Patricio Navia
Época 908, julio 12, 2002
En medio es escándalos financieros, una economía que no se recupera a la velocidad esperada, un creciente déficit fiscal y una baja en la confianza de los estadounidenses en las religiones organizadas y el mundo empresarial, los estadounidenses están más preocupados de lo que ocurre en el resto del mundo pero no logran entender lo que ocurre más allá de las fronteras.
Uno de los cambios más importantes producidos por los
ataques del 11 de septiembre tuvo que ver con la forma en que los
estadounidenses se veían a si mismos en el mundo. Pese a haber participado en
las dos grandes guerras del siglo XX, Estados Unidos logró evitar que los
conflictos se extendieran a su territorio. Los atentados contra las torres
gemelas y el pentágono (que cobró más víctimas que el mismo ataque japonés a
Pearl Harbor) representó el mayor golpe, en tanto vidas y propiedad destruida,
contra Estados Unidos en su propio territorio. La tradicional apatía con que se
observaban las crisis en el resto del mundo, aún aquellos donde Washington
estaba profundamente involucrado, fue reemplazada por una profunda preocupación
con los conflictos sociales, políticos y religiosos que ocurrían en otras partes
del planeta y que incluían a grupos que se auto proclamaban como enemigos de
los Estados Unidos.
En particular los americanos han comenzado a mirar más
cuidadosamente conflictos que involucran a grupos islámicos y que guardan
relación con gobiernos de países aliados, sea estos democráticamente electos
como el de Israel o dictaduras como la pakistaní. Al monitorear las actividades
de aquellos que se denominan como enemigos de Estados Unidos, los americanos
han optado por aceptar la tesis que los únicos enemigos de temer son aquellos
que reconocen su condición como tal. Por eso que la opinión pública está poco
preocupada de lo que ocurre en Cuba, donde la dictadura de Castro se declara
más bien víctima que enemiga, o en Colombia, donde los grupos guerrilleros y
los narcotraficantes se consideran enemigos más de la presencia militar
estadounidense que del país del norte.
Las acciones de aquellos grupos que se auto proclaman como enemigos de
Estados Unidos, más que contrarios a un gobierno específico de Washington, son
las que más capturan la atención.
Los atentados del 11 de septiembre confirmaron
fehacientemente que Estados Unidos tiene muchos enemigos alrededor del mundo.
Los sorprendidos americanos quieren ahora saber quiénes los odian y cuáles son
sus motivos. A la vez que presionan al gobierno para tomar medidas de seguridad
que protejan a los ciudadanos, la opinión pública estadounidense está
obsesionada con la idea de entender por qué generan un rencor y resentimiento
tal que provoque la agresividad y mortalidad de los atentados aquellos. Aunque
inicialmente hubo consenso en el país por una acción de represalia rápida y
poderosa, meses después de los atentados comienzan los cuestionamientos sobre
cómo enfrentar mejor lo que se anticipa más como una lucha ideológica y de
propaganda que como una guerra convencional con soldados y bombardeos.
A menos de un año de los atentados, los
estadounidenses han perdido parte de la confianza inicial en la capacidad de
sus fuerzas armadas y las de sus aliados de derrotar al terrorismo. El llamado
del presidente George W. Bush de arrancar el terrorismo de raíz y la
exitosa campaña militar contra el gobierno talibán de Afganistán llevaron en
enero del 2002 al 66% de la opinión pública a creer que ese país y sus aliados
lograrían una victoria total contra el terrorismo. Pero en la encuesta Gallup más reciente, sólo el 33% de la
población cree que los terroristas serán derrotados. Un 49%, el doble que hace
6 meses, cree que ni estadounidenses ni terroristas podrán ganar la guerra. Así
y todo, el apoyo a la iniciativa militar no ha caído. Un 80% de los encuestados
creen que ese país debe mantener tropas en Afganistán mientras no termine la
guerra. Pero la intención del presidente de utilizar el apoyo a la misión en Afganistán
para lograr derrocar al gobierno de Irak y, eventualmente, las dictaduras de
Irán, Corea del Norte, Libia e incluso Cuba, parece no haber rendido frutos.
