Un asunto familiar
Patricio Navia
Época 888, febrero 22, 2002
Sabiendo que su popularidad seguirá alta
mientras continúe la guerra contra el terrorismo, G. Bush busca ahora derrocar
a Sadam Hussein. La recesión económica, la imposibilidad de dar con Ben Laden
y, por sobre todo, la cuenta pendiente familiar con el líder iraquí están
detrás de esta arriesgada maniobra.
Mucho más que su padre, el modelo presidencial
que pretende imitar George W. Bush es el de Ronald Reagan. Así
como Reagan no temió en endeudar masivamente a su país hace 20 años para
derrotar al "imperio del mal" en la carrera armamentista,
"W" ha iniciado una cruzada similar contra el "eje del
mal." No importa que esta amenaza combinada sea ínfima respecto a lo
representaba la Unión Soviética. Para los estadounidenses, los atentados
terroristas del 11 de septiembre tuvieron un impacto mucho más grande que
cualquier crisis de la guerra fría. O al menos con eso cuenta el presidente al
embarcarse en una iniciativa que nuevamente ha generado acusaciones de
unilateralismo.
Aprovechando el amplio rechazo al terrorismo
que existe en Estados Unidos, el presidente Bush ha señalado a Irak,
Irán y Corea del Norte como cuna y refugio de organizaciones terroristas.
Mientras comienzan a aparecer acusaciones de maltrato a civiles contra las
fuerzas estadounidenses a civiles en Afganistán, la Casa Blanca hace grandes
esfuerzos para reorientar la atención doméstica sobre todo hacia Irak. Esta
semana, Bush inició una gira a Japón, Corea del Sur y China. Mientras la
agenda con Tokio estuvo centrada en la crisis económica japonesa y la visita a
China destinada a ejercer presión para eliminar barreras a las importaciones
estadounidenses, el paso por Seúl tendrá un efecto directo en lo que ocurra con
uno de los miembros del 'eje del mal.'
El presidente surcoreano Kim Dae Jung ha expresado su
preocupación por la agresiva retórica estadounidense hacia la dictadura del
líder norcoreano Kim Jong Il. Después de haber recibido el Premio Nóbel
por sus esfuerzos para lograr la paz entre las dos naciones, el líder
surcoreano no quiere que la violencia verbal destruya el acercamiento logrado
con sus vecinos del norte.
Pero la preocupación de Bush está centrada en
otro miembro del 'eje del mal.' Aunque las acusaciones contra Irán también han
sido calificadas como inoportunas por la gran mayoría de sus aliados y han
debilitado la ofensiva reformista del líder iraní Mohamed Jatami,
fortaleciendo a los fundamentalistas islámicos, la mayor preocupación
internacional radica en lo que todos creen como el verdadero objetivo del
presidente estadounidense, la destitución de Saddam Hussein, el dictador
iraquí. Expertos y políticos
estadounidenses y líderes occidentales han señalado su preocupación por la
obsesión por derrocar a Hussein. "La parte fácil va a ser
derrocarlo, lo difícil es decidir qué se va a hacer después," señaló el
demócrata Joseph Biden, presidente del Comité Internacional del Senado.
El temor ante nuevos conflictos tribales y étnicos y ante la desintegración de
un estado que posee un poderoso arsenal ha llevado a muchos a pensar que es
mejor lograr cambios moderados que eventualmente lleven al reemplazo de Hussein
que forzar su salida disparando el gatillo de una guerra civil que tendrá
implicaciones para el precio del petróleo, la seguridad de Israel y la
estabilidad de regímenes dictatoriales en Arabia Saudita, Jordania y otros
aliados estadounidenses. Por eso que ninguna potencia occidental se ha animado
a apoyar a Estados Unidos en esta nueva cruzada. Pero el presidente Bush parece
ver eso como una señal más de la similitud de aventura con la emprendida por Reagan
hace 21 años. Cuando Estados Unidos decidió lanzarse contra el 'Imperio del
Mal', los aliados europeos también se mostraron escépticos.
Aprovechando la reciente visita a Washington
del dictador pakistaní Pervez Musharraf, Bush insistió en su amenaza
contra Hussein. Subrayando su decisión de proteger a Estados Unidos y combatir
a aquellos que protegen el terrorismo, el presidente estadounidense volvió a amenazar
al dictador iraquí. Después de diez años desaparecido de las primeras planas de
las noticias del mundo, Hussein ha vuelto a ser centro de la noticia. El
presidente Bush espera que sea por última vez. Muchos analistas temen
que el precio a pagar va a ser demasiado alto y otros temen incluso que le
podría costar la carrera política a un segundo Bush.
Un plan demasiado simple
Si Estados Unidos se decide a actuar, Hussein
probablemente caiga. Pero el costo podría ser muy alto, incluido el
presidente Bush que arriesga también su altísima popularidad. Cuando el
vicepresidente Dick Cheney visite Arabia Saudí, Jordania, Turquía,
Egipto, Israel, los Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Qatar y Omán en marzo, el
plan para derrocar a Hussein ya debería estar en la Sala Oval de la Casa
Blanca. Después de haber intentado apoyar revueltas internas y haber financiado
a una serie de organizaciones de oposición en el exilio, Estados Unidos parece
decidido a adoptar una postura más activa para terminar con Hussein.
Diez años después de que su padre dejara la Casa Blanca, George W. Bush
parece empecinado en lograr lo que su padre no se animó a hacer al terminar la
Guerra del Golfo. Igual que en 1991, lo parte más fácil--pero no por eso
carente de costos o dificultades--será deponer al dictador. Lo difícil vendrá
después: evitar una guerra civil, apoyar a un régimen amigo que logre
desarticular el aparato militar iraquí sin alienar a su población y no alterar
la precaria estabilidad de varios aliados y vecinos árabes. Más difícil será
lograr todo eso sin dejar abandonado el frente interno estadounidense donde los
demócratas se deleitarán acusando al presidente de participar en arriesgadas
cruzadas allende el mar mientras abandona a un país sumido en una crisis
económica y rompe su promesa electoral de no incurrir en un déficit fiscal.
Esas consideraciones frenaron a Bush padre en 1991, hoy su hijo está más decido
a actuar.