La guerra preventiva de Bush
Patricio Navia
Época, #917, septiembre 13, 2002
Aunque el gobierno estadounidense plantea que una guerra
preventiva que logre el derrocamiento de Hussein es la tarea del momento, el
presidente estadounidense tiene mucho camino por recorrer para convencer a
aliados y a la opinión pública.
George W. Bush parece un
evangelista en campaña para convencer y convertir a su país de apoyarlo en su
nueva guerra. Su determinación para derrocar al régimen de Saddam Hussein
se ha convertido en la prioridad número uno de su gobierno. Si hasta hace unas
semanas el argumento oficial estadounidense se apegaba a las resoluciones de la
ONU que exigían la destrucción del arsenal armamentista iraquí, el nuevo
discurso que emana de la Casa Blanca es más directo. Estados Unidos quiere un
cambio de régimen en Irak, reconocen ahora las autoridades estadounidenses. No
basta con lograr la destrucción de los armamentos que pueda poseer Irak, hay
que deshacerse de Hussein, es la consigna hoy en la Casa Blanca.
Pero la convicción de Bush para poner fin al
régimen de Saddam Hussein no encuentra gran acogida en la elite política
estadounidense y recibe sólo un débil respaldo entre la opinión pública.
Incluso dentro del propio partido republicano, importantes líderes en el
Congreso han expresado su escepticismo ante la idea y han exigido al presidente
consultar primero con el Capitolio antes de lanzar un ataque. Incluso el ex
presidente Bill Clinton, rompiendo una tradición no escrita para los ex
presidentes de no inmiscuirse en la política cotidiana, ha recordado que la
prioridad número uno debiera ser la eliminación de la red terrorista de Al
Qaeda y la captura de Osama bin Laden, no el derrocamiento de Hussein.
Pero la administración Bush ha respondido con la
elaboración de una tesis novedosa y conflictiva. La administración republicana
argumenta que hay que derrocar a Hussein como una acción preventiva. Si
a Hussein no se lo derroca hoy, el costo será mucho mayor en el futuro,
parece ser el argumento esgrimido por los duros de la administración Bush,
liderados por el vicepresidente Dick Cheney, el secretario de defensa Donald
Rumsfeld y la asesora de seguridad nacional Condoleezza Rice. En un
evidente esfuerzo de convencimiento al escéptico público estadounidense, el
presidente y su grupo de asesores conocido como los halcones, por su
predisposición a atacar, han iniciado una campaña de discursos y entrevistas
donde insinúan la posibilidad de que Saddam Hussein ya posea armamentos
nucleares y que éstos estarían amenazando directamente a los Estados Unidos.
Pero la tarea no ha sido fácil. El Secretario de Estado Colin
Powell y la mayoría de los altos ex oficiales de las fuerzas armadas que
han opinado al respecto han sido cautelosos y han insistido en la necesidad de
forjar una amplia coalición internacional que apoye la aventura militar. Aunque Powell, considerado líder de
la tendencia de las "palomas" (por su poca predisposición a usar la
fuerza), ha sido cuidadoso y ha validado la tesis de un ataque preventivo como
legítima, el popular Secretario de Estado ha subrayado la necesidad de
involucrar a los aliados de Estados Unidos en la ofensiva y ha advertido contra
la idea de actuar unilateralmente.
Las acusaciones a Hussein del primer ministro
británico Tony Blair junto Bush son las primeras de apoyo de un
aliado importante en esta nueva aventura. Pero la poca disponibilidad de
Francia, Alemania, Rusia, China y los aliados del medio oriente hacen de esta
una coalición de demasiado pocos miembros. Así y todo, el presidente Bush está
confiado que su discurso ante el pleno de la ONU logre convencer a muchos de
que la suya es una misión justificada y meritoria.
Con o sin aliados, la administración Bush sabe que
para poder atacar a Irak necesita la venia del congreso estadounidense.
Consciente de que arriesgarse a atacar si la autorización formal del
legislativo lo convertiría en el único responsable en caso de un fracaso, el
presidente estadounidense ha anunciado que buscará dicha aprobación antes de
atacar. Pero el congreso cerrará sus puertas a fines de septiembre, cuando
senadores y representantes vuelvan a sus distritos a hacer campaña para las
elecciones de noviembre. El vicepresidente Cheney ha anunciado que el
presidente demandará al congreso que vote antes del receso. Eso ha llevado a
muchos a pensar que el objetivo de la Casa Blanca es que Saddam Hussein
no logre mantenerse en el poder después del 31 de diciembre de este año.
Dedicado a la tarea de convencer a las naciones más
importantes del mundo y a acallar las críticas domésticas a esta aventura
militar, el presidente Bush avanza, con la misma determinación que
demostró en su momento para declarar la guerra al terrorismo, en el sendero que
lo llevará a declarar la guerra a Saddam Hussein antes de que termine el
año.
La opinión pública dividida
Auque la última encuesta del New York Times/CBS news,
levantada unos días antes del 11 de septiembre, mostró que el 68% de los
estadounidenses aprueba una acción militar contra Irak, la misma encuesta
señaló que el 56% de los americanos quiere darle más tiempo a la ONU para que
pueda realizar las inspecciones pendientes en Irak. Aunque la aprobación del
trabajo que realiza el presidente continúa alta, su manejo de la campaña contra
el terrorismo ha perdido apoyo. Mientras un 90% de los encuestados hace once
meses aprobaba el trabajo del presidente, sólo un 68% de los americanos cree
que el presidente lleva bien las riendas de esta inusual guerra.