Patricio Navia
Época 914, agosto 9, 2002
Los escándalos financieros y la crisis de confianza en la salud de la economía estadounidense dañan al presidente a tres meses de las elecciones legislativas. Una campaña militar para derrocar a Saddam Hussein podría ser la vía elegida por Bush para retomar el liderazgo.
Los reduccionistas sugieren que hay sólo dos ejes organizadores de la
política estadounidense, la economía y la guerra. Durante la administración de
Clinton Estados Unidos gozó de expansión económica y un ambiente de relativa
paz internacional, al menos en lo que respecta a los intereses de ese país.
Pero desde que George W. Bush llegó a la Casa Blanca la situación ha
variado en ambos frentes. Después de lograr reducir los impuestos, Bush
logró consolidar su liderazgo con su cruzada contra el terrorismo después del
fatídico ataque del 11 de septiembre. Un año después, los estadounidenses
perciben que no se han logrado avances importantes en la guerra contra el terrorismo
y que la economía está en un mal momento. Sólo tres meses antes de una elección
legislativa donde se juega el control del Congreso y será puesta a prueba su
popularidad, el desafío del presidente es mejorar los indicadores económicos o
convertir a la guerra en el asunto que más preocupe a la opinión pública.
Aunque Bush preferiría ver una mejora de la situación económica,
los escándalos financieros que han golpeado a la bolsa de Nueva York, el
creciente déficit fiscal atribuido tanto a la crisis económica como a la rebaja
de impuestos del 2001, y fundamentalmente la estancada economía hacen prever
que la confianza de los consumidores, motor fundamental de la economía
estadounidense, tardará varios meses en volver a niveles satisfactorios que
permitan anticipar una expansión más dinámica del producto. Es más, muchos
analistas ya hablan de una recesión con doble fondo, sugiriendo que la
expansión del producto de 5% observada el primer trimestre del 2002 será
seguida por dos o tres trimestres de crecimiento inferior al 1,5%. El segundo
trimestre del 2002 la economía creció en un 1,1%, y se espera una tasa similar
para lo que resta del año. De ser así, la economía estadounidense vivirá su
segundo año consecutivo en recesión. Todas esas son malas noticias para el
presidente estadounidense.
Por eso que no resulta inaudito sugerir que el presidente Bush sienta
la tentación de intentar que la guerra reemplazara a la economía como primera
preocupación de los estadounidenses. La popularidad del primer mandatario, que
llegó a su máximo cuando Estados Unidos comenzó a bombardear Afganistán, ha
venido cayendo leve, pero sistemáticamente desde entonces. Aunque el conflicto
en Afganistán no terminó con la caída del gobierno Talibán, la mayoría de los
estadounidenses presta hoy poca atención a los conflictos que amenazan con
desatar una nueva guerra civil en ese país. La poca preocupación que demuestra
el estadounidense medio en seguir los esfuerzos desplegados para capturarlo,
han hecho que Osama bin Laden pase de ser el hombre más buscado a ser el
más olvidado por la opinión pública de ese país. Las tensiones que han
aumentado en Palestina, que dan cuenta de un clima de creciente inestabilidad
en la región, tampoco han logrado cautivar la atención del público estadounidense. Ni siquiera la amenaza de un conflicto
Indio-Pakistaní logró cautivar la atención de un país más preocupado de los
escándalos financieros que del combate al terrorismo.
Pero el recuerdo de la Guerra del Golfo y la imagen desafiante de Saddam
Hussein sí logran capturar la atención del público estadounidense. O al
menos eso quisiera pensar la administración del presidente George W. Bush,
que ha repetido insistentemente que uno de sus metas como presidente es lograr
derrocar al dictador iraquí, culminando así una tarea que dejara pendiente su
padre George H. Bush. El plan
republicano consistiría en iniciar una campaña militar contra Hussein,
desviando así la atención de las dificultades económicas y financieras, y
mejorando los niveles de aprobación del presidente. La salida de Saddam
y la re-elección de Bush el 2004 serían los objetivos de esta campaña
militar.
