Patricio Navia
Revista
Capital #174, febrero 24, 2006
Cuando Michelle Bachelet anunció su gabinete, muchos se sorprendieron al
escuchar que Andrés Velasco sería el próximo ministro de Hacienda. Pero a
aquellos que fueron testigos de la forma en que Velasco adquirió protagonismo
en el comando de Bachelet y supieron leer las señales
que enviaba la doctora socialista, el nombramiento de Velasco en Teatinos 120
no causó sorpresa.
Ya que posee
muchas fortalezas que Bachelet necesita, su
nombramiento hace mucho sentido. Pero como la presidenta prefiere gente que
tiene un estilo afín al suyo, Velasco comparte algunas debilidades de la
doctora. La poca preocupación que Bachelet parece
estar mostrando por los aparatos partidistas no debería llevar a Velasco a
ignorar a los partidos políticos de la Concertación. Porque el manejo de la
hacienda pública, además de férrea disciplina fiscal, requiere de finas
habilidades políticas para saber cuándo decir no, cuándo decir quizás y cuándo
decir que sí, Velasco deberá demostrar que maneja tan bien los códigos de
comités centrales, juntas nacionales y comisiones políticas de partidos como
conoce el mundo académico, los think tanks y las organizaciones internacionales de finanzas.
Comparado con sus
predecesores, Velasco posee una mejor reputación académica y una menor
experiencia formal en política partidista. Hábil en el estudio de la macro y
microeconomía, Velasco es probablemente el ministro de Hacienda más capacitado
técnicamente y más respetado académicamente (junto a Foxley)
que ha tenido la Concertación. Pero su limitada experiencia político-partidista
militante es sólo comparable a la que tenía el escasamente recordado Eduardo Aninat. Para lograr que su desempeño sea tan exitoso como
el de Foxley y Eyzaguirre,
Velasco necesitará demostrar acabadas habilidades políticas. Felizmente, posee
tres atributos indispensables para cualquier político exitoso: es un hábil
tecnócrata, un efectivo comunicador y un hombre que aprende rápido. Si además
logra sobrevivir en la jungla de los aparatos partidistas, su desempeño será
más celebrado que el de sus predecesores.
Desde la proximidad
Conocí a Velasco
el viernes 11 de septiembre de 1998 en una recepción del Centro de Estudios
para América Latina y del Caribe (Clacs) de la New York University. Velasco,
entonces profesor (tenured associate
professor en la nomenclatura estadounidense) del
departamento de Economía, había sido recién nombrado director de Clacs y esa tarde debutaba en el cóctel de bienvenida del
año académico. Con un inglés perfecto, Velasco improvisó un discurso donde citó
a economistas y literatos y terminó haciendo un reconocimiento a las víctimas
de las violaciones a los derechos humanos en América latina, recordando que ese
día se cumplían 25 años del golpe de Estado en Chile.
Una semana
después entré a trabajar como investigador asistente en el Clacs.
Velasco se convirtió en mi jefe indirecto. La primera vez que hablamos fue días
después del arresto de Pinochet el 16 de octubre de 1998.
Aunque Velasco entendía bien las implicaciones históricas de ese sorpresivo
episodio (y naturalmente había leído el artículo de John
Lee Anderson sobre Pinochet
aparecido unos días antes en el New Yorker), su preocupación entonces estaba tanto en los coletazos
del affaire Pinochet como en el efecto que tendría la
crisis asiática en la economía chilena.
Aunque entendía
las implicaciones históricas del manejo que el gobierno de Frei
hiciera del affaire Pinochet, Velasco también sabía
que las consideraciones de corto plazo frente a la crisis asiática podrían
tener consecuencias de mediano y largo plazo nefastas. Con Pinochet,
los problemas en el camino eran complicados, pero la hoja de ruta era clara. La
forma en que el gobierno enfrentó la crisis asiática llevó a muchos a pensar
que el gobierno carecía de hoja de ruta. En los meses que siguieron -y que
incluyeron dos visitas a Nueva York de Ricardo Lagos
y algunas otras de asesores económicos de la campaña, entre los que él mismo se
contaba- mis conversaciones con Velasco siempre combinaron consideraciones
políticas y económicas. Ya que sus preocupaciones académicas siempre han sido
influidas por los fenómenos políticos en Chile, América latina y Estados Unidos
que siempre ha seguido con impresionante cercanía, no es aventurado sugerir que
Velasco es de profesión economista pero heredó la preocupación por la política
de su padre (ducho en la materia) y de su militante madre (en ese sentido,
Velasco y Bachelet tienen algo muy importante en
común). Para Velasco, la política no puede ser analizada sin tener en cuenta
variables económicas. Pero la economía no tiene sentido si no se entiende como
componente esencial de procesos y coyunturas políticas.
