¿Queda
salida para Alvear?
Patricio Navia
La Tercera, octubre 27, 2008
Si bien toda la Concertación debe asumir el llamado de
atención del electorado que le dio una mayoría relativa a la Alianza en
alcaldes (no en concejales), el partido que más sufrió fue la DC. Y el político
más golpeado es, sin duda, la presidenta de la falange, Soledad Alvear.
Como presidenta del partido, Alvear no puede eludir
responsabilidad. No es que la DC haya dejado de ser lo que era porque perdió
votos. La DC ha perdido apoyo porque dejó de ser lo que era. Más preocupada de
los conflictos internos que de propuestas, más dedicada a disputar el aparato
de gobierno que a sumar simpatizantes, la DC de Alvear se ha convertido en el
mejor símbolo del sistema de partidos que el electorado rechaza.
A partir de estos resultados, Alvear no puede aspirar ya
a un mejor derecho a ser la abanderada concertacionista.
Pero le queda tiempo para demostrar que escuchó "el llamado de la
gente" del que hablan los líderes oficialistas. Alvear necesita ganar la
nominación con propuestas que entusiasmen a esos votantes que, abandonando a la
Concertación, no se animaron a votar por la Alianza. Ahí radica su única
posibilidad.
La timonel falangista debe inspirarse en la experiencia
exitosa de una generación de recambio de alcaldes DC que ganó en la capital
pese al Transantiago y al desorden oficialista. Si
opta por la negación, como el gobierno, o repite la campaña soberbia enfocada
en el pasado que pavimentó la derrota de Ravinet,
este traspié será sólo el preludio para un descalabro en 2009. Entonces, una
nueva derrota del partido producirá el fin de la Concertación y el inicio de un
ordenamiento electoral en que la Alianza, ansiosa de victoria, logre conquistar
ese voto moderado, desencantado DC, que le otorgue la mayoría hasta ahora
esquiva.
Justo cuando está más golpeada, Alvear necesita demostrar
mayor capacidad de innovación y voluntad para reinventarse. A menos que
demuestre fehacientemente que aprendió la lección la senadora se desvanecerá
con la misma sensación de inevitabilidad y desazón de la que hoy parece ser
víctima su partido.