Voto de chilenos en el exterior
Patricio Navia
Capital, #164,
septiembre 9, 2005
Otorgar el
derecho a voto a los chilenos que residen en el exterior actualizaría nuestra
constitución, poniéndola a la altura de las democracias modernas. Mejor aún,
permitiría que nuestro discurso de país globalizado demostrara con hechos una
concepción incluyente y ambiciosa de ciudadanía. Aquellos que se oponen a la
iniciativa de otorgar derechos ciudadanos a los expatriados demuestran tanto su
incapacidad de superar el doloroso pasado de enfrentamientos políticos como su
incomprensión de la dirección que ha tomado la noción de ciudadanía en el mundo
desarrollado.
El reciente
informe Chilenos en el exterior publicado por la
Dirección para la Comunidad de Chilenos en el Exterior (Dicoex)
de Cancillería y el INE (http://www.ine.cl/noticias/2005/agosto/pdf/enfoque160805.pdf)
señala que hay 858 mil chilenos residiendo fuera del país. Ya que el 43% de ellos
son nacidos fuera, la reforma constitucional recientemente aprobada les
permitirá adquirir la nacionalidad por el sólo hecho de avecindarse en Chile.
Pero aunque corrigió una enorme injusticia, dicha reforma no
se hizo cargo adecuadamente de otras falencias de nuestro marco legal respecto
a los chilenos que residen en el extranjero.
La oposición
activa de parlamentarios de derecha, y no pocos de la Concertación, echó por
tierra una iniciativa que otorgaba el derecho a voto a los chilenos expatriados.
Argumentando que sólo aquellos que son afectados directamente por las
decisiones de las autoridades debieran votar, varios parlamentarios se
opusieron a ampliar el sufragio universal. Aunque algunos sospecharon un
injustificado temor a un supuesto voto izquierdista del exilio chileno (la
mitad de los expatriados chilenos residen en Argentina, y sólo un 14% en
Europa), una concepción retrógrada de nacionalidad frenó la idea de incorporar
a los chilenos que viven fuera.
La concepción
excluyente de ciudadanía no reconoce la importancia económica, social y
cultural que tienen los nacionales que viven en otros países. Ya que muchos de
ellos tienen lazos crecientes con familiares en sus países de origen y otros se
aventuran a realizar negocios e inversiones en sus tierras natales, las
decisiones que ocurren en los países que ellos consideran suyos sí les afectan
directamente. Más aún, la decisión de extender los brazos a los compatriotas
que viven fuera debiera estar alimentada también por la necesidad de crear
lazos con comunidades en un mundo cada vez más globalizado e interdependiente.
En vez de verlos como una amenaza potencial, nuestros gobernantes debieran ver
a las comunidades de chilenos expatriados como embajadores voluntarios que,
inevitablemente, influencian las ideas que se tienen del pueblo chileno en los
lugares donde ellos viven.
La idea de
definir ciudadanía de una forma más incluyente -que incorpore a los
compatriotas que no residen en el país- es relativamente reciente. Por cierto,
Chile nunca otorgó ese derecho a sus expatriados antes de 1973. En Estados
Unidos, una reforma aprobada en 1975 otorgó el derecho a voto a sus ciudadanos
que residen en el exterior. En la actualidad, entre un 31 y un 38% de ellos
ejerce ese derecho (esa cifra incluye al personal militar, cuya tasa de
participación alcanza el 70%). Gran Bretaña extendió ese derecho a sus
expatriados a mediados de los 80. Italia lo hizo en 1993. Incluso Irak permitió
a sus expatriados votar en las elecciones del 2004.
En América
latina, Colombia, El Salvador, Perú, y más recientemente República Dominicana,
han extendido el derecho a voto a sus ciudadanos expatriados. Incluso México,
país que tiene aproximadamente el 10% de su población residiendo fuera, optó
por hacerlo (aunque resulta improbable que se puedan establecer los mecanismos
para hacerlo efectivo en las presidenciales del 2006). Por lo demás, gozar del
derecho al voto no implica que todos decidan ejercerlo. En la última contienda
presidencial en República Dominicana, sólo votaron 30 mil de los más de 700 mil
dominicanos que viven fuera del país, pese a que el candidato ganador, Leonel Fernández, creció en Nueva York,
donde vive la mayoría de los dominicanos expatriados.
Hoy, mientras
celebramos la promulgación de esta monumental reforma constitucional, no
debiéramos olvidar que quedan tareas pendientes para actualizar nuestro marco
legal y ponerlo a la altura de los estándares de las naciones democráticas
modernas. La extensión del derecho a sufragio a los chilenos residentes en el
exterior debiera ser una prioridad entre las reformas constitucionales
pendientes.