Los doctores (c)
Patricio Navia
Revista Capital,
#168, noviembre 4, 2005
Para ponernos al
día con los aires de creciente transparencia—y por cierto también de honestidad—que
soplan en Chile, debiéramos comenzar a sincerar los títulos académicos que a
menudo se utilizan como símbolos de estatus y de capacidad intelectual.
Comprensiblemente,
las personas que poseen títulos académicos de postgrado lo indican en sus
currículos y no pocas veces se apoyan en sus credenciales académicas para reforzar
sus argumentos. Si es doctor, algo debe saber, parece ser la lógica. También, aparentemente,
los MBA saben mucho más de negocios que los ingenieros comerciales, o al menos
tienen sueldos más altos. Es que tener un postgrado viste bien. En la medida
que la educación universitaria se masifica y miles de profesionales egresan
anualmente de universidades públicas y privadas, entrando a competir fieramente
por trabajos en el cada vez más exigente mercado laboral, un postgrado es un
filtro adicional que permite escoger de acuerdo a otros criterios académicos. Si
hace treinta años tener título universitario era lo máximo, hoy son los
portadores de postgrados los que parecen tener acceso al olimpo del
conocimiento intelectual.
Porque tenerlo resulta
cada vez más común, el valor relativo del título universitario inevitablemente
ha bajado. En cierto modo, se ha producido una cierta inflación en el mercado
de los grados académicos. Por eso, ahora destaca mucho más la posesión de
postgrados académicos. Mientras más alto el grado académico, mejor. Los masters son mejores que los licenciados y los doctores, a
su vez, superiores a los masters. Si no tiene un Ph.D., mejor ni se anime a autodenominarse experto. Los
autodidactas valen callampa.
Pero no todo lo
que brilla es oro. Ya que existe poco conocimiento respecto al mercado de
postgrados, no faltan los que se aprovechan. Un buen ejemplo son aquellos que
dicen tener el título de candidato a
doctor. Aunque eso sólo sea una condición temporal (los candidatos a
doctores están prontos a cumplir todos los requisitos para obtener su
doctorado) y no un grado académico, en nuestro país abundan los Ph.D. (c). Y como al presentarse uno nunca
dice “soy candidato a doctor,”al final se confunden gatos y liebres. Es verdad
que a veces los errores son responsabilidad de la prensa. La propia revista
Capital (#166) atribuyó al Ministro de Hacienda un inexistente grado de doctor
en economía en Harvard. La página web
de Hacienda indica que Nicolás Eyzaguirre es “Doctor
(c) en Macroeconomía y Economía Internacional en la Universidad de Harvard.” La (c)
hace una gran diferencia. Ya sea porque nunca escribieron sus tesis o bien
porque simplemente abandonaron la carrera antes de terminar, los doctores (c)
no son doctores.
La validez ética
de usar la (c) es altamente cuestionable. Por ejemplo, ¿alguien nos tomaría en
serio si dijéramos que un alumno que abandonó el colegio posee enseñanza
secundaria (c)? ¿O puede alguien que jamás terminó la escuela de medicina
presentarse como médico (c)? ¿Qué tal intentar buscar trabajo como ingeniero
comercial (c)? En cualquier otro campo, la utilización de la (c) haría de sus
usuarios víctimas del merecido repudio del mercado de posibles empleadores.
Ahora bien, probablemente
tiene utilidad saber que una persona tiene estudios de doctorado aunque nunca
se haya titulado. Pero sugerir en cambio que uno es doctor (c) representa una
inusual forma de publicidad engañosa, porque para un público no informado, un Ph.D. (c) bien pudiera significar lo mismo que un Ph.D. Peor aún, atribuirse
ese inexistente grado académico deja en evidencia algunas debilidades de
personalidad de los orgullosos cuasi-doctores. La (c)
realmente significa que casi lo hizo, pero al final no lo hizo.
En una sociedad
que exige mayores grados de transparencia y de honestidad, es hora que los que
se pasean por el mundo como doctores (c) asuman que sus impresionantes credenciales
académicas—por diversas, comprensibles y justificadas razones—simplemente no
incluyen un doctorado. Nadie debiera pensar que tener el doctorado evidencia un
nivel de inteligencia superior. Al contrario, algunos sugerirían que la
dedicación y el esfuerzo que requiere obtenerlo demuestran inequívocamente que
sus portadores tienen más de un perno suelto en el cerebro. Pero el pasearse
por la vida portando el título de doctor (c) demuestra imperdonables debilidades
de carácter. Para seguir avanzando en el sendero de la transparencia, nuestra
sociedad debería abolir la práctica de atribuirse títulos académicos
inexistentes con el resquicio de la tan abusada (c).