Patricio
Navia
Época,
#862, 24 de agosto de 2001
Regularmente
somos testigos de cumbres presidenciales en Latinoamérica. Las hay de varios
tipos. Están las regionales, como las de Mercosur, de la Cuenca del Caribe o de
los países centroamericanos. No podemos olvidar tampoco las hemisféricas, a
veces con Estados Unidos (lo que las convierte en Cumbres de las Américas) y
otras veces con España y Portugal (lo que las hace Cumbres Iberoamericanas).
Cuando se reúnen países de México al sur, son sólo Cumbres Latinoamericanas.
La más
reciente de estas cumbres se llevó a cabo el 17 y 18 de agosto. Santiago de
Chile fue la sede de la XV cumbre del Grupo de Río (GRío). La capital chilena
recibió la visita de presidentes y ministros de relaciones exteriores de 18 de
los 19 países miembros. Esta instancia de diálogo regional fue creada en Río de
Janeiro en 1986 con el objeto de apoyar los diálogos de paz en América Central
y después de la crisis económica que golpeó a la región a comienzos de los 80.
Aunque la Organización de Estados Americanos (OEA) es considerada como la
institución oficial que facilita el diálogo y encuentro entre los países
americanos, el GRío vendría ser la OEA sin Estados Unidos, Canadá ni las islas
menores del Caribe. Así como la OEA, GRío también excluye a Cuba. Pero a
diferencia de la OEA, que es a menudo vista como controlada por Estados Unidos,
el Grupo de Río nació producto de la iniciativa de los nuevos gobiernos
democráticos en América Latina. Mientras la OEA perdió legitimidad al excluir a
Cuba pero no a las dictaduras militares de derecha, el GRío ha mantenido una
posición mucho más consecuente en defensa de los regímenes democráticos.
Aunque
se reúnen anualmente, las citas del GRío no siempre capturan la atención de la
prensa. El año 2000, la cumbre fue en Cartagena de Indias, Colombia. Aunque
asistieron casi todos los países miembros y fue cubierto ampliamente por la
prensa, para la gran mayoría de los habitantes de la región pasó desapercibida.
La declaración conjunta de los mandatarios se excedió en sus referencias al
“fortalecimiento” y la “consolidación” de la democracia. Tan poco innovadora fue la declaración que
la prensa colombiana terminó publicando una encuesta sobre cuál de los
presidentes asistentes era más guapo, más simpático y más conservador.
Pero
el gobierno chileno, anfitrión del reciente encuentro, intentó convertir a la cumbre en noticia a nivel
regional. Anticipando la ya popular costumbre de diversos grupos de convertir
estas cumbres en ocasión para protestar contra la globalización, el gobierno
del presidente Ricardo Lagos abrió espacios para la participación ciudadana. El
gobierno socialista chileno consideraba que lo único peor que un encuentro de
15 presidentes pase desapercibido es que la cumbre hiciera noticia por las
protestas anti-globalización. La participación de la sociedad civil—que tuvo
ocasión de dialogar con los presidentes en diversas tele-conferencias—logró
evitar que los esfuerzos por organizar manifestaciones públicas frente al
Centro Cultural Estación Mapocho de Santiago progresaran.
Pero
fueron los propios presidentes los que captaron el interés de la opinión
pública con sorpresivas declaraciones. El nuevo presidente peruano Alejandro
Toledo insistió en su llamado a reducir el gasto militar. Haciendo eco de la
petición, el presidente anfitrión Ricardo Lagos llamó a homologar los gastos
militares, reduciendo la posibilidad de que se desate una nueva carrera
armamentista. Mientras Lagos hacía ese llamado, el influyente semanario inglés The
Economist criticaba la política de defensa chilena y en particular la
decisión de ese país de adquirir nuevos submarinos y cazabombarderos. De
acuerdo a la publicación, el gasto militar chileno como porcentaje del producto
interno bruto es superior al de sus vecinos.
La
idea original era discutir sobre la sociedad de la información y promover la
penetración de nuevas tecnologías, pero la crisis económica que afecta a la
región, y en particular a Argentina, captó la atención de los presidentes. El
llamado de los presidentes a los organismos internacionales y a Estados Unidos
para que participen activamente en la búsqueda de una solución definitiva a la
crisis que tiene a Argentina al borde de declarar una cesación de pagos en sus
obligaciones de deuda externa fue lo más relevante de la cumbre. Aunque también
reiteraron su compromiso con la consolidación democrática, la participación
ciudadana, la lucha contra la corrupción y la pobreza, el ambiente que rodeó
este encuentro fue mucho menos optimista que el de encuentros anteriores. Para algunos presidentes, como Fernando Enrique Cardoso de Brasil y Andrés
Pastrana de Colombia, esta fue una cumbre de despedidas. Ambos presidentes
observan como sus aliados y oponentes se preparan para las contiendas
electorales que ocurrirán el próximo año.
El
nuevo presidente boliviano, Jorge Quiroga Ramírez, el más novato de los
mandatarios, cautivó también la atención de la prensa. Pero Quiroga, cuyo país
exige que Chile le reconozca el derecho a acceder a las costas del Océano
Pacífico, fue particularmente cuidadoso con sus declaraciones. Aunque vaya a ser presidente sólo por un año
y no podrá ser candidato en las elecciones del 2002, Quiroga sabe que tiene un
futuro político promisorio por delante y debe forjar alianzas políticas en
Chile que le permitan convertirse en el líder que logre una salida al mar a
Bolivia.
Como
se preveía, los presidentes de México y Chile, Vicente Fox y Ricardo Lagos, se
convirtieron en los voceros extra oficiales del grupo. Por motivos diferentes,
los líderes de Argentina y Venezuela también capturaron el interés de la
prensa. El presidente argentino Fernando de la Rúa intentó contrarrestar las
críticas a su falta de liderazgo mientras que el venezolano Hugo Chávez destacó
en muchas de las discusiones, foros y actos públicos en los que participó con
sus encendidos discursos y exóticas referencias a Bolívar y otros próceres
latinoamericanos.
Para el recuerdo quedará la “declaración de Santiago”,
documento de 4.000 palabras y 44 resoluciones que incluyen el apoyo al tribunal
penal internacional, una condena al racismo, un llamado a promover el
desarrollo de Internet, proteger el medio ambiente y luchar contra la pobreza.
También para el recuerdo quedará la foto de los 18 mandatarios y
vicepresidentes presentes en la cumbre y la oferta del presidente peruano
Alejandro Toledo de celebrar la XVII Cumbre del Grupo de Río en Lima el año
2003.
Tal vez la geografía andina predispone a muchos
líderes a celebrar “cumbres” regularmente, pero los expertos en política
comunicacional bien saben que en la medida que éstas se trivializan, pierden su
impacto publicitario y gran parte de su efecto político. Aunque tuvo un mayor
impacto que la cumbre del 2000, la XV Cumbre del Grupo de Río celebrada en
Santiago probablemente también caiga rápidamente en el olvido y sólo vuelva a
ser recordada cuando el GRío se reúna nuevamente el 2002, esta vez en San José
de Costa Rica.