La estrategia más popular para combatir el terrorismo,
en todo caso, no parece ser la defendida por el presidente Bush. El
apoyo a una guerra de largo aliento contra el terrorismo bajó de 62% en enero a
un 51% en junio, y los que defienden represalias específicas contra ataques
concretos aumentó en 5% a 35%, mientras que los que no creen que se deben tomar
represalias militares de ningún tipo pasó de 5 a 10%. Las mujeres están mucho
menos dispuestas a apoyar las represalias militares, aunque favorecen en un
grado mayor que los hombres las iniciativas humanitarias. A su vez, los
independientes mantienen posiciones mucho más parecidas a las de los demócratas
que a las de los republicanos. Los independientes prefieren acciones cortas y
concretas y tienen recelo de acciones militares prolongadas sin un plan de
salida concreto ni metas realizables.
Las dudas que plantean los estadounidenses respecto a
la guerra contra el terrorismo no se traducen aún en una caída en la
popularidad del presidente que se mantiene alrededor de un 80%. Pero la caída
en la confianza de los consumidores estadounidenses producto de la lenta
recuperación económica sumada a la caída en la confianza de los inversionistas
(que alcanzó su punto más bajo desde el 11 de septiembre del 2001 la semana
recién pasada) llevan a muchos a predecir que la popularidad del presidente
eventualmente será afectada. De hecho, ya existen algunas señales de
debilitamiento. El porcentaje de aquellos que dicen que el presidente Bush
no tiene una política clara y sólida hacia el medio oriente ha aumentado de un
48% a un 60% en tres meses.
Pero dada la alta incertidumbre respecto a la
situación internacional, la creencia generalizada de que la inteligencia
estadounidense no es capaz de anticipar y evitar nuevos ataques, la lentitud de
la recuperación económica y, principalmente, la incapacidad de los demócratas
para alzarse como garantía de seguridad, gobernabilidad y estabilidad
económica, el presidente George W. Bush sigue siendo considerado como el
líder más idóneo para dirigir al país. Y con él, los americanos ahora
demuestran mayor interés en aprender sobre esa misteriosa pléyade de países que
se ubica más allá de las fronteras nacionales.
Aún así, hay todavía muchos americanos más preocupados de lo que ocurre
en casa que de los conflictos mundiales. La desaparición de una niña en
California y una decisión de la Corte Suprema de Justicia que podría alterar la
declaración de lealtad a la bandera dicha en las escuelas por considerarla
atentatoria contra la separación de la iglesia y el estado tienen más
preocupada a la opinión pública que el conflicto en el medio oriente, la
decreciente tensión entre Pakistán e India y, más sorprendente aún, la cada día
menos popular Guerra contra el Terrorismo.
Pero el efecto del 11 de septiembre es innegable, ahora conviven en los
noticiarios locales y la conversación cotidiana los eternos temas domésticos
con elucubraciones sobre los próximos ataques terroristas y los diversos
motivos que poseen grupos extremistas para declararse enemigos de Estados
Unidos. Sin entender muy bien por qué, los americanos post 11 de septiembre se
saben vecinos de un barrio global peligroso donde ser estadounidense tiene sus
beneficios pero también implica potenciales altos costos.
Aunque la confianza del público estadounidense en sus
fuerzas armadas aumenta después de alguna operación militar exitosa, en esta
ocasión ese aumento ha venido acompañado de una fuerte caída en los niveles de
confianza en otras instituciones. Los escándalos financieros recientes han
mermado la confianza en las grandes empresas. Algo similar ha ocurrido con la
religión, producto de los escándalos en que se ha visto involucrada la iglesia
católica. De ahí que el 79% de los americanos exprese mucha o algo de confianza
en las fuerzas armadas, convirtiéndola en la institución que goza de mayor
confianza en el país, por sobre la presidencia, la corte suprema y aún los
medios de comunicación.