Época #895,
abril 12, 2002
Advirtiendo que el futuro se está muriendo, el presidente Bush decidió cambiar su estrategia ante el medio oriente y envió a su Secretario de Estado en una misión de paz.
Cuando el
presidente estadounidense anunció el jueves 4 de abril que enviaría al
Secretario de Estado Colin Powell al medio oriente a liderar un nuevo
esfuerzo por lograr la paz, la situación en los territorios ocupados de la
Palestina era casi insostenible. Las
fuerzas armadas israelíes ocupaban con sus tanques las principales ciudades
palestinas y cientos de sospechosos eran detenidos por su posible asociación
con organizaciones terroristas. Aunque el presidente George W. Bush tuvo
palabras duras para el líder palestino Yaser Arafat y reiteró la
posición estadounidense de amigo y aliado de Israel, la decisión de enviar a Powell
significó echar marcha atrás en lo que había sido la estrategia de la Casa
Blanca hasta la fecha. El clamor de los palestinos, la presión de los aliados
estadounidenses en Europa y el Oriente Medio y la propia riesgosa volatilidad
del conflicto terminaron por hacer cambiar de opinión al presidente
estadounidense.
De paso, la
acalorada discusión sobre un posible ataque a Irak y una ofensiva militar para
derrocar al dictador Sadam Hussein quedó de lado. Ninguna ofensiva
contra Irak es posible cuando la situación en Palestina está tan tensa. En ese
sentido, Ariel Sharon se ha convertido en el salvador de Hussein.
Al empujar su política de represión a Yaser Arafat e insistir en
acusarlo por los atentados suicidas en Israel a la vez que lo mantiene
encerrado e inmovilizado en las destruidas oficinas de gobierno palestino de
Ramala, Sharon ha elevado la tensión a tal punto que resulta imposible
para Estados Unidos atravesar exitosamente el laberinto del conflicto
arabe-israelí y poder sacar del poder al dictador iraquí.
La actitud
de Sharon, comprensible en tanto lo motiva, al menos en parte, el deseo
de proteger a los israelíes de más atentados suicidas ha demostrado ser
contraproducente. Más que lograr detener los atentados, la violencia con que ha
actuado Israel sólo ha logrado aumentar el deseo de venganza entre los
radicales palestinos. La violencia ha escalado y la incapacidad de Sharon
y Arafat para lograr un cese al fuego y aceptarse como interlocutores
válidos ha continuado cobrando numerosas vidas. Aunque Estados Unidos ha
reiterado su decisión de apoyar el derecho de Israel a defenderse, las
autoridades de la Casa Blanca están molestas y decepcionadas con la poca
voluntad de Sharon para liderar una solución pacífica al conflicto. Por
su parte, la desconfianza que genera Arafat en el gobierno de Bush
es conocida, pero aún así el presidente dio instrucciones a su enviado especial
el general Anthony Zinni para que se reuniera con el líder palestino.
Una vez recibida la aquiescencia del gobierno de Sharon, Zinni se
sentaría a dialogar con Arafat, para presionarlo a que se comprometa a
cesar los atentados terroristas suicidas y para anunciarle que Estados Unidos
lo haría a él responsable de futuros atentados.
Acorralado,
Arafat parece confiado en que su estrategia suicida funcionará.
Considerando que Sharon tiene mucho más que perder en una confrontación
total, ya que Israel es estado independiente pero Palestina no, el líder
palestino ha decidido que prefiere la confrontación sangrienta que,
parafraseando a Bush, ‘haga morir el futuro’ a seguir alimentado la
posibilidad remota de lograr la independencia de Palestina. Sin quererlo, Sharon
ha caído en el juego y ahora arriesga la misma estabilidad de su gobierno y
la vergüenza de ser presionado por Estados Unidos para realizar concesiones.
Aunque el
líder israelí insiste en tildar a Arafat de terrorista, y varios aliados
conservadores en Estados Unidos hayan criticado el cambio de política de Bush,
el ingreso de tanques israelíes a las ciudades en los territorios ocupados, la
muerte de civiles palestinos a manos de las fuerzas armadas israelíes y la
conclusión innegable de que la paz sólo podrá existir después de que exista un
estado palestino, han terminado por convencer a la Casa Blanca de la necesidad
de involucrarse más activamente para reencausar el proceso de paz.
La misión
de Powell en el medio oriente no es nada fácil y la tarea de
reestablecer confianzas y preparar el camino para retomar las negociaciones de
paz se anticipa como monumental. Pero así como la existencia de un estado
palestino es requisito necesario para lograr la estabilidad, y eventualmente la
paz, en el medio oriente, la activa participación del gobierno estadounidense
se convierte en condición necesaria para lograr la creación de un estado
palestino. El presidente George W. Bush parece finalmente entender eso y
ha enviado a su secretario de estado a buscar generar un cambio que permita a
palestinos e israelíes intercambiar bienes y servicios en vez de balas,
invasiones y terroristas suicidas.
En 1991,
cuando George Bush padre salió victorioso de la Guerra del Golfo, el
precio del petróleo superó la barrera de los 27 dólares por barril. Aunque la
reciente crisis ha vuelto a poner al petróleo a un valor nominal similar, el
precio real actual del crudo indexado por inflación equivale a unos $20 dólares
de 1991. Pero a diferencia de 1991, el conflicto en Palestina no se ha
extendido a los países productores de petróleo. La recuperación económica en
Estados Unidos ha tenido a su vez un efecto independiente sobre el aumento de
los precios. Una subida prolongada y dramática de los precios de petróleo repercutirán
negativamente en la economía estadounidense, golpeando con fuerza a los
republicanos en las elecciones legislativas de noviembre del 2002 y
convirtiendo a la inestabilidad del medio oriente en el principal enemigo
electoral de la familia Bush.