911:
World Trade Center
Época #865,
septiembre 14, 2001
Patricio
Navia
Hasta la
madrugada del miércoles, el humo del incendio y el polvo del derrumbe todavía
no permitían apreciar adecuadamente la magnitud del desastre que estremeció a
Manhattan y a Estados Unidos la mañana del 11 de septiembre de 2001. Mientras en el Pentágono se hablaba de unos
800 muertos, en Nueva York el alcalde reconocía que las víctimas fatales podían
contarse por miles y confirmó que existían casi 300 bomberos y policías que no
habían podido ser encontrados. En su breve discurso a la nación, el presidente
George W. Bush anunció desde Washington que Estados Unidos no haría distinción
entre los terroristas y aquellos que los protegen y reconoció que el número de
víctimas fatales estaba en los miles.
Entre
rumores de sobrevivientes que utilizaban sus celulares para comunicarse con la
policía desde debajo de los escombros hasta especulaciones sobre la forma en
que ocurrieron los atentados, las horas que siguieron al peor ataque contra los
Estados Unidos en suelo continental en toda su historia han estado repletas de
confusión, temor e incredulidad por lo ocurrido. Las líneas telefónicas en
Manhattan estuvieron colapsadas durante gran parte del martes. Después del
shock inicial, la gente se dirigió con orden pero nerviosismo a los trenes y
los para regresar a sus hogares en New Jersey, Queens, Brooklyn, el Bronx y las
otras localidades pobladas que rodean a la isla de Manhattan. La televisión
mostraba imágenes de miles de personas cruzando los puentes a pie, huyendo de
la ciudad símbolo del predominio del capitalismo mundial.
Las
imágenes retrotraían a los televidentes a recuerdos de películas hollywoodenses
sobre catástrofes en la ciudad más importante y conocida del mundo. Pero en
esta ocasión las tomas eran en vivo y la gente no estaba en las butacas del
cine sino eran los sobrevivientes que huían de una pesadilla de la que no
podrán despertar. Los transeúntes, marchaban en silencio, llorando, o con
apurado nerviosismo alejándose de Manhattan.
Atrás quedaba una isla casi desierta, golpeada anímica y políticamente
por el acto terrorista más grande perpetrado en la historia de los Estados
Unidos. Una película cuya trama considerada un cuidadoso plan para secuestrar
cuatro aviones de pasajeros a la vez y destruir las torres gemelas del World
Trade Center, el Pentágono y posiblemente la Casa Blanca hubiera sido
considerada por todos como excesivamente hollywoodense y fantástica. De ahí a
que cuando amaneció el día miércoles en Nueva York, muchos de sus habitantes
volvieron a sentir el pánico al comprobar que el atentado contra el World Trade
Center no había sido una pesadilla.
La mañana
del martes 11 había amanecido despejada y húmeda. Es el fin del verano en el
hemisferio norte y los meteorólogos habían anunciado un día perfecto. “Perfecto
para ir a votar,” habían dicho, recordando a los electores que ese día se
realizaban las primarias demócratas para elegir al candidato de ese partido a
la alcaldía de la ciudad. Las elecciones están programadas para noviembre y el
11 de septiembre se debía decidir a los finalistas que buscarían ocupar el
cargo al que el actual alcalde Rudolph Giuliani no puede por ley aspirar por
tercera vez.
Pero eso ya
es historia. Después de las explosiones que causaron el mayor golpe anímico a
Estados Unidos desde la Guerra de Vietnam, la bolsa de Wall Street dejó de
transar, se suspendieron las clases en las escuelas, se adoptó el plan de
emergencia anti-terrorista en la ciudad—que entre otras cosas cierra los accesos
a Manhattan para automóviles, trenes y buses—y se suspendieron las elecciones.
Pero a diferencia de Vietnam, el ataque contra el World Trade Center y el
Pentágono fue en el corazón mismo del imperio americano. Los símbolos del poder del dinero y de la potencia
militar de Estados Unidos cayeron estrepitosamente ante el certero ataque de un
grupo terrorista que hasta el momento no ha sido identificado.