Velasco comunicador
Como director del
Clacs, Velasco organizó en 1999 una conferencia de
escritores que hablaban de Estados Unidos en América latina y de otros que
hablaban de América latina en Estados Unidos. Entre los asistentes estaban
Alberto Fuguet, Alma Guillermoprieto
y Edmundo Paz Soldán. Velasco insistió en discutir sobre cómo se ven América
latina y Estados Unidos entre ellos y los desafíos que enfrentan todos aquellos
que, de una u otra forma, contribuyen a moldear la visión que tienen unos de
otros.
Para ser
economista, Velasco ha demostrado una preocupación casi obsesiva por la
comunicación. Además de escribir dos novelas -ninguna fue incuestionable obra
de arte, pero tampoco merecían la mala leche que descargaron a granel muchos
críticos- Velasco ha trabajado el género de la columna hasta la perfección. Sus
contribuciones en La Tercera en esos años y su prolongada permanencia como
columnista de Capital demuestran su constante preocupación por comunicar. Por
cierto, a diferencia de sus predecesores, Velasco se involucró mucho más en
elaborar el mensaje -y los discursos- de la campaña. Porque sabe que no basta
con buenas ideas basadas en sólidos fundamentos, él ha desarrollado una
saludable veta de comunicador. Su cercanía con la literatura y su acabado
conocimiento de los tiempos de televisión y del número de caracteres en
entrevistas y declaraciones en diarios constituyen herramientas que tendrá que
usar regularmente para fortalecer sus posiciones y ganar adeptos para sus
propuestas.
Velasco político
Porque los
ministros de Hacienda siempre se convierten en los guardianes de los fondos del
Estado que permiten el paso de ciertas iniciativas de gasto y bloquean otras,
inevitablemente enfrentan demandas de representantes democráticamente electos.
Aún los legisladores más conservadores fiscalmente se preocupan de que sus
electores reciban más ayuda. Los incentivos de quienes deberán enfrentar a sus
votantes en la próxima elección son radicalmente diferentes de los que
enfrentan los ministros de Hacienda.
Por eso, de nada
sirve atacar a los políticos. Velasco tiene su puesto porque hay parlamentarios
concertacionistas que ayudaron a que Bachelet ganara. Si desconoce la importancia de los
partidos, Velasco se convertirá en blanco preferido del fuego amigo. Pero, si
no asume bien su rol de portero inquebrantable, no hará bien su pega. Para
ganarse la confianza de los partidos, debe convencerlos de que la única forma
que la torta alcance para todas las prioridades es dividiéndola bien. Su
legitimidad inicial se la da Bachelet, pero su
reputación la irá construyendo cuando los legisladores -incluidos los de
oposición- lo reconozcan como un ministro consciente de las necesidades, pero
también preocupado de los equilibrios. Si bien la muñeca política del gobierno
generalmente está en La Moneda (Zaldívar, en este
caso), en la medida que demuestre habilidades políticas para generar lealtades
y construir confianzas (en tanto se convierta en un portero firme pero
razonable) Velasco logrará que sus iniciativas se conviertan en leyes en el
Congreso.
