Pelear en Afganistán para ganar en América
Patricio Navia
Época 892, 22 de marzo de 2002
Los 11 soldados aliados muertos en enfrentamientos en
Afganistán representan una poderosa advertencia al gobierno de Washington y a
la opinión pública que una aventura militar en Irak podría costar muchas vidas
de soldados estadounidenses.
El 17 de marzo se cumplen 6 meses desde que, en un
exabrupto ahora lamentado, el presidente George W. Bush anunciara que
quería a Osama ben Laden "vivo o muerto." Cuando la Casa Blanca intentaba bajarle el
perfil a lo difícil que ha resultado dar con el 'hombre más buscado,' la prensa
comenzaba a discutir la participación de tropas estadounidenses en Filipinas y
Georgia, y todos parecían olvidarse de Afganistán, ese país volvió al centro de
la noticia.
En cruentas batallas, que terminaron con cientos de
combatientes talibanes muertos, 11 soldados de las fuerzas aliadas, incluidos 8
estadounidenses, perdieron la vida y más de 70 fueron heridos. Los combates
ocurrieron como parte de la Operación Anaconda, una ofensiva sorpresa destinada
a capturar a aproximadamente mil combatientes rebeldes que se congregaron en
las montañas aledañas a Gardez para reorganizarse y combatir al gobierno
interino de Hamid Karzai. Las tropas estadounidenses querían aprovechar
la ocasión para terminar de desarticular células de Al Qaeda que seguían
operando en las montañas. Aunque el Pentágono habla de más de 600 bajas
enemigas, la noticia de los cruentos enfrentamientos sorprendió a muchos
estadounidenses que pensaban que el problema en Afganistán estaba resuelto y
que era hora de concentrarse en combatir el terrorismo en Irak.
Desde que el 2 de enero se produjeron las primeras
tres bajas estadounidenses, mucho se ha especulado sobre el temor a que el sostenido
apoyo de la población a la ofensiva militar comience a caer si empiezan a
llegar los cadáveres de jóvenes combatientes americanos. El trágico recuerdo de
los soldados y reclutas caídos en Vietnam hace tres décadas es un fantasma del
que todos los políticos quieren arrancar. Por eso que el Pentágono se ha
mostrado renuente a enviar tropas a combatir directamente con las fuerzas del
talibán y los efectivos estadounidenses sólo entraron una vez caído el gobierno
talibán. Aunque el gobierno no ha querido dar cifras exactas, se estima que hay
más de 2 mil soldados estadounidenses en ese país y que en algún momento
llegaron a haber más de 5 mil. Aunque el número total de bajas americanas es
bajo, los 8 soldados fallecidos en enfrentamiento la primera semana de marzo
fueron suficiente para que volviera a surgir el temor a una caída en el apoyo
de la opinión pública a la ofensiva militar. Hace unas semanas, cuando el
traslado de combatientes del talibán y de Al Qaeda a Cuba generó un rechazo
generalizado de países aliados, la opinión pública estadounidense pareció
entender que los combates en Afganistán ya habían llegado a su fin. El trágico
asesinato del ministro Abdul Arman en Kabul a
mediados de febrero pareció indicar que Afganistán había pasado del estado de
guerra a una precaria paz interrumpida por conflictos étnicos y políticos, pero
que la presencia militar estadounidense ya no era necesaria. Por eso que su
visita a familiares de los soldados caídos y un emotivo discurso donde el
presidente Bush dejó caer algunas lágrimas fueron un violento despertar
para aquellos que pensaban que la guerra contra el terrorismo se podía pelear
sin incurrir en costos en vidas de soldados estadounidenses.
Además, el líder del senado
estadounidense, el senador demócrata Tom Daschle recientemente abandonó
su irrestricto apoyo a Bush y cuestionó algunas de las políticas
militares de la Casa Blanca. Una serie de críticas a la actitud obstruccionista
del Pentágono a los medios de prensa y las dudas surgidas por las dificultades
observadas en terminar con los combatientes talibanes son evidencia que el
apoyo irrestricto ya se acabó. Dos conflictos recientes al interior de la Casa
Blanca--que terminaron con las renuncias de un asesor de discursos y el jefe de
la oficina del cuerpo de ingenieros--demuestran que la administración comienza
a perder la férrea disciplina impuesta después del 11. Los conflictos entre los
'halcones,' liderados por el secretario de defensa Rumsfeld y la asesora
de seguridad nacional Rice, y las palomas, alineadas tras el secretario
de estado Powell, comienzan también a dividir a la opinión pública. La
postura de Bush respecto al conflicto palestino-israelí es impopular en
el mundo, y el presidente se ha visto obligado a echar pie atrás en su plan
original e involucrar directamente a su administración para intentar poner fin
a la escalada de violencia.
A los temores existentes ante los
riesgos estratégicos y tácticos que implica embarcarse en la tarea de derrocar
a Hussein, el presidente debe ahora sumar la mayor preocupación de los
estadounidenses cuyos hijos y familiares tendrán que arriesgar sus vidas en
defensa de los intereses del país. Cuando esos intereses son fácilmente
compresibles, como en la lucha contra el Talibán, el apoyo público es gigantesco.
Cuando los intereses no se entienden bien o no son populares, la ofensiva
militar tiene un enorme costo político para el presidente. George W. Bush
sabe ahora que tendrá que explicar mejor y más convincentemente su plan contra Saddam
Hussein si quiere seguir gozando de los impresionantes niveles de
aprobación que hoy posee.
Cuatro barreras antes de Hussein
Primero, todavía se necesitan algunas
semanas para reponer material bélico y preparar a las tropas. Segundo, la Casa
Blanca debe trabajar para aumentar el tibio apoyo de la opinión pública a esta
ofensiva. Tercero, el presidente debe asegurarse que esta ofensiva no sea vista
como un esfuerzo por desviar la atención de los problemas domésticos. Pero el
desafío más difícil consiste en buscar el apoyo de países aliados. Ante la
molestia del mundo árabe por la poca disposición estadounidense a involucrarse
en la solución al problema palestino-israelí, Estados Unidos puede recurrir
sólo al apoyo de sus aliados europeos. Pero la reciente decisión de Washington
de adoptar medidas proteccionistas contra el acero importado y la tendencia
unilateralista demostrada por Bush en decisiones recientes hacen poco
probable que Europa esté dispuesta a acompañarlo en esta aventura.