo. Mientras Chávez no ha desperdiciado ocasión para criticar a Estados Unidos y defender al archi-enemigo estadounidense en la región, Fidel Castro, Toledo ha sido mucho más cordial en sus declaraciones sobre Estados Unidos y su gobierno. Por eso que Alejandro Toledo es candidato natural para convertirse en el interlocutor de Estados Unidos en la cuenca andina. La forma en que aproveche esa oportunidad en gran medida determinará el éxito de su esfuerzo para captar inversiones extranjeras y mejorar la situación económica de su país. Pero a la vez tendrá que cuidarse de no ser percibido como el hombre de Washington en la región. Ni tan cerca que te quemes, ni tan lejos que te hieles, tendrá que ser el principio por el cual Toledo maneje sus relaciones con Estados Unidos.