Adiós al
sueño americano
Patricio
Navia
Época,
septiembre 21, 2001
Mientras
las cuadrillas de rescate seguían buscando sobrevivientes y el número de
desaparecidos se acercaba a los 5000, los 7 millones de neoyorquinos intentaban
recuperar su cotidianeidad.
Recién la
noche del jueves 13 de septiembre, la autoridad policial permitió la libre
circulación de peatones al sur de la Calle 14. Esa calle había servido de
barrera simbólica para separar al resto de la ciudad del área afectada por los
derrumbes. Esa noche, poco a poco, algunos neoyorquinos comenzaron a avanzar
hacia el sur de la ciudad y se congregaron en lugares públicos como Washington
Square, Union Square y las riberas del Hudson y East River para rendir tributo
a las víctimas del peor atentado terrorista en la historia. La gente se juntaba
en grupos que, acompañados por guitarras y otros instrumentos, cantaban baladas
de John Lennon, Paul Simon y el clásico de Don MacLean (1971), "American
Pie." Aunque en realidad nunca ha quedado muy claro el significado de esa
canción, resulta muy fácil relacionar los versos al sentimiento de derrota y
pérdida de la inocencia que vivía este país después de la desastrosa
experiencia en Vietnam y poco antes de que el presidente Nixon tuviera que renunciar
por el escándalo de Watergate. "So
bye-bye, Miss American Pie, llevé mi auto al dique, pero el dique estaba seco,
y los muchachos de siempre mientras tomaban whiskey con centeno, cantaban este
va a ser el día en que voy a morir."
Estos coros
informales y espontáneos inspiraban a decenas de improvisados mensajeros que
registraban sus emociones en grandes pliegos de papel que algunos voluntarios
ponían en el suelo. Miles de velas eran encendidas por participantes en las
espontáneas vigilias. Otros revisaban con cuidado los carteles pegados en los
postes del alumbrado público con fotos de personas que están perdidas desde el
fatídico martes 11 de septiembre. Los carteles tenían mensajes desesperados:
¿Dónde están? ¿Han visto a mi esposa? ¡Estoy buscando a mi hijo!
La policía
mantuvo durante todo el fin de semana un cordón de protección al sur de la
calle Canal, a unos 600 metros del lugar de la tragedia, donde los equipos de
rescate buscaban sobrevivientes. Mientras más cerca de la calle Canal se llegaba,
más fuerte era el pesado olor a quemado y el aire repleto de polvo que todavía
llenaba el ambiente. El viento norte que sopló durante toda la tarde del jueves
trajo al resto de Manhattan ese olor a destrucción y muerte. La lluvia del
viernes limpió el aire y aunque el sábado y domingo el polvo y humo siguieron
saliendo del lugar de la tragedia, la única evidencia innegable del desastre
era el cambio en la geografía de Manhattan. La vista al sur desde la Quinta
Avenida parecía retrotraernos al año 1970, cuando el World Trade Center existía
solo en la imaginación de los arquitectos.
Las
esperanzas de encontrar sobrevivientes se fueron haciendo cada vez más escasas.
Y aunque insistieron en la necesidad de seguir buscando, las autoridades de la
ciudad comenzaron a enfocar su atención más en la necesidad de restablecer el
orden y la rutina para el lunes 17 que
en remover escombros en busca de sobrevivientes. El objetivo número uno durante
el fin de semana fue dejar todo en orden para lograr que los mercados pudieran
abrir normalmente para la mañana del 17 de septiembre. Una semana después del
atentado, las fuerzas de rescate sólo habían logrado encontrar con vida a cinco
bomberos y policías que habían quedado atrapados entre los escombros producto
de derrumbes ocurridos después de la tragedia inicial. Aparentemente nadie que
hubiera estado todavía al interior de las torres cuando se produjeron los
derrumbes logró sobrevivir.
Cuando el
lunes por la mañana sonaron las campanas en Wall Street y los neoyorquinos
simbólicamente volvieron al trabajo, las pesadas máquinas y los cientos de
hombres y mujeres que trabajaban en el sector estaban casi exclusivamente
dedicados a remover escombros y amontonar restos humanos en las improvisadas
morgues del lugar. Aunque el número oficial de víctimas demorará varias semanas
en ser confirmado, existen ya más de 5000 personas presumiblemente
desaparecidas entre los escombros del World Trade Center, mientras que el
número de cadáveres que han sido recuperados e identificados supera ya los 200.
Una semana después del atentado, la enorme cantidad de escombros producidos por
los derrumbes de las torres norte y sur del World Trade Center y por las torres
menores que cayeron el martes por la tarde y el miércoles todavía dificultaba
la llegada de los equipos de socorro a las zonas donde se presumía debían haber
quedado sepultadas la mayoría de las víctimas. Los primeros servicios fúnebres
de bomberos que perecieron cuando intentaban ayudar a evacuar los edificios se
realizaron el sábado. Y el domingo el alcalde-más popular ahora que
nunca-acompañó a la iglesia a una novia cuyo padre también había perecido en el
atentado.
