Benedicto XVI y la diversidad religiosa
Patricio Navia
Revista Capital
#155, mayo 06, 2005
La elección de
Joseph Ratzinger como nuevo papa representa un retroceso
en la consolidación de la tolerancia religiosa en el mundo. En un país como
Chile, donde la historia de excesiva influencia política y social de la Iglesia
Católica hace que cualquier síntoma de pretensión hegemónica produzca
comprensibles desconfianzas en el creciente universo protestante, el desafío para
liderazgo católico nacional es tender puentes de tolerancia y respeto hacia
todos los otros credos representados en la diversidad religiosa del país ahora
que el “panzercardenal” es su nuevo líder mundial.
Aunque sobran las
voces que dicen que hay que darle la oportunidad de demostrar que el suyo será
un papado positivo, no debemos olvidar las palabras de Jesús (Mateo 7.16): “Por
sus frutos los conoceréis.” Ratzinger ya tiene
acumulados bastantes frutos. Ex Prefecto para la Congregación de la Doctrina y
la Fe Católica, Ratzinger demostró ser altamente
intolerante con otros credos. Aunque su oposición a los homosexuales y a la
inclusión de mujeres en el clero también ha sido criticada, esos asuntos incumben
exclusivamente a católicos. Por un lado, nadie puede obligar a la Iglesia Católica
a cambiar su doctrina. Por otro, nadie está obligado a ser católico. Pero la
intolerancia que Ratzinger demostró hacia otros credos
inevitablemente le resta legitimidad en el mundo no católico.
De acuerdo, ahora
que es papa, Benedicto XVI puede demostrar ser menos dogmático y más abierto a
aceptar la legitimidad de otras religiones. De hecho, sus primeros discursos
han apuntado a querer promover el diálogo, al menos entre los credos
cristianos. Si el suyo es efectivamente un papado tolerante, el mundo entero estará
felizmente sorprendido. Pero si Benedicto XVI es consecuente con la que fue su
postura como cardenal, la tolerancia y el respeto a otros credos (especialmente
más allá de judeo-cristianismo) no serán el fuerte de
su papado. Ahora bien, es cierto que todos los credos afirman ser los únicos poseedores
de la verdad. En ese sentido lo que ha dicho Ratzinger
sobre el catolicismo es lo que dicen todas las religiones sobre si mismas. Pero
a diferencia de la Iglesia Católica, no hay ningún otro credo en el mundo que
tenga una representación política tan influyente como el Estado del Vaticano.
De ahí que la intolerancia de un papa preocupe más que la misma intolerancia en
boca de un líder Testigo de Jehová, judío, budhista o
incluso un clérigo musulmán.
En Chile, la
relación histórica de la Iglesia Católica con otros credos no ha sido fácil.
Pero en años recientes, hemos sido testigos de importantes avances en la
tolerancia y diversidad religiosa. Aunque todavía subsisten tradiciones que
subrayan la otrora pretensión religiosa hegemónica de la Iglesia Católica (como
la presencia de vicarios castrenses en las fuerzas armadas y la celebración
anual del ‘verdadero’ Te Deum de fiestas patrias en la Catedral Católica de
Santiago), nuestro país reconoce cada día más su rica y creciente diversidad de
credos. La separación entre la iglesia y el estado, desafío siempre complejo en
un país donde el clero insiste en alzarse como autoridad moral sobre sus fieles
y también sobre toda la sociedad, se ha fortalecido a medida que se celebra y
reconoce la diversidad religiosa. Por eso, resulta preocupante para un país
donde conviven católicos, un creciente número de protestantes, judíos,
musulmanes, budistas, librepensadores y miembros de otros credos, que el nuevo
papa sea un hombre cuya trayectoria se ha caracterizado por la intolerancia e incomprensión
hacia otros credos.
Por más que
señale su disposición al diálogo, a menos que abandone su controversial postura
que la iglesia Católica es la única fe legítima, Ratinzger
será un papa que dividirá, no uno que tenderá puentes ecuménicos hacia otros
credos. A menos que acepte en sus dichos y sus prácticas que en asuntos
religiosos no puede haber solo una verdad (aceptando el relativismo en materias
de credos religiosos), Benedicto XVI no tendrá suficiente credibilidad para ser
un líder que llegue más allá de sus fieles católicos. Ahora bien, ya que
políticamente resulta difícil que Benedicto XVI vaya a reconocer formalmente la
legitimidad de otros credos, será tarea de las iglesias nacionales—incluida la
chilena—construir los puentes de tolerancia y los lazos de comprensión y
respeto que se precisan en sociedad democráticas compuestas de personas que
profesan diversas fe religiosas.