Época 877, diciembre 7, 2001
Consejos, advertencias y negociaciones
estuvieron presentes en la agenda del presidente del gobierno español en su
reciente visita a Estados Unidos.
José María Aznar no
fue el primer líder europeo en apersonarse en Washington D.C. después de los
atentados el 11 de septiembre. Tampoco será el último, pero la gira del
mandatario español—que incluyó visitas a la Casa Blanca y las oficinas del Zar
de la seguridad doméstica en Washington D.C. y a la Zona Cero, la alcaldía y la
bolsa de comercio en Nueva York—recibió atención especial en la prensa
estadounidense por 2 motivos: la experiencia de ese país con el terrorismo
vasco y la suerte que correrán los 8 detenidos en España sospechosos de
pertenecer a la red Al Qaeda.
Aunque ni la experiencia de España con el
terrorismo separatista vasco ni la británica con el terrorismo separatista
norirlandés se asemejan en origen, razones o magnitud a los ataques del 11 de
septiembre en Washington y Nueva York, muchos analistas y pensadores
estadounidenses contrastan la forma en que han respondido estas dos naciones
europeas a la amenaza terrorista con la estrategia utilizada por Israel para
combatir sus propios ataques terroristas. Mientras algunos exaltados llamaban a
seguir los pasos de Israel—con medidas claramente atentarorias contra las
libertades individuales y más propias de un país en guerra externa que de
democracias consolidadas—las voces más razonables en Estados Unidos apuntaban a
los esfuerzos realizados en España y Gran Bretaña para poder luchar contra el
terrorismo sin renunciar a las libertades y la cotidianeidad propia de un país
de hombres y mujeres libres.
La visita del presidente del gobierno español
añadió fuerza al debate de cómo adoptar medidas que protejan mejor la seguridad
en los aeropuertos y espacios públicos a la vez que faciliten el libre
desplazamiento de personas por las ciudades del país. Aprender de la
experiencia española para identificar, desarticular y anticipar a células
terroristas y evitar sus ataques antes de que ocurran es uno de los objetivos
del gobierno estadounidense, y así lo señaló tanto el vocero de la Casa Blanca Ari
Fleischer con el zar de la seguridad doméstica Tom Ridge, después de
la visita de Aznar.
Los periodistas estaban más preocupados, no
obstante, de la suerte que correrán 8 personas detenidas en España sospechosas
de ser miembros de la red terrorista Al Qaeda. Aunque Estados Unidos no ha
solicitado formalmente su extradición a España, se especulaba que Bus y Azanar
podrían discutir el asunto. Pero si lo hicieron, no se supo. En conferencia de
prensa conjunta, ambos mandatarios declinaron hablar del tema específico,
aunque aseguraron que seguirían cooperando en combatir al terrorismo.
La sorpresa de lo que debía ser una visita más
bien protocolar la dio José María Aznar cuando, en conversación con el
Washington Post, advirtió que no sería prudente lanzar una acción sorpresiva
contra Irak en la guerra contra el terrorismo. Citado por el influyente
periódico, Aznar dijo “tenemos que determinar si la extensión de este conflicto
es factible y deseable, y ustedes tienen que determinar cuáles son sus metas y
objetivos.”
En un contexto de cordialidad y amistad, la
presencia de Aznar en Washington fue una señal de apoyo y una voz de moderación
y advertencia para aquellos que, envalentonados con la caída del régimen
Talibán, buscan extender el conflicto ahora a Irak y otras naciones vecinas.
Mientras muchos visitantes se paseaban junto a
las barreras que protegen la entrada a la devastada área donde estuvo el World
Trade Center, las flores se acumulan en los memoriales improvisados y no
pocos críticos denuncian la empresa de terror-turismo que se ha montado en el
lugar con la venta de camisetas, souvenirs, velas, fotos, y los tradicionales
relojes, gorros y joyas que se han vendido siempre en las calles, el presidente
del gobierno español y su comitiva conversaron con el alcalde Guiliani y
contestaron las preguntas de una comitiva de prensa compuesta fundamentalmente
por enviados de prensa españoles y europeos. Aunque fue saludado
entusiastamente en la bolsa neoyorquina, la presencia de Aznar en Nueva
York pasó más desapercibida que su paso por Washington. Mientras en D.C. las
autoridades del gobierno sopesaban las palabras de Aznar y consideraban
los siguientes pasos a tomar en su estrategia para lograr la extradición de los
detenidos en España sospechosos de pertenecer a la red Al Qaeda, la
preocupación en Nueva York era la inminente quiebra de una empresa de energía,
que de concretarse sería la quiebra más grande en la historia de los Estados
Unidos.