Patricio Navia
Época #934, enero 10, 2003
La Guerra contra Irak tendrá efectos en el precio del petróleo, la estabilidad en el Medio Oriente y la lucha contra el terrorismo, pero por sobre todo permitirá definir el grado de hegemonía militar y política estadounidense en esta nueva década.
Muchos han subrayado correctamente la aparente
obstinación del presidente estadounidense por lograr un cambio de régimen en
Irak. Enfatizando el hecho que Husein no es el
único ni el más terrible dictador en la región y que hay otros países que
representan amenazas más serias a la paz mundial o que colaboran más
activamente con redes internacionales de terrorismo, estos críticos a menudo
justifican la obsesión de la Casa Blanca en que el presidente actual es hijo
del que ordenara el ataque a Irak hace una década pero que se arrepintiera a
última hora de lograr derrocar a Husein. Esta creencia es fortalecida por evidencia
anecdótica. Durante una visita del ex presidente George H. Bush al Medio Oriente en 1993 se
descubrió un plan para asesinarlo en el que participaron personas ligadas al
dictador iraquí. Hace unos meses, el actual presidente George W. Bush se salió del libreto oficial y
recordó que el hombre fuerte de Irak había intentado una vez asesinar a su
padre.
Pero hierran los que creen que la motivación de
Estados Unidos es una obsesión personal del presidente. La guerra contra Irak
es la ocasión propicia para definir una serie de relaciones bilaterales y
multilaterales quince años después del fin de la guerra fría y más de un año
después de los ataques terroristas suicidas contra el World Trade
Center y el Pentágono. Aunque la obsesión del
presidente Bush
facilite la estrategia comunicacional para justificar
la guerra ante el público estadounidense, en Irak está mucho más en juego que
los intereses de Bush o la preocupación estadounidense por
asegurarse una fuente considerable de recursos petroleros.
Hay seis grandes temas que se definirán en la
inminente guerra contra Irak. El primero guarda relación con el futuro de ese
país. En el peor de los casos, y aún si la intervención de la ONU logra evitar
la guerra, es poco probable que Sadam Husein pueda seguir en el control. El cambio de régimen
en Irak generará inestabilidad y amenazará con desestabilizar a la región. La
posibilidad que los fundamentalistas musulmanes, tolerados pero controlados por
Husein,
lleguen al poder preocupa a Estados Unidos. La rearticulación de la minoría
kurda, que además podría generar una corriente independentista entre los kurdos
de Turquía, preocupa tanto al gobierno de Estambul como a la Unión Europea. Y
la proliferación de un mercado negro de armas de destrucción masiva que
pudieran caer en manos de redes terroristas que comiencen a operar en Irak preocupan tanto a americanos como europeos. Al establecer
como política estadounidense la necesidad de un cambio de régimen en Irak, Bush ha aceptado tácitamente que su gobierno se dedicará a
la construcción de un estado-nación. Esa política, defendida por Clinton en la ex Yugoslavia y Africa, fue atacada
firmemente por los republicanos. Hoy, Bush ha
aceptado que Estados Unidos no puede pretender generar cambios de régimen en un
país sin abocarse a la construcción de un nuevo orden jurídico e institucional
después. Ya lo hizo en Afganistán y, de caer Husein, lo hará también en Irak.
El segundo gran tema es el papel que ejercerá Estados Unidos en el medio oriente. Aunque sus principales aliados árabes se oponen a la guerra, Estados Unidos deberá seguir apoyando a los regímenes autoritarios árabes para evitar una recrudecimiento del fundamentalismo islámico y para reducir las tensiones que existen entre muchos islamistas que rechazan la política americana y el gobierno estadounidense. Más que agudizar las contradicciones y crear incentivos para establecer mecanismos de elecciones democráticas en los países árabes, Estados Unidos buscará congeniar su discurso en pro de la libertad y los derechos individuales, ya que cree que las elecciones libres sólo aumentarán la probabilidad que el fundamentalismo islamista anti-estadounidense siga ganando terreno.
El tercer tema a definir es el futuro de
Palestina. Aunque ha dejado en claro que favorece la creación de un estado
palestino, la demanda de Washington, en caso de ganar la guerra contra Irak de
forma simple y rápida, será el reemplazo de Yaser Arafat por un líder más moderado. La
fuerte oposición israelí a la existencia de un estado palestino independiente
será superada por concesiones que garanticen a la única democracia en la región
niveles de seguridad y protección. Un estado palestino más pequeño e inconexo
que el que esperan en los territorios ocupados y más cercano
a lo deseado por Israel que a la división existente en 1967 será posiblemente
el resultado final. Pero de ganar en Irak, Estados Unidos podrá ejercer mayor
presión sobre Israel y Palestina para lograr un acuerdo que solucione no los
conflictos étnicos y culturales pero sí los problemas de límites nacionales y
territorios ocupados.
