Senado de cara o sello
Patricio Navia
Revista Capital, #146,
diciembre 17, 2004
A menos que la modificación
constitucional que elimina a los senadores no electos sea acompañada por una
reforma electoral, el Senado terminará inevitablemente empatado, independientemente
de quién gane las elecciones. Tamaño desatino de diseño institucional es una
receta para producir estancamiento legislativo o, peor aún, compra descarada de
votos por parte de un ejecutivo interesado en avanzar su agenda.
La reciente
decisión de poner término a los senadores designados y vitalicios constituye un
avance loable en nuestra democracia. La existencia de legisladores nombrados
por el Consejo de Seguridad Nacional, la Corte Suprema y el Presidente constituía
una de las características más antidemocráticas de nuestro orden
constitucional. Los 18 chilenos que sirvieron como senadores
designados—incluido aquel que murió en 1991 en servicio—debieran sentirse
avergonzados por haber validado tamaño desacierto del constituyente. Incluso
aquellos legisladores que habían demostrado una vocación democrática intachable
en su pasado pasarán a la historia con la vergonzante credencial de haber
legislado sin la legitimación de los votos ciudadanos.
Pero la
desaparición de los designados subraya otro problema que persiste en el parlamento.
Las 19 circunscripciones senatoriales en que se divide—arbitraria e
injustamente—el país escogen dos senadores cada una. A menos que una coalición
logre obtener más del doble de los votos de las otras, las dos coaliciones más
votadas escogen un senador cada una. Desde 1989 se han producido elecciones en
47 circunscripciones (9 han escogido 3 veces, las otras 10 lo han hecho dos
veces cada una). Solamente en 4
ocasiones se ha roto el empate: 3 en 1989 y una en 1997. Como el 2001 la Concertación y la Alianza
escogieron 9 senadores por lado—a pesar de la mayoría de votos obtenida por la
Concertación a nivel nacional y en la mayoría de los escaños—cuando se renueven
las 10 circunscripciones que tocan el 2005, la posibilidad de que se produzca
un empate a 19 escaños por coalición es marcadamente alta.
Así pues,
independientemente de quién gane la elección presidencial y casi en forma autónoma
a la distribución de votos que se obtenga en las legislativas, el Senado estará
compuestos por 19 senadores de la Alianza, 18 senadores de la Concertación y el
independiente (ex Concertación) Nelson Ávila. Si la Concertación gana su cuarta
elección presidencial consecutiva, a menos que logre la difícil tarea de doblar
la votación de derecha en alguna circunscripción, el próximo Presidente tendrá
que laborar arduamente para conseguir el voto de Ávila y se verá tentado a
negociar individualmente con senadores de derecha para lograr la mayoría
necesaria para sus iniciativas de ley. Si Joaquín Lavín
resulta ganador, sus incentivos estarán claramente marcados por la necesidad de
lograr que algún senador concertacionista se
desmarque y negocie su voto en forma individual. Así, más que incentivar la
disciplina partidista y los mejores intereses de país, nuestro sistema
electoral incentivará la compra de votos en el Senado. Los ofertones de
proyectos añorados en ciertas regiones, pero no necesariamente legítimos o
útiles para el desarrollo local y nacional, estarán a la orden del día en un
país donde el diseño institucional es inflexible a las preferencias electorales
de la población.
Ya que el sistema
binominal no hace diferencia entre ganar 60-40% o
perder 40-60% en cada distrito, los incentivos para las coaliciones no tienen
mucho que ver con buscar un triunfo electoral. Los candidatos al Senado buscan compañeros
de fórmula que les ayuden a superar la barrera del 1/3 de votos (la misma
lógica de los 3/3 que terminó con nuestra democracia hace 3 décadas) pero que
no compitan por el único escaño que le tocará a cada coalición. Bien diseñado,
el sistema hace irrelevante la participación de los electores. Cualesquiera
sean las preferencias y las fluctuaciones electorales, los escaños se terminan
distribuyendo uno y uno (así ha ocurrido en el 91,5% de las mal llamadas competencias electorales).
A menos que los
legisladores actúen valientemente y evidencien un respeto mínimo por la
voluntad de los electores, tendría mucho más sentido dejar de pretender
democracia y adoptar la más simple y aleatoria—y menos costoso—técnica de una
moneda al aire, para que el cara o sello reemplace las votaciones de la ilegítimamente empatada
Cámara de Senadores.