La trinchera de Powell
Patricio Navia
Época 919, septiembre 27, 2002
Pese a los esfuerzos de los asesores del presidente Bush
más inclinados por ir a la guerra, el Departamento de Estado ha logrado
mantener su influencia en la administración, pese a que tanto el Secretario Powell
como el servicio diplomático favorecen una estrategia más diplomática para
enfrentar a Irak.
Cuando recién asumió su cargo a comienzos del 2001, luego
de ser ratificado por unanimidad en el Senado, Colin Powell, general de
cuatro estrellas y probablemente el afro-americano más popular en Estados
Unidos, enunció su visión para su periodo como Secretario de Estado:
"quiero a una América lista para ayudar activamente a cualquier país que
quiera unirse a la comunidad de naciones democráticas del mundo."
Powell no perdió tiempo en
intentar profundizar las iniciativas hacia África promovidas por el presidente Clinton
y en profundizar una estrategia multilateralista para enfrentar los
desafíos sociales, económicos y políticos de regiones en conflicto. Pero la
tendencia unilateralista del presidente George W. Bush, asesorado por el
vicepresidente Dick Cheney, el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld
y la asesora de seguridad nacional Condoleezza Rice, terminó por opacar,
meses después de asumir su cargo, al Secretario Powell y al Departamento
de Estado. Muchos llegaron incluso a comparar a Powell con William
Rogers, el Secretario de Estado de Richard Nixon que se vio anulado por la
influencia del entonces asesor de seguridad nacional Henry Kissinger.
Incluso a comienzos de septiembre del 2001, el influyente semanario Time llevó
a Powell en portada con la pregunta, ¿dónde te has ido Colin Powell?
Después de los atentados del 11 de septiembre del 2001, Powell
reapareció, liderando una cruzada para construir una gran alianza internacional
contra el terrorismo. El hombre que en 1991 lideró la cruzada internacional
contra la invasión iraquí de Kuwait demostró tantas dotes de diplomático como
sus reconocidas habilidades de militar. El Departamento de Estado estaba
eufórico, su líder lo había logrado posicionar muy por encima del Departamento
de Defensa y de los múltiples asesores de la Casa Blanca en la estrategia
estadounidense para terminar con el terrorismo en el mundo. Pero los 'halcones'
de la administración Bush, aquellos que valoran más el uso de fuerza que
el poder de la presión diplomática, contraatacaron con fuerza. Después de
derrocar al gobierno talibán en Afganistán y cuando la violencia en los
territorios palestinos ocupados disminuyó, el presidente Bush comenzó a
preparar una estrategia que les permitiera derrocar a Saddam Hussein in
Irak.
En sus años en el Pentágono, Powell se opuso a
derrocar a Hussein porque creía que la inestabilidad que eso generaría
en la región y en Irak terminarían haciendo que el remedio fuera peor que la
enfermedad. Esta visión era compartida por el Departamento de Estado. Es más,
tal es el consenso en entre altos oficiales de esa burocracia sobre la
necesidad de privilegiar la presión diplomática y de sanciones, que el último
Secretario de Estado de la administración de George H. Bush, el
republicano Lawrence S. Eagleburger recientemente ha criticado
públicamente la estrategia de derrocar a Hussein.
Pero dada la coyuntura política actual, con una situación
económica menos auspiciosa de lo que el país necesita para recuperar la
confianza y con elecciones legislativas a seis semanas de distancia, la
necesidad de reposicionar la agenda internacional se ha convertido en la
prioridad número uno de la Casa Blanca. El presidente y sus asesores,
desestimando las advertencias del aparato militar y del Departamento de Estado,
han decidido matar dos pájaros de un tiro. Al derrocar a Hussein, Bush
logra reposicionar su liderazgo internacional ante el público estadounidense
y los halcones logran completar un objetivo que por diversas razones, incluida
la renuencia del padre del presidente actual, no se logró en 1991.