Pero hay variadas razones para dudar del éxito de una estrategia de ese
tipo. Los costos políticos, económicos y el efecto negativo que una guerra
pudiera tener en la propia recuperación económica hacen dudar a muchos sobre la
conveniencia de intentar derrocar al verdadero enemigo número uno del gobierno
de Bush. De partida, el
presidente tendría que explicar por qué se involucra en una nueva ofensiva
militar sin haber primero completado el objetivo inicial de destruir a la red
terrorista Al Qaeda. Una operación militar para derrocar a Hussein
también pondría en riesgo la estabilidad de toda la región, incluida la
seguridad de Israel, el principal aliado estadounidense en el medio oriente. El
costo político en el que incurriría Estados Unidos al llevar a cabo una
aventura militar sin la venia y el consentimiento de sus aliados europeos de la
OTÁN, Rusia y varios países árabes también sería considerable. Especialmente
para el presidente Bush, que ha sido continuamente criticado por su
posición unilateralista y por su poca disponibilidad a trabajar con los
organismos internacionales y ha formar amplias coaliciones para llevar adelante
sus planes estratégicos. Dentro de los Estados Unidos, la decidida renuencia
del Pentágono a verse involucrado en una campaña de esa naturaleza, la firme
oposición de varios líderes de la administración Bush, fundamentalmente
el Secretario de Estado Colin Powell, y el reducido apoyo que siempre
tiene en la opinión pública la idea de poner en riesgo las vidas de soldados estadounidenses podrían terminar
siendo demasiado poderosos como para siquiera comenzar la campaña.
Y aún si el presidente lograra sortear los costos políticos, el efecto
negativo que tendría una guerra en la economía mundial, y en particular en la
estadounidense, podría dificultar aún más la recuperación económica después de
la caída de Bush, con el consabido costo electoral para un presidente
cuyo padre cayó derrotado después de una victoria militar porque los
estadounidenses estaban más preocupados de la economía que del Golfo Pérsico.
La inestabilidad en el golfo llevarían a alzas adicionales en el petróleo, a un
debilitamiento superior del dólar respecto al Euro y a una crisis de confianza
entre los países más desarrollados que entorpecería aún más el ya difícil
proceso de negociación de una nueva ronda de acuerdos de libre comercio
mundial. El temor a represalias
terroristas domésticas financiadas por Hussein o sus derrotados
seguidores atentaría contra la confianza de los consumidores estadounidenses,
lo que haría todavía más daño a una economía que necesita rápidamente una
inyección de confianza. Sin crecimiento económico, el déficit fiscal seguirá en
aumento y los demócratas tendrán un inmejorable escenario electoral para el
2004.
Así y todo, su obsesión por derrocar a Hussein y el
convencimiento generalizado que no es mucho lo que el gobierno de Washington
puede hacer para ayudar a reactivar la economía bien pudieran llevar a Bush
a decidirse a atacar de todos modos Irak y jugarse así la suerte de su
re-elección presidencial en dos años. Del rápido éxito de esa aventura
dependerá tanto el futuro político del presidente como la recuperación económica
de ese país.
El apoyo público a las ofensivas militares estadounidenses está
inversamente relacionado al número de bajas. Por eso, el Pentágono siempre
busca reducir el número de soldados en combate. Desde la Guerra del Golfo, el
desarrollo tecnológico ha permitido reducir el número de soldados necesarios
para derrotar a un país del tamaño y poderío de Irak. Si en 1991 se utilizaron
más de 500 mil soldados para recuperar Kuwait, las estimaciones más
conservadoras hablan de no más de 125 mil soldados para derrocar a Hussein. Los
más optimistas dicen que bastaría con 75 mil, sólo 25 mil más de los que ya
operan en bases en el medio oriente. El ahorro en número de soldados, en todo
caso, sería mínimo respecto al costo de una operación así, calculada en más de
1 mil millones de dólares diarios, adicionales a los ya abultados gastos de
defensa.