Padres ausentes
Patricio Navia
Capital, #154,
abril 22, 2005
El 12% de los
niños nacidos cada año en Chile legalmente no tiene padre conocido. A menos que
fortalezcamos la paternidad responsable—con adecuada educación, incentivos
selectivos y ejemplares penas—será muy difícil que logremos superar como
sociedad el flagelo de la pobreza y la desigualdad de oportunidades.
En reciente
visita a Nueva York, la diputada María Antonieta Saa, que ha defendido diversos
temas de mujeres (que son en realidad temas de todos), explicaba que cada año
alrededor de 34 mil niños nacidos en Chile son inscritos en el Registro Civil
sin que se identifique la identidad de los padres. En total, alrededor de 1
millón de menores de 18 años no tiene un padre oficialmente identificado en el
Registro Civil. La incidencia de pobreza entre estos niños es mayor que en el
resto de la población y sus posibilidades de éxito en la vida son menores.
Es cierto que
muchos de esos menores saben quiénes son sus padres biológicos. Pero ya sea porque
el padre se niega a reconocer a su hijo o porque la madre no insiste en que
realice el reconocimiento legal, un considerable número de chilenos vive
oficialmente con el estigma de no tener (legalmente) padre conocido. Pese a
avances recientes, nuestra legislación aún no protege adecuadamente los
intereses de los hijos frente a padres irresponsables. Por cierto, las
atribuciones de patria potestad que tiene un padre—en caso de muerte o
incapacidad de la madre—llevan a algunas mujeres a preferir que los padres de
sus hijos no reconozcan a sus hijos, para así asegurarse que éstos no tengan
que abandonar la familia materna. Pero en la mayoría de los casos, se trata de
hombres que rehuyen de las obligaciones económicas, sociales y éticas que
implica traer a un hijo al mundo. Las uniones de hecho que proliferan en
nuestro país y las familias extendidas que transforman a abuelos, tíos o
padrastros en padres de hecho para miles de niñas y niños chilenos representa
una respuesta improvisada e inevitable a las falencias de la institucionalidad
legal que persisten en nuestro país. Pero ya que la incidencia de pobreza es
mayor en hogares liderados por mujeres y entre niños con padres ausentes, la
promoción de la paternidad responsable se convierte en una cuestión de bien
público. Mientras más padres reconozcan legalmente a sus hijos biológicos habrá
menos incidencia de pobreza infantil. Mientras mejores sean las disposiciones
que los obliguen a los padres a asumir la responsabilidad por el cuidado de sus
hijos, más preocupación existirá para evitar embarazos no deseados.
Ahora bien, avances
recientes han mejorado sustancialmente el marco legal. La Ley de Filiación, que
declaró iguales a los hijos legítimos e ilegítimos, representó un avance
sustancial. Pero las complicaciones que muchas madres todavía tienen para
lograr que los padres reconozcan a sus hijos ha seguido representando un
problema. Una comisión mixta (Diputados y Senadores) del Congreso ha acordado
una nueva ley que establece que el examen de ADN basta para determinar la
maternidad y paternidad. Pero todavía existen discrepancias respecto a la
obligatoriedad de este examen en demandas de reconocimiento paternal. De
acuerdo a algunos, obligar al demandado a un examen de ADN viola la presunción
de inocencia de las personas. Una visión alternativa razonable sugiere que la
obligatoriedad de un examen de ADN (pagado por el fisco o por la parte
demandante) representa un costo mínimo en relación al gigantesco beneficio que
resulta establecer la veracidad de la acusación.
Por cierto, aunque
la tendencia natural es pensar que este es un problema asociado exclusivamente con
la pobreza, esta situación es también recurrente en sectores más acomodados,
donde muchas madres solteras optan por no insistir en el reconocimiento de los
hijos para evitar que el patrimonio de éstos—en caso de muerte de la
madre—quede parcialmente en manos de los ausentes padres biológicos que nunca
se dieron la tarea de ir a reconocer sus hijos al Registro Civil.
Aunque en los
colegios aprendemos que Bernardo O’Higgins, el libertador de la patria, era
también hijo ilegítimo, no resulta ni atractivo ni conveniente poseer esta
condición. La realidad del siglo XXI chileno nos obliga a mejorar aún más
nuestra legislación—y a aplicarla con celo—para promover no solo la igualdad
entre hijos legítimos e ilegítimos sino también establecer incentivos y
castigos selectivos para lograr reducir sustancialmente el número de niños
chilenos que oficialmente no tiene padre conocido.