El viernes
por la tarde, 72 horas después de las explosiones, cuando la lluvia caía sobre
Manhattan y el pesado olor a polvo y materiales quemados había disminuido, el
presidente George W. Bush visitó la zona del desastre. Acompañado por el
gobernador republicano del estado, George Pataki, los senadores demócratas
Hillary Clinton y Chuck Schummer y el alcalde Rudolph Giuliani, Bush habló a
los socorristas, a la nación y también a la ciudad de Nueva York. El
presidente, que perdió estrepitosamente en Nueva York ante el demócrata Al
Gore, había evitado visitar la metrópolis desde que llegó a la Casa Blanca. Su
predecesor Bill Clinton, en cambio, hizo de Nueva York su residencia y la ex
primera dama, Hillary Rodham Clinton, se convirtió en senadora por NY en las
elecciones de noviembre del 2000. La visita del nuevo presidente a la
"Zona Cero" (como es llamada ahora la montaña de escombros donde
alguna vez estuvo el World Trade Center) fue una forma de hacer la paz con la
ciudad y sus habitantes.
Ante los
gritos de "U.S.A, U.S.A." de los socorristas, Bush les contestó:
"la nación los oye." En esa ocasión, y en cada oportunidad que ha
tenido para hablar, el presidente ha reiterado la voluntad de su gobierno de
liderar al país en esta nueva guerra y salir victoriosos. Pero tanto en su
primera referencia al atentado, realizada en Florida la mañana del martes 11,
minutos después de que el primer avión impactara la Torre Norte, como en sus
esporádicos diálogos con la prensa, la poca destreza oral del presidente ha
quedado en evidencia. Su continua
referencia a los secuestradores como "tipos" (folks) y su insistencia
en parecer irreflexivamente severo no han impresionado a los expertos. La
opinión pública, no obstante, ha cerrado filas detrás de su presidente y le ha
concedido un nivel de apoyo sólo observado antes por su padre en los días de la
Guerra del Golfo. Pero importantes medios de prensa han cuestionado el
liderazgo de Bush la mañana del atentado y han resaltado que la credibilidad
del gobierno se beneficia por la presencia del vicepresidente Dick Cheney y del
Secretario de Estado Colin Powell. Cheney ha hecho esfuerzos desmedidos para
mantener un bajo perfil. Su objetivo ha sido demostrar que él no es quien
manda, sino Bush. Powell, por su parte, ha vuelto a aparecer en Washington.
Sólo días después de que un importante semanario nacional se preguntara
"¿Dónde está Colin Powell?, el primer africano-americano que ocupa la
Secretaria de Estado, el ex soldado y héroe de guerra (oriundo por cierto del
Bronx, en Nueva York) ha demostrado un liderazgo notable y ha desplegado una
habilidad diplomática inusual para un militar.
Bush por su
parte ha mantenido la tesis de la guerra y defendido la necesidad de perseguir
y juzgar a los responsables de los ataques al World Trade Center y el
Pentágono. Aunque ha sido vago respecto a quienes protegen a los terroristas,
el presidente estadounidense ha instruido a Colin Powell a que forje una
alianza anti-terrorista mundial. Los Estados Unidos han pedido la extradición
del líder integrista musulmán Osama bin Laden, que se encuentra en Afganistán,
protegido por el gobierno Talibán. Pakistán ha sido uno de los países claves en
la estrategia de Powell. Si los pakistaníes logran convencer a los afganos que
entreguen a bin Laden, entonces se habrá evitado una impresionante demostración
de poder militar por parte de las fuerzas armadas estadounidenses contra el
régimen Talibán. Si los afganos se niegan a entregar a bin Laden, la presión
diplomática ahora ejercida por Powell dará lugar al uso de la fuerza.
Mientras en
Washington las autoridades nacionales diseñan la estrategia para ganar esta
complicada nueva "guerra," identifican al enemigo y preparan el plan
de ataque, Nueva York intenta evitar que junto a las Torres Gemelas haya caído
el espíritu emprendedor y capitalista de la ciudad. El sentido patriótico que
se le dio a la apertura de la bolsa el día lunes 17 no mitigó la incertidumbre:
el Dow Jones cayó casi 700 puntos, su peor caída en números absolutos de la
historia. La cantidad de turistas ha disminuido notablemente y aunque la ciudad
está plagada de periodistas de todo el mundo, las ventas en restaurantes han
disminuido. El alcalde, en su esfuerzo por atraer turistas, les recordó que
ahora síi existen posibilidades de encontrar entradas para las obras musicales
y de teatro más populares en Broadway, y hasta los hoteles han disminuido sus precios.
Pero es muy
difícil anticipar lo que ocurrirá con la bolsa y la ciudad en el mediano plazo.
