El ultimátum de Bush
Patricio Navia
Revista
Época #937, enero 31, 2003
El
informe de los inspectores de armas de la ONU al Consejo de Seguridad no fue lo
suficientemente decisivo para evitar la inminente guerra estadounidense contra Sadam Hussein.
Hans
Blix, el jefe de la delegación de inspectores de armas entregó su informe al
Consejo de Seguridad de la ONU el pasado lunes. Pese a que tuvo palabras fuertes
contra Irak, al asegurar que el régimen de Husein
no había hecho lo suficiente para convencer al mundo de tener verdadero interés
en eliminar sus armas de destrucción masiva, el hombre que podría haber
legitimado el apetito de la Casa Blanca no dejó contento a nadie. Blix y su equipo no entregaron evidencia contundente
que demostrara que Irak está en violación flagrante de las resoluciones de la
ONU. Sabiéndose entre la espada y la pared, Blix
entregó un informe crítico de Irak pero no lo suficientemente negativo como
para justificar una autorización para el uso de la fuerza por parte del Consejo
de Seguridad.
En forma
cuidadosa y ambigua, Blix literalmente le pasó
la papa caliente a los miembros del Consejo de Seguridad. Serán estos los que
tendrán que lidiar con la cada vez más incontenible ansia estadounidense de
derrocar a Hussein. Los quince países miembros
del Consejo de Seguridad recibieron el informe, pero su atención rápidamente se
desplazó al discurso del estado de la Unión Americana realizado por el
presidente George W. Bush
la noche del pasado martes. En un discurso donde debió abordar los temores de
la ciudadanía estadounidense sobre la economía, el presidente Bush dividió su tiempo en dos partes
desiguales. Mientras la primera parte, más corta, estuvo centrada en defender
su política económica de reducción de impuestos y aumento del gasto en ciertas
áreas, evitando mencionar el problema del creciente déficit fiscal, la segunda
mitad del discurso se concentró en preparar al público estadounidense para la
guerra.
Advirtiendo
que no tolerará que Sadam Husein continúe violando su compromiso de deshacerse de
sus armas de destrucción masiva, el presidente estadounidense aseguró que el
dictador iraquí no se estaba desarmando sino que estaba engañando. Luego, el
mandatario envío una velada advertencia a la ONU: "Vamos a consultar, pero
que nadie se engañe. Si Sadam no destruye sus
armas de destrucción masiva, por la seguridad de nuestro pueblo y por la paz
del mundo, lideraremos una coalición que logre el objetivo".
El
presidente Bush anunció que el secretario de
estado Colin Powell
presentaría al Consejo de Seguridad el 5 de febrero evidencia sobre los
programas de armas ilegales de Irak, sus esfuerzos para ocultar esas armas a
los inspectores y las conexiones de ese país con grupos terroristas.
Contraviniendo la postura de algunos que buscan darle
más tiempo a los inspectores de la ONU, el presidente estadounidense se mostró
decidido a actuar unilateralmente si fuera necesario para desarmar a Hussein.
Después del
belicoso discurso a la nación del presidente estadounidense, que fue
interpretado como un mensaje que buscaba preparar a la nación para la guerra,
la Casa Blanca se concentrará en presentar evidencia que justifique una acción
armada contra Hussein. Como varios de los
países miembros del Consejo estiman que las denuncias presentadas en el informe
de los inspectores no son suficientes para autorizar el uso de fuerza por parte
de Estados Unidos, Washington ha decidido impulsar una estrategia que mezcle
tanto nueva evidencia sobre los programas de armas de destrucción masiva de
Irak con la avasalladora presión diplomática que puede ejercer Washington sobre
sus aliados e incluso sus enemigos.
En cierto
sentido, si el presidente Bush dedicó gran parte
de su discurso a preparar al país para la guerra, los días que se vienen serán
dedicados a preparar al resto del mundo para la ofensiva bélica. En el mejor de
los escenarios manejados por Washington, el Consejo de Seguridad de la ONU
eventualmente autorizará el uso de la fuerza contra el régimen de Bagdad. En el
peor de los escenarios, la advertencia de Bush
debiera convertirse en realidad. Si sus aliados tradicionales no están
dispuestos a acompañar a Washington en esta aventura, habrá otros países que si
apoyarán al presidente Bush en su cruzada por
lograr un cambio de régimen en Irak.
Los
miembros del Consejo de Seguridad
Además de
los 5 miembros permanentes con poder de veto (Estados Unidos, Gran Bretaña,
Francia, Rusia y China), los 10 países restantes que forman el Consejo de
Seguridad de la ONU tendrán que buscar una salida para conciliar las
conclusiones críticas a Irak del informe de los inspectores con la urgencia
estadounidense para iniciar la guerra. Guinea, México, Siria, Bulgaria y Camerún
terminan sus períodos en el Consejo en diciembre del 2003. Angola, Chile,
Alemania, Pakistán y España acaban de iniciar sus períodos de 2 años. Francia, Rusia y China se han mostrado cada
día más cautelosos, sino abiertamente hostiles, a los ánimos bélicos
estadounidenses. Cualquiera de ellos podría, unilateralmente, vetar una
resolución del Consejo. De los hispanoparlantes,
España es el más cercano a Washington. México, en cambio, ha mostrado una mayor
independencia desde la salida del ex canciller Jorge Castañeda a
comienzos de enero. Chile, pese a estar a punto de firmar un tratado de libre
comercio con Estados Unidos, se ha mostrado reticente a apoyar una acción
militar. A la abierta oposición de Alemania a autorizar el uso de la fuerza sin
primero darle más tiempo a los inspectores, se
deberían sumar los votos de Siria y Camerún. Guinea, Bulgaria y Pakistán
deberían ser considerados votos seguros de Estados Unidos, junto a España y
Gran Bretaña. Si Estados Unidos presiona con fuerza, México y Chile deberían
terminar votando por la opción favorita de Bush.
Pero si Alemania, Francia, Rusia y China logran articular una posición de
compromiso que pida más tiempo para los inspectores, es muy probable que una
mayoría de los miembros del Consejo terminen favoreciendo esa medida. Después
del discurso de Bush del martes por la noche,
los votos de los 15 países miembros del Consejo de Seguridad de la ONU serán el
centro de atención. Desde la perspectiva del presidente, la opinión pública
estadounidense ya está preparada para la guerra. Ahora solo falta preparar al
resto del mundo y, de ser posible, lograr que el Consejo de Seguridad de la ONU
legitime la ofensiva.