¿Ideas o liderazgo?
Patricio Navia
Revista Capital #165,
septiembre 23, 2005
Mientras sea
incapaz de encontrar una saludable combinación de buenas ideas y atractivo
liderazgo, la derecha no podrá hacer ingreso por la vía democrática a La
Moneda. Aunque ha tenido ideas y liderazgo ocasional en los últimos 50 años, la
ausencia de un liderazgo refrendado democráticamente representa el principal
problema para la derecha política chilena que -de haber regido el mecanismo de
la libre competencia en la política nacional- hace años debió haberse declarado
en quiebra.
Si bien no logra
un triunfo electoral desde que Jorge Alessandri Rodríguez alcanzara el 31,2% de
los votos en las presidenciales de 1958, es equivocado sugerir que la derecha
chilena ha estado ausente del poder por los últimos 50 años. Además de
participar activamente en la dictadura de Augusto Pinochet, la derecha puede
sentirse satisfecha al ver que muchas de sus ideas han logrado imponerse en
nuestra sociedad. El modelo económico neoliberal es un incuestionable legado de
la derecha. Si bien el libre mercado no fue una idea bien recibida por todo el
sector -e incluso hoy las tentaciones nacionalistas y proteccionistas abundan
en sus dos partidos- la economía de libre mercado fue adoptada gracias al visionario
liderazgo de ideólogos derechistas. Pinochet, el padre del Chile actual, se la
jugó por adoptar el cuestionado modelo económico. Aunque los costos del
experimento fueron altísimos (el propio gobierno reconocía un 30% de desempleo
en 1982 y la pobreza alcanzaba al 40% cuando terminó la dictadura), los
cimientos del éxito económico actual de Chile datan de los años de Pinochet -y
de la derecha- en el poder.
Pero el legado de
violaciones a los derechos humanos -donde el silencio cómplice hace a la derecha
merecedora de una inequívoca condena moral- y la habilidad de los gobiernos
concertacionistas para apropiarse del modelo económico, y darle ese rostro
humano del que habló Aylwin, terminaron por diluir la sensación de éxito de la
derecha en el mundo de las ideas. Porque (pese a sus éxitos) Büchi fue ministro
de Hacienda de un dictador, el mundo terminó por otorgarle a Foxley y a la
Concertación el premio por los avances económicos de Chile. Es verdad que la
pobreza se redujo sólo durante la Concertación y los frutos del milagro
económico se han recogido en estos 16 años (por lo que parte del crédito debe
ir, inevitablemente, a la Concertación). Pero la derecha chilena no reclama
para sí misma los méritos de haber adoptado el modelo económico porque tendría
también que asumir los costos de haber callado cuando en Chile se mataba y
torturaba.
Así y todo, si
fuera sólo por las ideas, la derecha debiera sentirse victoriosa. Pero en
política ganan los que tienen más votos. Las ideas son el campo de acción de
los intelectuales. Los partidos políticos de derecha no produjeron las ideas
del sector, pero sí son responsables de la falta de liderazgo. Salvo Pinochet,
que supo mantenerse en el poder por 17 años y que, de haber sabido retirarse a
tiempo, podría haber tenido un final feliz (o al menos no tan vergonzoso como
el que ahora experimenta), la derecha ha sido incapaz de producir líderes
políticos. Desde Büchi, que nunca quiso ser “el hombre”, hasta Lavín, que no
entendió que el cambio ya había llegado y fue incapaz de cambiar él mismo, la
derecha sufre una crisis de liderazgo. Cuando buscó entre los apellidos
tradicionales (sin entender que el modelo neoliberal había forjado un nuevo
Chile), Alessandri Besa demostró ser buena pieza de museo. Cuando coqueteó con
los empresarios, se encontró con el populismo de Errázuriz y el individualismo
de José Piñera. Y cuando buscó a sus viejos cracks, oyó el llamado al
nacionalismo proteccionista o al autoritarismo decimonónico.
Ahora que el país
se prepara para un cuarto gobierno concertacionista -y con el popular
presidente Lagos como potencial hombre de relevo si el gobierno de Bachelet no
es lo suficientemente exitoso o no produce sus propias figuras de recambio
antes del 2009- la derecha se prepara para el lloro y el crujir de dientes en
los días posteriores a la derrota de diciembre. Mientras algunos insistan en
contentarse con los triunfos morales de algunos parlamentarios, otros se
parapeten en el sistema binominal para evitar (inexistentes) cuestionamientos
al modelo neoliberal y unos cuantos se consuelen con una Concertación cada vez
más anquilosada y defensora del statu quo, habrá que buscar a aquellos que
demuestren interés en lograr que las grandes alamedas de las que habló Allende
se abran también para que la derecha entre, democráticamente legitimada, a La
Moneda.