El esfuerzo del gobierno y de la Reserva Federal para acortar la recesión ahora
inevitable tendrá algún efecto. El Congreso norteamericano ya aprobó 40 mil
millones de dólares para la reconstrucción del Financial District, y habrá más
ayuda económica en el futuro. La restauración de Manhattan será una prioridad
nacional. Mientras tanto, los socorristas siguen trabajando, removiendo
toneladas de escombros. Ante el lento paso de las horas, los neoyorquinos poco
a poco recomponen sus vidas. La reconstrucción de la ciudad vendrá después.
Aunque en la ciudad reinan el dolor, la desesperante espera y las desvanecidas
ilusiones, también comienzan a aparecer los indicios de la conocida rutina: las
multitudes que llegan a Manhattan cada mañana a trabajar, las locuras del
tráfico, la violencia verbal en las congestiones vehiculares, las grandes
transacciones comerciales, la multiplicidad de étnias que han hecho de ésta su
ciudad y la impersonal actitud que siempre caracterizó a la Metrópolis. Hoy el
neoyorquino medio ya recibió un empujón en el metro, casi lo arrolló un taxi y
comió, casi corriendo, un Hot-Dog en la Quinta Avenida. Las hojas de los
árboles empiezan a caer en el otoño y los pragmáticos neoyorquinos comienzan a
despedirse del World Trade Center: bye, bye, miss American pie.
Recuadro
1
Where
have you gone, Joe DiMaggio?
¿Dónde te
has ido, Joe DiMaggio?) Paul Simon en su canción "Mrs. Robinson".
"Una nación triste te busca," añade Simon en un tema que es
representativo de una época en que Estados Unidos perdió su inocencia. Joe
DiMaggio, el gran beisbolista de los años 40, capturó la imaginación de muchos.
Cuando la estrella ya retirada se casó con Marilyn Monroe en 1954, la historia
del niño pobre que llegó a ser el mejor, se hizo leyenda. Su muerte en 1999
motivó que se le declarara como el mejor jugador de béisbol de todos los
tiempos. Esos deportistas responsables de grandes triunfos y sufrimientos ayudan
también a que la gente escape de la tediosa realidad que rodea sus vidas el
resto de la semana.
Atacar el
Pentágono y las Torres Gemelas es destruir símbolos del poderío militar
estadounidense y del capitalismo mundial. Un atentado a un estadio de béisbol
repleto de fanáticos en cambio hubiera representado un ataque al alma de los
estadounidenses simples, los hombres comunes, los mismos que hoy luchan por
encontrar sobrevivientes entre los escombros del World Trade Center. Este fin
de semana, cuando la televisión estadounidense no tuvo fútbol americano ni
béisbol para mostrar, muchos hombres simples y confundidos de este país se
preguntaron junto a Paul Simon, where have you gone Joe DiMaggio?
Recuadro
2
Rudolph
Giuliani, el líder
Nacido el
28 de mayo de 1944 en Brooklyn, descendiente de inmigrantes italianos y educado
en escuelas públicas, Giuliani es un neoyorquino de tomo y lomo. Sus estudios
universitarios los realizó en el Manhattan College (1965), y en New York
University, donde obtuvo su título de abogado en 1968. En 1981 se convirtió en fiscal asociado de
distrito. En 1983 fue nombrado abogado federal para el distrito sur de Nueva
York, un puesto que le permitió lucirse como un ágil y agresivo luchador contra
el crimen organizado. Republicano desde su juventud, en 1989 Giuliani cayó por
estrecho margen ante el demócrata David Dinkins, que se convirtió en el primer
negro en ocupar la alcaldía. La mala administración de éste le permitió a
Giuliani derrotarlo en 1993. Los años de Giuliani en el City Hall se
caracterizaron por su decidida lucha contra la criminalidad a través del plan
Tolerancia Cero, por su apoyo irrestricto, incluso en cuestionables ocasiones,
a la policía y por la bonanza social y económica. Reelecto por abrumadora
mayoría en 1997, la ley no le permite buscar un tercer periodo en las
elecciones de noviembre de 1999. Pese a sus problemas matrimoniales, su
malogrado intento por buscar un sillón senatorial (se retiro de la carrera
contra Hillary Clinton cuando se descubrió que sufría de cáncer a la próstata),
su controvertida oposición a ciertas exhibiciones de arte y su poca disposición
a combatir los casos de abuso policial, Giuliani ha sido un alcalde popular. Su
reconocido liderazgo ha crecido aún más después del atentado contra el World
Trade Center. "Sin Giuliani, no sé qué va a pasar con esta ciudad,"
parece ser el lamento general. Difícil tarea tendrá el hombre que, después de
las elecciones de noviembre del 2001, reemplace a Giuliani, el alcalde
republicano más popular de Nueva York desde Fiorello LaGuardia.