Irónicamente
el atentado ocurre en el mes 9, día 11, conformando así una trágica
combinación: 911, el número que se debe marcar en Estados Unidos para reportar
emergencias y accidentes.
¿Coincidencia? Posiblemente. Aunque a estas alturas no se sabe ni
siquiera quién es responsable del atentado y recién se empieza a reconstruir la
historia de los atentados que pusieron en jaque al imperio americano y
sembraron el pánico y el temor en su población.
Cronología
de eventos del 11 de septiembre
A las 8:45
a.m. un boeing 767 de American Airlines que iba de Boston a Los Ángeles y que
había sido secuestrado se estrelló contra la Torre Norte del World Trade
Center.
Un segundo
avión, un boeing 757 de American Airlines que salió del aeropuerto Dulles en
Washington D.C. con dirección a Los Ángeles impactó la Torre Sur del World
Trade Center a las 9:03 a.m. Debido a que ambos aviones venían con sus
estanques repletos de combustible, los impactos produjeron gigantescas
explosiones. La evacuación de ambas torres comenzó apenas producido el primer
impacto. Aunque un número considerable de personas que trabajaban en las torres
probablemente murió como resultado del impacto y muchos otros quedaron
atrapados en los pisos superiores sin poder bajar por las escaleras de
emergencia, la rápida evacuación de las torres y de los edificios aledaños
permitió que miles lograran salir ilesos.
A las 9:17
a.m. las autoridades municipales cerraron los aeropuertos del área
metropolitana de Nueva York. A las 9:21 a.m. se cerraron todas las vías de
acceso a Manhattan, los puentes, los túneles y el metro. A las 9:40 a.m. la autoridad federal
suspendió todos los vuelos en el país y ordenó que todos los vuelos que
vinieran hacia Estados Unidos se desviaran a países vecinos. Esta es la primera
vez en la historia moderna del país que se cierran todos los aeropuertos de la
nación.
A las 9:43
a.m. un tercer avión de American Airlines que salió de Dulles e iba con destino
a Los Ángeles se estrelló contra el Pentágono en Washington, D.C. El impactó causó profundos daños
estructurales a una parte importante del edificio. Se estima que unas 800
personas perecieron como resultado del ataque y del incendio que éste generó.,
A las 9:45
a.m. se comenzó a evacuar la Casa Blanca y el presidente George W. Bush salió
de Florida con destino a Washington después de anunciar que el país había
sufrido lo que parecía ser un ataque terrorista. Bush hizo sus declaraciones
antes de saber sobre el ataque del tercer avión sobre el Pentágono. Apenas se
supo del impacto en el Pentágono, el avión que llevaba al presidente Bush se
dirigió a una base militar en Lousiana.
A las 10:05
a.m. colapsó la Torre Sur del World Trade Center, cayendo estrepitosamente ante
la mirada atónita de miles de neoyorquinos y de millones de personas en el
mundo que seguían los eventos por la televisión. No se sabe cuánta gente pereció en esa Torre. La caída de la Torre Sur se produjo 80 minutos después de que el
primer avión impactara a la Torre Norte y de que comenzara la evacuación de
ambos edificios.
A las 10:28
a.m. colapsó la Torre Norte del World Trade Center. Esta caída se produjo 103 minutos después del impacto del primer
avión. También se desconoce la cantidad de personas que aún permanecían al
interior de la Torre al momento del derrumbe.
Adicionalmente, se cree que otras personas, que habían intentando
comenzar a rescatar a las víctimas del derrumbe inicial, perecieron cuando cayó
la segunda torre. Entre ellos se encuentran aproximadamente 300 bomberos y
policías de la ciudad de Nueva York que iniciaban las labores de rescate.
