Entre la guerra y la economía

Patricio Navia

Época, #867, viernes 28 de septiembre de 2001

 

Entradilla

Mientras las fuerzas armadas estadounidenses y sus aliados se preparan para un inusual conflicto bélico, el gobierno busca evitar el empeoramiento de la crisis económica.

 

Texto

El jueves 20 de septiembre, el presidente estadounidense George W. Bush leyó un magistral discurso ante el Congreso en pleno, su gabinete, representantes del poder judicial, de las fuerzas armadas y de otras entidades de gobierno. El discurso en español se puede leer en http://www.whitehouse.gov/news/releases/2001/09/20010920-8.es.html Millones de estadounidenses escucharon atentos la arenga presidencial que explicaba los motivos, advertía sobre los costos y enunciaba los objetivos de lo que se ha denominado la "primera guerra del siglo XXI."

 

Aunque los discursos presidenciales los prepara un equipo de expertos, el presidente  necesita ser un buen comunicador de nuevas políticas para tener éxito. Pese a su ya conocida limitada destreza oral a la hora de enunciar palabras difíciles, cuando George W. Bush habló al país, una nación golpeada anímica y emocionalmente por el peor ataque terrorista en sus 225 años de historia, estaba dispuesta a brindar un apoyo incondicional a su presidente, por más inexperto e inarticulado que éste fuera.  Las encuestas de opinión aparecidas días después le dan a Bush una popularidad de casi un 90%, más alto incluso que la que gozó su padre, George Bush, después del triunfo en la Guerra del Golfo.  Pero a diferencia de esa guerra, Estados Unidos no enfrenta hoy un enemigo fácilmente identificable. Una rápida victoria militar sin muchas bajas estadounidenses es imposible toda vez que nadie sabe cuándo se puede declarar por terminada esta guerra. El apoyo del público estadounidense a las aventuras militares cae rápidamente cuando empiezan a sumarse las bajas en las fuerzas estadounidenses.

 

La movilización de tropas estadounidenses hacia el medio oriente y la continua presencia del Secretario de Estado Colin Powell y del Secretario de Defensa Donald Rumsfeld anunciando nuevos apoyos de aliados históricos--como la OTAN, Arabia Saudita y Egipto--y otros más recientes--como Rusia e incluso Pakistán--han creado un clima de guerra en la población que ha llevado ya a algunas voces cautas pidiendo moderación en las represalias y llamando a evitar la pérdida de más vidas inocentes. Incluso varios expertos militares han cuestionado la estrategia oficial, al postular que resulta muy difícil llevar adelante una guerra sin saber a ciencia cierta quiénes son los enemigos o cómo saber cuándo se ha conseguido la victoria.

 

Por lo pronto, la estrategia estadounidense se ha centrado en alinear a la mayor cantidad de países posibles en esta nueva aventura militar y a la vez en identificar, con nombres y apellidos, a los líderes de estos "movimientos terroristas" alrededor del mundo. Los bancos estadounidenses han sido instruidos para congelar las cuentas de Osama bin Laden y otros sospechosos de ayudar y promover el terrorismo islámico. Los países que tradicionalmente han dado refugio a estos movimientos han recibido advertencias claras y precisas: "el que no está con Estados Unidos está con los terroristas."  Aunque un ataque militar a objetivos enemigos en Afganistán parece ser cosa de días, éste es la primera campaña militar estadounidense desde Vietnam donde tampoco hay una clara estrategia de salida. Nadie sabe cuándo se acabará el conflicto ni bajo qué circunstancias se puede declarar el triunfo. Haber definido el objetivo como "la aniquilación del terrorismo" permite al gobierno de la Casa Blanca un amplio margen de acción, pero también dificulta enormemente evaluar el éxito o el fracaso de la misión de Justicia Infinita.

 

Pero el principal desafío que enfrenta Bush hoy no es la necesidad de conseguir una decidida y clara victoria militar. El rápido enfriamiento de la economía--empeorado con la estrepitosa caída de la bolsa durante la semana posterior a los atentados--ha enviado al país a una recesión de la que será difícil recuperarse rápidamente. Las elecciones parlamentarias de noviembre del 2002 probablemente se lleven a cabo en un contexto de creciente desempleo y malestar. Una derrota electoral republicana devolvería el control del Congreso a manos demócratas y la peor pesadilla del presidente Bush se haría realidad. Al igual que su padre, tendrá que enfrentarse a un pasivo político que es mucho más dañino que cualquier activo resultante de una victoria militar: cuando la economía anda mal, los presidentes estadounidenses pierden las elecciones.

 

De ahí que Bush hoy tenga que esforzarse para dividir su tiempo entre montar la campaña victoriosa de la primera guerra del siglo XXI y asegurarse de que se tomen las medidas necesarias para ayudar a la alicaída economía estadounidense. La ley que otorga 40,000 millones de dólares para la reconstrucción de la ciudad de Nueva York, los 15 mil millones asignados para mantener en el aire a las aerolíneas y los anuncios de ayuda adicional a otras industrias reflejan la preocupación, compartida por el Secretario del Tesoro Paul O'Neill, del presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan y de la mayoría de los analistas privados y de gobierno, sobre la recesión económica que el atentado del 11 de septiembre ayudó a hacer inevitable.

 

Pese a que hoy pareciera resultar más fácil y popular ser comandante en jefe de las fuerzas armadas estadounidenses y liderar una campaña militar, el futuro político del presidente y la salud de la nación estadounidense dependen tanto una victoria militar como de una economía saludable.

 

Recuadro

Nueva York entre escombros y reconstrucción

Pese a que han sido recuperados no más de 400 cadáveres de las ruinas del World Trade Center, la remoción de escombros y la estrategia para recuperar la normalidad han reemplazado a  la solidaridad con los dolientes. El alcalde Rudolph Giuliani ha iniciado una campaña para lograr atraer turistas a la ciudad nuevamente. Las industrias hoteleras, de entretenimiento, de restaurantes y el comercio dependen de ello. Incluso la política ha vuelto a ser tema central. El martes 25 de septiembre se realizaban las primarias para las elecciones de alcalde de noviembre. La enorme popularidad de Giuliani ha llevado a muchos a pedir que se cambie la legislación para permitirle ser candidato para un tercer periodo. Hasta ahora el alcalde ha mantenido un cómplice silencio. Todo el mundo sabe que Giuliani no se quiere ir, y una gran mayoría de los neoyorquinos parecen sentirse seguros con el alcalde. Poco a poco el foco de atención se comienza a desplazar de la Zona Cero al City Hall: la normalidad vuelve a Nueva York.