Patricio
Navia
Época
902, mayo 31, 2002
Cuando
decidió expulsar a los ministros del partido religioso ortodoxo sefardí Shas de
su coalición de gobierno, el primer ministro israelí Ariel Sharon le
recordó a sus aliados que él es mucho más popular que cualquiera de los
partidos de su coalición, incluido su propio Likud.
En las
parlamentarias del 2001, los israelíes escogieron a los 120 parlamentarios en
un distrito nacional único. Ningún partido obtuvo mayoría, pero la coalición centro-izquierdista
Yisrael Akhat (Un Israel), liderada por el partido laborista (de Simon Pérez
y Ehud Barak) obtuvo 23 escaños. El derechista Likud obtuvo 19 escaños,
los que sumados a los 17 del también derechista Shas, le permitieron tener una
base suficientemente sólida como para construir una mayoría parlamentaria a
través de alianzas con partidos menores. Esa vez, por primera vez en su
historia, los israelíes votaron separadamente por primer ministro. Ariel
Sharon derrotó al laborista Ehud Barak por 62 a 38%. Pero una vez
iniciado el último conflicto, Sharon incorporó a los laboristas, creando
un gabinete de unidad nacional.
Ahora Sharon
sólo cuenta con el apoyo de la mitad de los parlamentarios, por lo que la
estabilidad de su gobierno depende de la voluntad de cualquier socio menor. De
ahí que muchos creen que habrá que llamar a nuevas elecciones. En caso de
renunciar Sharon, el primer ministro sería escogido por el nuevo
parlamento. Pero el temor a que la popularidad de un renunciado Sharon,
convertido nuevamente en candidato, otorgue más fuerza al Likud y reste escaños
a todos los otros partidos (de oposición y de gobierno) aparentemente ha sido
la principal causa por la que muchos creen que nadie se atreverá a hacer caer
al actual gobierno. Por eso mismo muchos creen que Sharon está
provocando una situación que obligue a elecciones anticipadas y que le permita
convertir su popularidad actual en una avasalladora mayoría para su partido
Likud en el Knesset israelí.