A las 10:48
a.m., el gobierno anunció que un cuarto avión aparentemente también secuestrado
había caído en las afueras de Pittsburgh en Pennsylvania. El Secretario de Estado Colin Powell
suspendió una gira por Latinoamérica y volvió a Washington, mientras que otras
autoridades estadounidenses eran llevadas a sitios especiales de resguardo y
las oficinas federales eran evacuadas. Rumores que hablan de que aviones de la
Fuerza Aérea estadounidense habrían derribado a este avión que supuestamente se
dirigía a la casa Blanca no han sido confirmados.
A las 11:00
el alcalde de la ciudad ordena la evacuación de toda la zona al sur de la calle
Canal en Manhattan. A esa hora ya había cerrado la bolsa de Nueva York y las
oficinas estatales y municipales de la ciudad. Rudolph Giuliani invitó a las
personas a permanecer en sus casas y retirarse ordenadamente de Maniatan. El
alcalde también convocó a todas las personas con experiencia profesional médica
y en tareas de rescate para que se sumaran a los esfuerzos desplegados para
rescatar y atender víctimas.
A las
13:04, el presidente de Estados Unidos George W. Bush realiza un breve discurso
desde una base aérea en Louisiana, a donde se desvío su avión que originalmente
tenía planeado volar de Florida a Washington, una declaración indicando que
Estados Unidos “buscará, encontrará y castigará a los responsables de estos
actos cobardes.” Bush además informa que la sociedad estadounidense no podrá
ser destruida con actos de terrorismo.
A las
17:20, un tercer edificio en el complejo del World Trade Center, el número 7,
de 47 pisos de altura, colapsa después de haberse estado incendiando por un par
de horas. El presidente Bush arriba a Washington DC y se reúne con su equipo
más cercano, que incluye al vice-presidente Dick Cheney, la asesora de
seguridad nacional Condoleezza Rice y el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld.
Los líderes demócratas y republicanos de Congreso emiten una declaración
conjunta apoyando al presidente y condenando el ataque. Algunos congresistas y
líderes políticos piden una declaración de guerra, pero el enemigo no ha podido
ser claramente identificado.
A las 20:30
el presidente Bush se dirigió al país por cadena nacional de radio y televisión
declarando que si bien es cierto estos actos destruyen el acero, no podrán
doblar la el acero de la fuerza y resolución estadounidense. Al prometer buscar
y castigar a los culpables--y a los que los protegen--Bush indicó que las
fuerzas armadas estadounidenses y los servicios de inteligencia tendrían como
prioridad defender las vidas de los estadounidenses en todo el mundo.
El vuelo 11
de American Airlines salió de Boston la mañana del martes e iba con destino a
Los Ángeles, California, con 81 pasajeros, 2 pilotos y 9 miembros de
tripulación. Este avión se estrelló contra una de las torres del World Trade
Center.
El vuelo 77
de American Airlines que salió del aeropuerto Dulles en Washington, D.C. con
destino a Los Ángeles, que llevaba 58 pasajeros, 2 pilotos y cuatro miembros de
tripulación a bordo, se estrelló contra el Pentágono.
El vuelo 93
de United Airlines, que salió del aeropuerto de Newark, en New Jersey (muy
cerca de Nueva York) y que se dirigía a San Francisco, California, con 38
pasajeros, dos pilotos y 5 miembros de tripulación se estrelló a 120 kilómetros
al sur de Pittsburgh. No hubo
sobrevivientes y no está claro cuál era el destino de ese avión en los planes
originales de los terroristas.
El vuelo
175 de United Airlines, con 56 pasajeros a bordo, 7 miembros de tripulación y
dos pilotos, que salió de Boston a Los Ángeles se estrelló contra una de las
torres del World Trade Center.
En total,
266 personas que iban a bordo de los cuatro aviones secuestrados perecieron.
Esas fueron las primeras víctimas confirmadas, pero hasta el cierre de la
edición, las fuerzas especiales de emergencia en Nueva York y Washington
comenzaban a retirar cadáveres de entre los escombros.