Ante esta disyuntiva, y para evitar quedar completamente
marginado del debate, Powell y el Departamento de Estado han iniciado
una contraofensiva buscando introducir al debate la necesidad de forjar una
coalición multinacional antes de ir a la guerra. Y cuando han sido presionados,
se han escudado en la necesidad de que el derrocamiento de Hussein sea
justificado a priori por las Naciones Unidas. Cuando el presidente Bush
asistió a la Asamblea General de la ONU a presentar su caso, Powell tenía
motivos para sonreír. Pese a que insistió en su interés por derrocar a Hussein,
al pedir la involucramiento ONU, Bush renunció tácitamente a manejar
unilateralmente los tiempos de la guerra. Ahora que Hussein ha aceptado
el retorno de los inspectores, por más que se cuestione su credibilidad, la
administración Bush tendrá que darle una nueva oportunidad a las palomas que
dirigen el Departamento de Estado para intentar, por vías diplomáticas no
carentes de uso de herramientas de presión efectivas, evitar una confrontación
armada.
Independientemente de lo que ocurra al final, el
Departamento de Estado nuevamente parece quedar en posición ganadora. Si
Estados Unidos ataca, lo hará utilizando los argumentos y el discurso elaborado
por el Departamento de Estado. Si la guerra logra evitarse, será porque el
Departamento de Estado logró, una vez más, imponer un criterio más cauteloso.
El desafío que enfrenta el Departamento de Estado no ha sido fácil. Por un lado
está un dictador terco y demostradamente violador de los derechos humanos, y
por el otro una banda de halcones en la administración Bush ansiosos de lograr
ahora lo que hace una década no pudieron alcanzar, el cambio de régimen en
Irak. Pero, pese a que muchos sugerirían que la guerra sería la derrota de
Powell y del Departamento de Estado,
los términos en que ésta se llegue a dar estarán profundamente influenciados por
las políticas de la que ha sido, después de todo, la más importante e
influyente de las burocracias de la nación americana.
Los Ex Secretarios de Estado
Desde que el ex general Alexander M. Haig, Jr.
Dejara el Departamento de Estado en 1982, ningún ex militar había ocupado ese
cargo. Las administraciones de Reagan y Bush padre tuvieron como
secretarios a los civiles George P. Shultz, James A. Baker, III y
Lawrence S. Eagleburger. Clinton, en cambio, nombró en ese puesto
a Warren Christopher y luego a Madeleine Albright, la primera
mujer en ocupar ese cargo. De los seis ex Secretarios de Estado nombrados, los
tres últimos han declarado favorecer las vías diplomáticas y el liderazgo de
las Naciones Unidas, mientras que los tres primeros han demostrado su preferencia
por la estrategia unilateralista defendida por los duros de la administración Bush.
Colin Powell
·
Nacido en el barrio del Bronx, en Nueva
York, el 5 de abril de 1937, en una familia de inmigrantes jamaiquinos.
·
Después de estudiar en las escuelas
públicas, Powell obtuvo un título de geólogo en el City College of New
York en 1958.
·
Ya en la universidad, se enlistó en el
ejército y cuando terminó sus estudios fue promovido a segundo teniente.
·
Estuvo dos veces en Vietnam, luego fue
a Corea y, ya como general, a Europa. En 1989 fue nombrado Jefe del Estado
Mayor Conjunto por el presidente George. H. Bush y ratificado en su
cargo por el demócrata Bill Clinton.
·
Después de retirarse del Pentágono en
1993, Powell lanzó un libro, Mi Viaje Americano, que
inmediatamente se convirtió en un éxito en ventas.
·
En 1996, aunque se resistió a ser
candidato presidencial o vice-presidencial por el partido republicano, su
nombre terminó siendo mucho más popular que la dupla formada por Bob
Dole/Jack Kemp.
·
Aunque su nombre volvió a sonar como
posible candidato vice presidencial de su partido, Powell públicamente
declinó ser considerado. Una vez electo, el presidente George W. Bush lo
nombró Secretario de Estado.