El poder en Chile
Patricio Navia
Revista Capital
#151, marzo 11, 2005
El Informe del
Desarrollo Humano del 2004 (IDH) del Programa de las Naciones Unidas para el
Desarrollo (PNUD) apunta en la dirección correcta al invitarnos a enfrentar sin
miedos los problemas actuales. Pero al abordar el debate en torno al mal
definido concepto de poder, el IDH desvía la atención del gran fenómeno que
identifican sus 323 páginas, la creciente disponibilidad de los chilenos a
“dejar que se muestren los conflictos para que aparezcan los problemas.”
Para tener 126
referencias a la palabra, las 14 páginas de la sinopsis no logran definir
adecuadamente a qué se refiere el IDH con poder.
Las referencias a “las ganas que tienen las personas por disponer de
capacidades para realizar sus proyectos” o a que “una sociedad no será poderosa
si sus miembros no están dotados… de capacidades de acción” no dejan claro de
qué estamos hablando. Al señalar que “el poder necesario para el Desarrollo
Humano es aquel que permite aumentar la autodeterminación social del poder como
un fin en sí mismo, y como un medio para el despliegue complementario de la
soberanía personal real, del poder de los sistemas e instituciones, y de la
definición cultural de la realidad,” el
IDH viola el principio que la palabra a definir no debe estar presente en la
definición (“poder es poder”). Lamentablemente, el IDH no establece un marco
conceptual claro que permita hacer sentido a muchas de las brillantes
contribuciones de este esforzado equipo de cientistas sociales.
La definición de poder
de la Real Academia de la Lengua hubiera ayudado: “tener expedita la facultad o
potencia de hacer algo.” A partir de ahí, el debate debería centrarse en por
qué la gente no ejerce los derechos que formalmente posee. Correctamente, el IDH
distingue dos tipos de poder, “la capacidad de los grupos humanos organizados
para construir un entorno… en el cual sea posible la existencia y acción; por
otra… las capacidades personales que a cada uno le permiten actuar en ese
entorno común.” Por su desviación colectivista, el IDH tiende a centrarse en lo
primero. Pero tanto la encuesta—con provocadoras preguntas—como los estudios de
casos y los focus groups, señalan que las dinámicas más interesantes se están
dando a nivel individual. Los chilenos crecientemente quieren ejercer su poder
como personas.
En solo 3 años,
el porcentaje de aquellos que están de acuerdo con “dejar que se muestren los
conflictos para que aparezcan los problemas” aumentó de 28 a 42%, mientras que
aquellos que prefieren “tratar de evitar los conflictos para que las cosas no
pasen a mayores” disminuyeron del 70 al 56%.
Nuestra sociedad crecientemente quiere enfrentar los problemas. Somos
cada vez menos avestruces. La invitación a discutir las facultades que faltan para
que la gente pueda ejercer sus derechos en propiedad y sin temor a represalias
llega justo a tiempo.
El PNUD debió
haber dedicado más de sus bondadosos recursos económicos a averiguar cuáles son
las trabas formales e informales que dificultan que la gente ejerza su poder,
individual y colectivamente. Las secciones con estudios de caso y la encuesta,
donde queda en evidencia la dinámica de un creciente interés por ejercer poder
individual más que colectivamente representan invaluables contribuciones. Pero una
parte importante del IDH se abocó a la peregrina idea de definir—antojadizamente—a
las elites nacionales, para luego aplicar una predecible encuesta a sus
representantes. Desconociendo que uno de los grandes avances del Chile
democrático ha sido la diversificación de los espacios de poder e influencia,
el PNUD insistió en partir de un concepto tradicional—la elite política y
económica—para complementarlo con representantes de otros ámbitos del quehacer
nacional y formar una versión políticamente correcta de la vieja fronda
aristocrática. Por cierto, para fomentar el empoderamiento
de la sociedad, sería bueno transparentar quiénes financian este proyecto del
PNUD y cómo se gasta el presupuesto.
Así y todo, los
sugerentes y provocadores capítulos del IDH 2004—donde se echa de menos la claridad
mental del fallecido Norbert Lechner, padre intelectual de los informes
anteriores—hace de este texto una lectura obligatoria para todos aquellos
interesados en tener una radiografía del Chile actual, un país cuya gente
crecientemente está dispuesta a decir las cosas como las ve sin tener miedo a
los conflictos que esto pudiera provocar.