La
reacción del imperio atacado
George Bush
habló al país desde la Casa Blanca. Rodeado de los símbolos más queridos de la
Oficina Oval, el presidente emitió un discurso corto y fuerte. Pidió rezar por
las víctimas y sus familias, encomió el trabajo de los equipos de rescate e
informo sobre algunas medidas de seguridad adicional que adoptarían las fuerzas
armadas. Después del discurso
presidencial, una encuesta de la cadena de televisión ABC y del Washington Post
informó que un 90% de los estadounidenses apoyan represalias militares contra
los responsables directos o los países que los protejan. Pero mientras la
opinión pública cerraba filas detrás de su presidente, diversos reportes
indicaban que otros edificios aledaños al complejo World Trade Center también
estaban con daños estructurales. A aunque los líderes nacionales resaltaron la
voluntad del país para superar este ataque y esta tragedia, el estado anímico
del pueblo estadounidense no era el mejor y más que buscar responsables
inmediatamente, la preocupación fundamental parecía ser la búsqueda de
sobrevivientes tanto en el Pentágono como en el malogrado World Trade Center.
El gobierno
federal anunció que volvía a la normalidad el día miércoles y se esperaba que
los vuelos comerciales se reiniciaran también el miércoles por la tarde. La
ciudad de Nueva York, no obstante, demoraría más en recuperarse. La bolsa
decidió mantenerse cerrada el día miércoles y el alcalde ordenó que se
mantuviera la prohibición de acceso a una parte importante de Manhattan.
Aunque el
FBI y los aparatos de inteligencia estadounidense están golpeados y seguramente
la incapacidad de estos servicios para descubrir este ataque cuando estaba
siendo orquestado generará alguna crisis en el futuro cercano, las fuerzas de
inteligencia estadounidenses comenzaron a trabajar rápidamente sobre la tesis
de que el principal sospechoso de este ataque es el fundamentalista islámico
Osama bin Laden, archienemigo de los Estados Unidos y responsable de ataques
terroristas contra objetivos estadounidenses en el pasado. Aunque no se descartan otras hipótesis, el
FBI ya comenzó una serie de operativos que motivaron varios arrestos la noche
del martes. Pero ni el gobierno ni las agencias de inteligencia han querido
comentar nada. En esto han tenido la
complicidad de la prensa que está mucho más preocupada de seguir las labores de
rescate que pudieran dar con sobrevivientes del peor ataque terrorista en la
historia del país.
Pero en
unos días, cuando ya quede claro el número de víctimas fatales y se recuperen
sus restos, cuando se pierdan las
esperanzas de encontrar nuevos sobrevivientes, el estupor de una nación se convertirá
en una demanda decidida y perentoria de justicia. Ahí se comenzará a ver tanto
el poderío militar estadounidense como lo difícil que resulta pelear contra el
terrorismo utilizando armas convencionales.
Desde la
ventana de mi oficina todavía se ve el humo y el polvo elevándose del lugar
donde hasta hace unas horas se alzaban imponentes las torres gemelas del World
Trade Center. Hace unos minutos cayó una tercera torre. Al lado de los dos
colosos de 110 pisos que se hicieron añicos esta mañana, la torre de 47 pisos
que cayó a las 6 de la tarde parece una tragedia menor. Está punto de oscurecer, y mientras en el
sur de la isla reina la confusión, la sangre y los escombros, en el norte se
asoman unos tímidos arreboles de fines de verano. Por unos segundos pareciera
que todo vuelve a la normalidad (normalidad es siempre sinónimo del ‘como eran
las cosas antes’) y que después del trabajo uno podría ir a descansar al
Central Park, y aprovechar así los últimos días del verano. Pero en el sur el
humo sigue saliendo como sí hubiera ahora una locomotora gigantesca que no se
quiere alejar de Manhattan.
