El cambio de gabinete
Patricio Navia
Capital #142,
octubre 8, 2004
El reciente
cambio de gabinete dejó en claro que estamos en carrera presidencial 15 meses antes
de la elección. A menos que los partidos políticos sean capaces de separar sus
comprensibles intereses electorales de la necesidad de hacer gobierno y dejar
gobernar, las fallas de diseño de nuestro sistema institucional garantizarán que
la larga campaña que formalmente se acaba de inaugurar y que terminará recién
en diciembre del 2005 conllevará un costoso estancamiento legislativo.
Los cambios de
gabinete son como los terremotos. Ocurren de improviso, y la gente sigue
hablando de ellos por mucho tiempo. Las especulaciones sobre los motivos
abundan. Las segundas lecturas ocasionalmente rayan en el realismo mágico. Pero
más allá de quién ganó con el enroque presidencial, el cambio se produjo cuando
el presidente finalmente aceptó que la carrera presidencial se había iniciado antes
de tiempo. Inevitablemente, la entrada en
lleno de Bachelet y Alvear a la arena electoral profundizará todavía más el
clima confrontacional que contribuyó a provocar su salida. Las acusaciones
entre Concertación y Alianza se multiplicarán. Los parlamentarios de ambas
coaliciones se convertirán en francotiradores, dejando de lado sus tareas
legislativas. El enrarecido clima hará difícil el avance de la agenda
legislativa. No se lograrán nuevos consensos sobre temas importantes. Los
acuerdos forjados con dificultad en meses recientes tenderán a debilitarse. La
búsqueda de cuestionables ventajas electorales pesará más que los méritos de
fondo de las iniciativas de ley.
Aunque estos
enfrentamientos son normales en las democracias en periodos electorales, en
nuestro país tiene costos particularmente altos. Nuestro diseño institucional esta
plagado de actores de veto que sólo tienen poder para bloquear las iniciativas
legislativas del ejecutivo. Cuando la política se electoraliza por demasiado
tiempo, o la campaña presidencial se desata demasiado temprano, cualquier actor
de veto puede frenar la agenda legislativa del gobierno y todos terminamos pagando
los costos del enrarecido clima electoralista.
Nuestro sistema
institucional fue construido sobre las desconfianzas y los temores. Existen varios
mecanismos—algunos claramente anti-democráticos—que obligan a formar consensos demasiado
amplios para adoptar nuevas leyes y llevar a cabo reformas. Como la dictadura
quería mantener a fuerza el modelo económico y el tutelaje militar sobre la
democracia, introdujo múltiples poderes de veto en nuestro sistema
institucional. Entre los más conocidos están los senadores designados y el
sistema binominal. Su existencia dificulta enormemente que una mayoría
electoral se transforme en mayoría en el legislativo. Así, la voluntad electoral
popular no se ve fácilmente reflejada en las políticas que se adoptan. Aunque
algunos poderes de veto existen también en otros países—como el Tribunal
Constitucional—su origen y composición en Chile corresponde más a una lógica de
guardianes de un statu quo impuesto a la fuerza que a una lógica de un legítimo
consenso para evitar el daño que producen las facciones temporales y las
decisiones apresuradas. En la medida que el clima electoral se apodera del
país, los actores de veto—que a menudo son más partidistas que los propios
políticos democráticamente electos—contribuyen a que las iniciativas de ley se
estanquen todavía más.
Adicionalmente, la
decisión de Lavín de mantenerse en campaña permanente desde perder la elección en
enero del 2000 también ha ayudado a gatillar este tempranero inicio de la
carrera presidencial. Si se hubiera dedicado a ser simplemente alcalde, no
habría necesitado ahora presionar para lograr la salida de las presidenciables
concertacionistas. Pero como estuvo corriendo solo por tanto tiempo, Lavín
necesitaba acelerar la carrera presidencial. Si bien ahora compartirá con otros
los costos de una contienda excesivamente larga, no tenía sentido que todos los
chilenos tuviéramos que soportar una contienda presidencial que tendrá muchos
más rostros que propuestas concretas en los próximos meses.
Aunque es sabido
que las campañas cortas con contenido son mucho mejor que las campañas largas
con sonrisas y rostros, la aventura en la que se ha enfrascado el país no
dañará sólo la calidad de la contienda presidencial. La productividad del
legislativo también se verá enormemente afectada por esta larga temporada
electoralista que oficialmente se ha inaugurado con el cambio de gabinete.