Los ministros de Hacienda
no lograron convertirse en los grandes operadores políticos de los tres
gobiernos anteriores, parcialmente por la tendencia natural a que el poder se
concentre en La Moneda. Pero la falta de habilidad política de sus titulares
anteriores contribuyó a que Hacienda concentrara más poder técnico que
político. Foxley fue siempre más técnico que
político. En los 80, Cieplan era más conocido y
respetado en los círculos académicos que entre los militantes y directivos del
PDC. Aninat demostró pocas habilidades políticas
antes, durante y después de su paso por Hacienda. Si bien militó en su
juventud, cuando se convirtió en tecnócrata, Eyzaguirre
trató su militancia de la misma forma que su talento musical, como un hobby
ocasional. En cambio, si Velasco logra demostrar mayores habilidades políticas
que sus predecesores, podrá romper la tradición concertacionista
de que el poder se concentra siempre en La Moneda. Y algunas señales ya ha enviado. Aunque muchos daban a Mario Marcel como seguro
titular de Hacienda, seis meses después de aterrizar en Chile, y habiendo
sudado la gota gorda en la campaña, Velasco fue el elegido. Y aunque es
formalmente independiente, tanto el PPD como el PRSD lo sienten como muy
cercano. Incluso sus amigos economistas PDC ex Cieplan,
y no pocos liberales del PS, quisieran verlo militar en sus filas.
Después de Bachelet
Cuando se
convirtió en profesor de Harvard antes de cumplir 40
años, le pregunté a Velasco qué se hacía en la vida después de llegar a ser
profesor de la universidad más prestigiosa del mundo. Me dijo que se seguía
haciendo lo mismo, intentar dejar una huella y un legado positivo. Desde Harvard sería más fácil. Pero el desafío era el mismo.
Ahora, cuando
llega a Teatinos 120, Velasco tiene la gran posibilidad de dejar un legado
positivo y trascendental para Chile. El país que debió abandonar como
adolescente acompañando a sus padres al exilio le entrega ahora las llaves del
tesoro nacional. Ningún puesto en el gabinete tiene más influencia en las tasas
de crecimiento futuro y en las políticas sociales. El ministro de Hacienda es
el piloto que necesita toda capitana para llevar las riendas del país. En la
medida que haga bien su trabajo de evitar aguas turbulentas, su cercanía a la
capitana será mucho menos controversial. Pero si quiere contribuir a dejar un
buen legado, tiene que ganarse la confianza del resto de la tripulación. La
enorme confianza que ha depositado Bachelet en él
constituye una gran oportunidad. Pero para llevar al país a un nuevo nivel de
desarrollo, Velasco necesita también ganarse la confianza de otros tripulantes
que, aunque prefieran distintas velocidades y tengan prioridades diferentes,
también quieren llevar a feliz término la travesía.
El año 2003,
Andrés y yo co-escribimos un artículo (“The Politics of
Second Generation Reform” en After the Washington Consensus: Restarting Growth and Reform in Latin America editado por Pedro Pablo Kuczynski
y John Williamson) sobre
los desafíos que enfrentaba la aplicación de las reformas de segunda generación
en América latina. Desde mejores marcos regulatorios
hasta sistemas judiciales más accesibles y eficientes, desde mejores escuelas y
hospitales hasta mayor transparencia y efectividad en los actos de gobierno,
las reformas de segunda generación presentan desafíos mucho más complejos y
difíciles de realizar que las reformas de primera generación (banco central
independiente, control de la inflación, liberalización de los mercados). Pero
de su exitosa adopción depende el futuro de la región. Para que Chile alcance
el desarrollo económico antes hay que adoptar exitosamente las reformas de
segunda generación.
Hoy, cuando le
toca a él ocupar el lugar de ministro de Hacienda, Velasco debería acordarse de
un consejo que dimos en el artículo: “las posibilidades de éxito de las
reformas mejorarán si son implementadas por tecnócratas capaces que permitan a
los presidentes cosechar los beneficios de reformas exitosas y se atrevan a
pagar ellos los costos políticos de los fracasos”. Porque el ministro de
Hacienda es después de todo empleado de la presidenta, Velasco debiera mantener
esa actitud que adoptó durante la campaña. Mientras mejor ministro sea, más
debe subrayar los méritos de Bachelet. Sus éxitos
siempre deben ser atribuidos a Bachelet, mientras que
los fracasos y los errores deberán ser asumidos por él personalmente. Mientras
mejor entienda eso, más lucido será su desempeño y más poder personal podrá
tener él después que acabe -siempre después, no cuando esté terminando- el
período de Bachelet en La Moneda.