Bibliotecas
presidenciales
Patricio Navia
Revista Capital
#152, marzo 24, 2005
En la medida que
se consolida y profundiza, nuestra democracia también requiere niveles
crecientes de transparencia y apropiada documentación para garantizar mejor
calidad, mejores mecanismos de control y mayor capacidad para aprender de
errores del pasado y corregir falencias anteriores. Un mecanismo útil para
contribuir a esos objetivos es la creación de bibliotecas presidenciales donde
se almacene toda la información relevante a cada administración presidencial
que tenga el país.
Las llamadas presidential libraries de Estados Unidos
almacenan todos los registros históricos de cada presidencia. En existencia
desde 1940, cuando el presidente F. D. Roosevelt inauguró una biblioteca,
construida con fondos privados en el estado de Nueva York, cuyo objetivo era
almacenar todos los documentos producidos durante su gobierno. La iniciativa
entusiasmó del tal forma que su sucesor, Harry S. Truman, construyó su propia
biblioteca con fondos privados al dejar la Casa Blanca en 1953. En 1955, el
congreso estadounidense aprobó la ley de bibliotecas presidenciales,
estableciendo que éstas serían construidas con fondos privados y mantenidas con
fondos públicos. Una nueva ley en 1978 hizo obligatorio que todos los
documentos producidos por la presidencia fueran eventualmente de acceso público,
pudiendo ser depositados en las bibliotecas presidenciales de cada
administración. Salvo Richard Nixon, los últimos 11 presidentes estadounidenses
(los demócratas Roosevelt, Truman, Kennedy, Johnson, Carter y Clinton, y los
republicanos Hoover, Eisenhower, Reagan y G. H. Bush) tienen sus bibliotecas
presidenciales. Después de haber sido construidas con fondos privados, estas
pasan a estar bajo el control de la Administración de Archivos y Registros
Nacionales (NARA), un organismo del gobierno federal. Por cierto, la NARA (http://www.archives.gov/presidential_libraries/)
también administra todos los archivos públicos del gobierno de Richard Nixon,
aunque hay también una fundación encargada de la biblioteca privada del
renunciado ex presidente.
En Chile, nuestra
reconocida tradición legalista lamentablemente no ha sido acompañada por una igualmente
encomiable tradición de mantener en lugares accesibles todos los documentos públicos
que pudieran ser relevantes para historiadores e investigadores. Si bien en el
país existen fuentes de almacenamiento de documentos oficiales, el acceso a las
mismas es a menudo difícil y engorroso. Muchos de los encargados de administrar
archivos sienten que su tarea es obstaculizar, más que facilitar y promover, el
acceso a los documentos. Peor aún, una buena parte de los documentos producidos
durante las administraciones presidenciales pasadas son lisa y llanamente
destruidos cuando se termina el gobierno.
Es cierto que
gracias a Internet, el acceso a la información de gobierno se ha facilitado.
Pero todavía constituiría una tarea dantesca intentar acceder a todas las
cartas que recibió Patricio Aylwin durante los 4 años que estuvo en la
presidencia. Quien quiera averiguar la cantidad de días que algún presidente ha
estado fuera del país, o la cantidad de veces que cada presidente ha visitado
una comuna específica de Chile simplemente no podrá hacerlo a través de una
accesible búsqueda en documentos oficiales. Para qué hablar de otros documentos
que pudieran haber tenido influencia en decidir ciertas políticas públicas o
iniciativas de gasto presupuestario. La falta de transparencia que resulta del
ineficiente sistema de acceso a documentos oficiales y registros de los
gobiernos anteriores debilita los mecanismos de control que eventualmente debe
ejercer la sociedad civil sobre las autoridades. Ya que a menudo resulta difícil
acceder a documentos oficiales para comparar el desempeño de diferentes
administraciones, la opinión pública no posee suficientes elementos para
evaluar adecuadamente a sus gobiernos.
La combinación de
recursos públicos y privados que ha ensayado exitosamente Estados Unidos representa
un buen modelo a seguir para diseñar un mecanismo que nos permita preservar
todos los documentos producidos durante las administraciones recientes del
país. Mejor aún, si logramos reproducir el interés de las bibliotecas
presidenciales de Estados Unidos por promover y difundir estos documentos para
el uso de investigadores y del público en general, habremos subido un peldaño
más en este esfuerzo por convertirnos en una democracia consolidada, respetada
y admirada por su transparencia, seriedad y valoración de su propia historia.