Desesperadamente
buscando a Henry
Patricio
Navia
Época,
#864, 7 de septiembre de 2001
Un juez
argentino ha solicitado formalmente al gobierno de Estados Unidos que gestione
el interrogatorio del ex secretario de estado Henry Kissinger en el marco del
proceso que lleva a cabo en Buenos Aires sobre la “Operación Cóndor.” Aunque es poco probable que el gobierno de
Estados Unidos facilite el esfuerzo del juez federal Rodolfo Canicoba Corral,
que busca identificar y juzgar a todos los involucrados en esta asociación
ilícita de policías de inteligencia política y aparatos de represión que
operaban en Sudamérica en la década de los 70 durante las dictaduras militares,
la petición de Canicoba Corral representa el primer esfuerzo formal por
establecer en un tribunal de justicia la participación, o el conocimiento, que
el ex Secretario de Estado y ex Asesor de Seguridad Nacional estadounidense
tuvo en la elaboración y funcionamiento de este plan que persiguió y ejecutó a
enemigos políticos de los regímenes dictatoriales sudamericanos.
El juez
Canicoba Corral no es el único magistrado dedicado a investigar el “Plan
Cóndor.” El juez español Baltasar Garzón y el chileno Juan Guzmán también han
realizado pesquisas para establecer las verdaderas dimensiones y aclarar algunos
de los hechos atribuidos a las operaciones conjuntas realizadas por las fuerzas
represivas de los regímenes de Argentina, Chile, Paraguay, Uruguay y, en
ocasiones, Brasil. Estas investigaciones han sido facilitadas por la
cooperación de algunos actores involucrados, el testimonio de testigos, la
desclasificación de documentos secretos del gobierno de Estados Unidos y la
acuciosa investigación de los magistrados.
Pero hasta la fecha, aunque mucho se ha especulado sobre la
participación directa o indirecta de las agencias de seguridad estadounidenses,
ningún esfuerzo formal se había realizado para lograr citar a declarar a
personeros estadounidenses que pudieron haber estado involucrados o haber
estado en conocimiento de las asociaciones ilícitas que permitieron la creación
y operación del tristemente célebre “Plan Cóndor.”
El arresto
del ex dictador Augusto Pinochet en Londres en octubre de 1998 logró que la
investigación sobre la conspiración para cometer violaciones a los derechos
humanos que se denominó Plan Cóndor recibiera amplia cobertura en la prensa
mundial. La serie de derrotas judiciales del ex dictador chileno y la
consolidación de la tesis de que las violaciones a los derechos humanos pueden
ser juzgadas más allá de las fronteras nacionales donde ocurrieron y que,
además, no son amnistiables terminaron por poner los detalles de la Operación
Cóndor en un segundo plano. La decisión del gobierno británico de enviar de
regreso a Chile al ex dictador, alegando razones humanitarias, hizo disminuir el
interés mundial por conocer más sobre las investigaciones que realizaban jueces
en Argentina, Chile y Europa para establecer responsabilidades penales por los
crímenes cometidos durante el periodo de la guerra sucia en Sudamérica. Pero
los jueces han seguido investigando y los hechos relacionados con la forma en
que se gestó y comenzó a operar el Plan Cóndor se han venido aclarando. Pese a
que la ubicación de muchos de los cadáveres de detenidos desaparecidos
ejecutados por las dictaduras regionales ha sido difícil, se han logrado
establecer ciertas responsabilidades penales y, pese a las sendas leyes de
amnistía y punto final existentes en varios de los países, algunos de los
involucrados han ido a parar a las cárceles o centros de detención. En Chile, por
ejemplo, el ex dictador Augusto Pinochet estuvo en detención domiciliaria y fue
desaforado de su inmunidad parlamentaria como senador vitalicio, aunque
recientemente fue sobreseído por motivos de salud. El ex dictador argentino
Jorge Rafael Videla también ha sufrido arresto domiciliario y se encuentra
procesado por diversos crímenes.
En el
contexto de un lento, pero seguro, avance de las justicias argentinas y
chilenas en la búsqueda de los detenidos desaparecidos y la aclaración de los
hechos—que permita establecer responsables y someterlos a proceso—la decisión
del juez Canicoba Corral a mediados de agosto no debe pasar desapercibida.
Aunque el juez probablemente siga a la espera de una respuesta estadounidense
por bastante tiempo, su decisión al menos logró evitar un viaje que el ex
secretario de estado aparentemente tenía programado a Buenos Aires a fines de
agosto.
Henry
Kissinger nació en Alemania en 1923, pero viajó a Estados Unidos en 1938 donde
adoptó la ciudadanía estadounidense, sirvió en el ejército y posteriormente
obtuvo su licenciatura, master y doctorado en ciencia política en la
Universidad de Harvard. Después de
graduarse, fue profesor en dicha institución desde 1954 hasta 1971. En 1969, el presidente electo de Estados
Unidos lo nombró Asesor de Seguridad Nacional. Ahí Kissinger dejó el mundo
académico y entró a las esferas más altas del poder en la Casa Blanca
asesorando a Richard Nixon. Instrumental en su defensa de los intereses
estadounidenses, Kissinger participó directamente en negociaciones secretas
para poner fin a la guerra en Vietnam. Esa misión le catapultó para recibir,
junto a Le Duc Tho, el Premio Nóbel de la Paz en 1973. Ese mismo año Kissinger
remplazó a William Rogers como Secretario de Estado, confirmando su liderazgo en
la política exterior estadounidense.
Después de que Nixon renunciara en 1974, Kissinger fue confirmado como
Secretario de Estado, sin perder el título adicional de Asesor de Seguridad
Nacional, por el presidente Ford. Al retirarse de la política activa, Kissinger
se dedicó a ser asesor de empresas, gobiernos, a dar charlas y clases en
diferentes universidades.
Su
participación en lograr el fin del conflicto en Vietnam, su esfuerzo por
reducir los conflictos y traer la paz al medio oriente y su estrategia para
limitar el creciente conflicto con la Unión Soviética lo constituyen en el más
importante Secretario de Estado estadounidense de los últimos 50 años. Pero su
participación activa para derrocar al gobierno socialista de Salvador Allende
en Chile en 1973 y su abierto apoyo a las dictaduras anticomunistas de América
Latina y otras partes del mundo le han ganado muchos enemigos y un justificado
cuestionamiento a sus valores éticos y morales.
25 años
después de que la Operación Cóndor sembrara el terror entre los opositores
políticos a los regímenes dictatoriales en América Latina, hoy existe una
posibilidad, remota pero no despreciable, de que Henry Kissinger tenga que
testificar ante un tribunal argentino sobre lo que entonces el sabía de la
Operación Cóndor y del esfuerzo de los dictadores latinoamericanos por eliminar
opositores políticos.