Es difícil
intentar analizar fríamente, cuando todavía arden los escombros, lo que
significa y conlleva este atentado para Estados Unidos o el mundo. No puedo
siquiera imaginar qué será de Nueva York después de que lloremos a nuestros
muertos y vayamos a dejar flores al sitio donde alguna vez se alzó imponente el
World Trade Center. La geografía será radicalmente diferente, pero también la
forma en que los neoyorquinos se ven a sí mismos. Las memorias memorables de la
ciudad capital del mundo se verán manchadas para siempre con la sangre de miles
de víctimas. En el orgullo altanero de sus habitantes quedarán grabados las escenas
de terror y los rostros de miedo de la mañana del martes 11 de septiembre.
Cuando los
habitantes de la metrópolis nos levantemos mañana, no sólo nos costará
reconocer el paisaje de la capital simbólica del mundo—imagínese un Santiago
sin cordillera—sino que también sentiremos más miedo, miraremos con una inusual
desconfianza a los otros sobrevivientes y sentiremos temor al entrar a la gran
selva de cemento. Pero también seguiremos sorprendiéndonos a nosotros mismos al
buscar en la rutina y cotidianeidad la seguridad que perdimos cuando
verificamos dramáticamente que la ciudad más famosa del mundo es también una de
las más vulnerables y una de las más odiadas. Además de llorar a los muertos,
tendremos que comenzar a convivir con el temor. A partir de mañana cada
habitante de Nueva York mezclará los motivos que lo trajeron a la gran manzana
con un sentimiento de vulnerabilidad y fragilidad.
El ataque
terrorista de 1993 contra el World Trade Center fue un llamado de alerta, pero
también nos hizo creer que la ciudad, sin ser inmune, era capaz de salir airosa
frente a los intentos por destruir el caótico sistema que permite la
movilización de millones de personas y miles de millones de dólares que
diariamente circulan por la ciudad. Pero el ataque de hoy demuestra que Nueva
York no es invencible.
Es lógico
ser incapaz de no reconocer el temor cuando se trata de atentados terroristas.
Sus perpetradores buscan sembrar el miedo y la confusión. Más que ganar adeptos
para su causa, la lógica del terrorista sólo pretende aumentar los costos que
implica no ceder a las demandas de los movimientos que reivindican estos
hechos. El temor y chantaje son las herramientas que utilizan para lograr sus
objetivos. En cierta medida, hoy lo lograron. Los neoyorquinos y en general los
estadounidenses sintieron miedo. La
lógica de miedo del terrorismo se ha instalado en la memoria colectiva
nacional.
Este es el
ataque más importante a territorio estadounidense desde el bombardeo a Pearl
Harbor. Pero un ataque de esta magnitud a dos íconos del capitalismo y del
poderío estadounidense—Pentágono y World Trade Center—tiene implicaciones
diferentes a las que llevaron a Estados Unidos a entrar a la Segunda Guerra
mundial. Aquí no está claro quién es el enemigo o qué quiere. A diferencia de
los años de la Guerra Fría, ahora no hay un “imperio del mal.” El enemigo puede
estar en cualquier parte. La explosión de las Torres Gemelas en Nueva York nos
recordó que el mundo post-guerra fría es mucho más complejo e impredecible. La
prolijidad y sangre fría que caracterizó a esta matanza colectiva nos mostró un
rostro desconocido y un efecto tenebroso de la globalización y de la
consolidación del poderío unipolar estadounidense.
Hoy cayeron
las Torres Gemelas del World Trade Center, joyas de Nueva York y símbolo
mundial de la supremacía del capital y del progreso tecnológico humano. Me tocó
ver desde la Washington Square, a unos dos kilómetros del lugar, cómo caía la
Torre Norte a las 10:30 a.m. Porque se veía igual que en las películas, supe
que no era ficción. Observar cómo se venía abajo la mole de cemento era algo
demasiado normal e inverosímil como para constituir una pesadilla.