Alberto Hurtado y Pablo Neruda
Patricio Navia
Revista Capital, #163,
agosto 27, 2005
En la medida que
la Iglesia Católica logre que su canonización se convierta en un momento de
celebración nacional, la figura de Alberto Hurtado pasará de ser un venerado de
una iglesia para ser un héroe del país. Pero si las celebraciones se restringen
al mundo católico, Hurtado no hará la misma entrada a la inmortalidad en el
imaginario colectivo nacional que, de acuerdo al Vaticano, está ya haciendo
hacia la inmortalidad celestial.
Cuando Hurtado
sea canonizado el 23 de octubre del 2005, los católicos de Chile estarán
orgullosos de ver a su primer sacerdote reconocido como una lumbrera de su
iglesia mundial. Pero si bien la obra de Hurtado es conocida y respetada, su imagen
comprensiblemente se asocia exclusivamente a la iglesia católica, institución
desde donde dedicó su vida a trabajar por los más pobres de nuestro país. Por
eso, aunque valoren su contribución y reconozcan su trabajo, muchos no
católicos rechazan la idea de ver en él a un héroe nacional. Por el contrario,
para no pocos, su figura refleja una evidencia más del inmenso poder social,
económico y político que ejerce la Iglesia Católica en Chile. Porque los
creyentes de religiones no cristianas y de otras denominaciones cristianas
comprensiblemente resienten el excesivo poder que ha tenido la Iglesia Católica
en nuestro país—con una historia de imposición de su doctrina, valores y
creencias a los no católicos—naturalmente surge la sospecha de que la canonización
de Alberto Hurtado es un intento más por imponer valores católicos a aquellos
que profesan otros credos.
Pero Hurtado fue
un hombre que, independientemente de sus creencias religiosas (aunque él y sus
seguidores dirían que fue precisamente gracias a las mismas), contribuyó
notablemente a las causas de justicia social y solidaridad. Por eso, resultaría
lamentable que su legado se restringiera a los que practican la fe católica. Su
ejemplo debería ser inspirador también para aquellos que, adeptos a cualquier creencia
religiosa, aspiran a una sociedad más justa, de más oportunidades y con menos
pobreza.
La Iglesia
Católica debiera emular la forma en que el Partido Comunista ha sabido
compartir con el país la figura de Pablo Neruda. Aunque fue un acérrimo
defensor del Partido Comunista y su obra no puede ser entendida sin incorporar
su militancia partidaria, el suyo es un legado que nos pertenece a todos los
chilenos. Felizmente para el país, la sociedad ha sabido apropiarse del legado
de nuestro laureado poeta y todos los chilenos nos sentimos herederos de su
obra y orgullosos de sus contribuciones. Los poemas de Neruda nos pertenecen a
todos y su celebrado reconocimiento mundial enorgullece aún a los más acérrimos
anti-comunistas. Esto porque hemos logrado que Neruda
vuele mucho más alto que su militancia partidista.
Felizmente, el
propio Partido Comunista, que tiene en Neruda probablemente a su más célebre
militante de todos los tiempos, ha sabido entender que el poeta de Temuco nos
pertenece a todos los chilenos. Y como otros próceres, Neruda es sometido al
escrutinio público, sus decisiones y acciones son cuestionadas y debatidas, y
sus aciertos y errores resaltados y sometidos a debate. Pero eso mismo
contribuye a su grandeza. Aunque se esmera en recordarnos su militancia, el
Partido Comunista sabe que Neruda es su mejor carta de presentación frente a aquellos
que, por diversos motivos, desconfían de ese partido. En cierta medida, Neruda
es el mejor embajador que alguna vez pudo haber tenido el Partido Comunista.
Hoy, Alberto
Hurtado constituye una figura que, sin tener el reconocimiento mundial de
Neruda, produce admiración por su enorme compromiso social. Pero para que su
legado llegue mucho más allá de las paredes culturales del mundo católico, es preciso
que el liderazgo de la Iglesia Católica regale su legado a todo el país. Con
eso no solo estarían honrando la propia visión de Hurtado sino que además
estarían abriendo las puertas y ventanas del catolicismo a todos los chilenos
que profesan otros credos pero que fácilmente admirarán a uno de los más
notables luchadores por la justicia de nuestro siglo XX. Es cierto que al
compartir su legado con el país, la Iglesia también aceptaría que la figura de
Hurtado se someta al escrutinio público que reciben todos los héroes de la
patria. Pero al igual que como ocurrió con Pablo Neruda, con sus defectos y
virtudes, con sus aciertos y errores, sus contribuciones y sus claroscuros,
Alberto Hurtado dejaría de ser un hombre admirado por unos pocos para convertirse
en un prócer de la patria.