Chile y Las Malvinas
Patricio Navia
Capital, #150,
febrero 25, 2005
La política de
desarrollo económico para el extremo austral de Chile debiera incluir una
creciente integración con las Islas Malvinas. A la vez que resulta conveniente buscar
mecanismos multilaterales para fortalezcan el reclamo de soberanía argentino
sobre el archipiélago basado en el principio de contigüidad geográfica, nuestro
país también debiera unilateralmente fortalecer lazos comerciales con las islas.
Invitado por el
gobierno isleño, recientemente visité las Falkland/Malvinas. La existencia de un solo vuelo comercial semanal
entre Punta Arenas y Stanley obliga a quedarse al
menos 7 días. Es que, sin ser el más austral, Stanley
bien pudiera ser el puerto más remoto del hemisferio. La economía del
archipiélago, que históricamente se basó en la producción de lana, se ha
diversificado en años recientes
(eufemismo para referirse a la era post 1982), y ahora incluye licencias para
pesca (calamares y pescados), incipiente producción ganadera y turismo. Las
fluctuaciones en el precio de la lana y la volatilidad de la producción
pesquera hacen del turismo una alternativa atractiva de ingresos. Para una
población de 3000 habitantes (sin contar a unos mil militares británicos que habitan
en la base de Mount Pleasant),
los 40000 turistas que visitan la isla cada año constituyen una creciente
fuente de divisas y oportunidades económicas.
Y como el turismo tiene alta demanda de servicios, ese sector potencia
la generación de empleos.
El único vuelo
comercial que llega a la isla es operado por LAN bajo los marcos de un acuerdo
logrado entre las autoridades británicas—en representación de los isleños, ya
que Argentina obstinadamente rechaza la posibilidad de diálogos tripartidos—y
el gobierno argentino en 1999. El acuerdo, que además autorizaba la realización
de vuelos charters, fue producto de la iniciativa del
presidente Menem y su apto canciller Guido Di Tella por lograr mejorar las relaciones sin renunciar a los
reclamos de soberanía argentina. Por cierto, los vuelos de LAN
se habían iniciado años antes y, por cierto, fueron suspendidos cuando Pinochet fue detenido en Londres. Es que la política del
gobierno chileno ha estado marcada por una prudente ambigüedad. Mientras por un
lado nuestro país apoya la demanda argentina de soberanía, por otro busca
aprovechar las oportunidades comerciales que existen con el archipiélago, especialmente
en periodos en que Argentina recae en la contra-producente estrategia de intentar
sofocar comercialmente a las islas.
Después que Menem avanzara sustancialmente en recomponer relaciones, el
presidente Kirchner ha retomado la estrategia del
estrangulamiento económico para imponer la soberanía argentina por la fuerza. Los
vuelos charters para intercambio de pasajeros de
cruceros ya no se permiten. LAN tampoco puede operar
un segundo vuelo semanal que, por razones de costo, debe volar sobre suelo
argentino. Aunque Kirchner ha respetado la política
de buscar la soberanía por vías pacíficas, las presiones económicas impuestas imposibilitan
muchas oportunidades comerciales que ofrecen las islas a la zona austral
chilena.
Ya que las
relaciones con Argentina involucran una diversidad de asuntos, sería un sin sentido
actuar unilateralmente respecto a Las Malvinas. Una estrategia alternativa conveniente
sería que Chile adoptara una posición más activa a favor de la demanda de
soberanía argentina en foros internacionales—defendiendo un principio que
también fortalece las aspiraciones chilenas de soberanía Antártica—a cambio de
mayor flexibilidad argentina para permitir más intercambio comercial entre
Punta Arenas y Stanley. Argentina necesita más apoyo—y
una mejor estrategia—para sus reivindicaciones, los Falkland
Islanders necesitan mayor intercambio comercial con
Chile y nuestro país se beneficiaría de las oportunidades independientemente de
cómo se resuelva la cuestión de la soberanía. Ya sea que los isleños avancen
hacia la autodeterminación y la independencia, o que Argentina logre
incorporarlas, las Malvinas de todas formas necesitarán un creciente
intercambio comercial. Aunque el diablo está en los detalles (parafraseando el
inglés de los isleños), el gobierno chileno debiera abocarse a buscar
soluciones innovadoras para aprovechar las oportunidades de desarrollo económico
en el extremo austral sin alterar las relaciones con Argentina. Aunque se
precise de tacto y cuidadosa planificación, cuando se trata de Las Malvinas,
Chile si puede estar exitosamente con Dios y con el diablo.