La cuarta esfera en que la guerra contra Irak
ha de definir un nuevo orden es la relación de Estados Unidos con la ONU.
Aunque el gobierno de Washington aceptó someter su plan de represalias contra Husein al
consejo de seguridad, la decisión de la ONU de enviar nuevos inspectores de
armas a Bagdad fue resultado de la presión estadounidense. Los términos en que
se negoció este ultimátum demuestran que Estados Unidos entiende la necesidad
de actuar multilateralmente pero que, a la vez, quiere que dicha acción
concertada de la comunidad mundial se acerque a la opción favorecida por
Estados Unidos. De lograr una fácil victoria en Irak después que los
inspectores denuncien una falta de cooperación de Husein con su misión investigadora, Estados Unidos podrá legitimarse ante
la ONU y ejercer presión para incorporar a ese organismo a las iniciativas
políticas y estratégicas estadounidenses. Sea cual sea el resultado, Estados
Unidos seguirá manejando los temas en la agenda de la ONU.
Un quinto aspecto que se verá afectado por la guerra con Irak es la relación de Estados Unidos con sus aliados. Aunque los miembros de la OTAN, salvo Gran Bretaña, se han mostrado escépticos de la aventura militar, Estados Unidos ha logrado que ningún país se exprese abiertamente contra la guerra entre sus aliados. Esta victoria diplomática permite anticipar que, de resultar victorioso y de decidirse a nuevas aventuras bélicas contra estados que considere peligrosos para la seguridad mundial o de alguna región en particular, Estados Unidos podrá neutralizar con relativa facilidad cualquier futura oposición de sus aliados. Al lograr involucrar a Rusia y en cierta medida a Europa, asegurándoles ganancias económicas y estratégicas, la aquiescencia de esta coalición a la aventura militar de Washington sienta un precedente importante para futuras intervenciones estadounidenses.
Finalmente, el último aspecto que cambiará
sustancialmente es la relación entre la política estadounidense y el accionar
de la cada vez más integrada economía global. Las fluctuaciones del precio de
petróleo y el nerviosismo internacional ante la guerra permiten anticipar que,
de resultar victorioso, Estados Unidos podría atravesar un proceso de renovada
actividad económica después de la caída de Husein que tenga efectos en las economías de sus socios comerciales. Al
despejarse el temor a una guerra y bajar el precio del petróleo, se debería
producir una reactivación económica mundial. Aunque pudiera terminar siendo
insuficiente para dejar atrás un par de años de inestabilidad económica, al
menos generará condiciones más favorables de las que existen actualmente.
De lograr una fácil y rápida victoria en Irak,
Estados Unidos habrá dado un paso importantísimo en redefinir el nuevo orden
mundial post guerra fría. Las especulaciones sobre la consolidación del Imperio
Americano pasarán a ser una realidad cada vez más evidente en el quehacer
económico, político y social del mundo. El presidente George W. Bush habrá logrado convertir el sueño de un
nuevo orden mundial de su padre George H. Bush es una
realidad. De no lograrse una victoria
rápida y decisiva, no sólo tendremos que esperar para ver la consolidación de
la Pax Americana, sino que también correremos el
riesgo de que en los siete aspectos ya descritos veamos más inestabilidad y
conflicto que orden y paz.
George W. Bush
también está preocupado del efecto que tendrá la guerra en su propio país.
Además de la creciente preocupación por la lenta actividad económica y la falta
de evidencia de una recuperación rápida de la economía, la Casa Blanca sabe que
si la guerra es corta, los americanos no la tomarán mucho en consideración a la
hora de escoger presidente el 2004. Si en cambio la guerra se alarga,
probablemente los estadounidenses castiguen electoralmente a su presidente por
los costos económicos y humanitarios que ésta conlleve. El presidente entiende
que debe utilizar su capital político en caso de ganar la guerra para generar
condiciones que permitan la reactivación económica en su país. De lo contrario
correrá el riesgo de seguir los pasos de su padre que resultó victorioso en la
guerra pero que perdió la reelección presidencial.