La iglesia católica en cuatrienio laico
Patricio Navia
Revista Capital,
#176, marzo 23, 2006
Ahora que el país
estará gobernado por mandatarios laicos por 10 años, la Iglesia Católica tiene una
inmejorable oportunidad para demostrar que sus posturas y mensajes reconocen la
creciente diversidad religiosa y la tolerancia social que han acompañado
nuestro celebrado desarrollo económico.
En la reciente
ceremonia religiosa ecuménica realizada con motivo del cambio de mando
presidencial, el arzobispo de Santiago, Cardenal Errázuriz
Ossa destacó algunos de los desafíos que enfrenta el
país: “Con el descenso de la natalidad se envejecen los países, pierden buena
parte de su alegría, con los años se desvanece su identidad cultural porque
necesitan inmigraciones masivas, y entra en crisis la seguridad social… Las
nuevas autoridades del país… prestando el valioso servicio que quieren
ofrecerle a la mujer y a la familia, tienen la gran oportunidad de alentar un
cambio en esta situación.” Si bien resulta
irónico que un país que se construyó por la inmigración empiece ahora a
expresar temor a la llegada de nuevos hombres y mujeres que se quieren sumar al
sueño chileno, el mensaje del Cardenal tiene un punto importante. Aunque evidencia
una preferencia por la planificación central, malentiende la relación entre el
crecimiento poblacional y la cultura, e ignora la existencia de un sistema
privado de pensiones, el llamado del Cardenal a que los chilenos tengan más
hijos apunta correctamente a centrar la atención en la familia chilena.
Por cierto, la
comprensible preocupación por el descenso en el número de niños que nacen en
Chile inevitablemente choca contra la libertad individual de cada persona de
participar del ciclo reproductivo. Los chilenos, experimentando lo mismo que
ocurre en todos los países que gozan de desarrollo económico sostenido, deciden
individualmente tener menos hijos y tenerlos más tarde. Además, más de la mitad
de los niños de este país ya nacen fuera del matrimonio (lo que no quiere decir
que nazcan fuera de una familia). Por eso, en la medida que los chilenos
aprendamos a valorar la diversidad en la conformación de las familias, podremos
avanzar decididamente para fortalecerla. Las familias fortalecidas podrán,
soberanamente, decidir cuántos hijos traer al mundo. Podrán ser menos niños,
pero debieran ser más felices y tener más oportunidades.
Errázuriz también llamó
a cimentar la paz “sobre la base de los derechos humanos; de todos ellos. Pero
no basta con reclamar derechos para sí. Quien se contente con ello, forjará la
sociedad del egoísmo. Debemos reclamar preferentemente los derechos de los más
débiles.” El llamado del Cardenal es coincidente con las prioridades de la
Presidenta Bachelet, quien invitó a soñar con un gran
sistema de protección social para todos. La posición de la iglesia en defensa
del comunitarismo parece ser compartida por el nuevo
gobierno socialista.
Pero como la
caridad comienza por casa, el llamado del Cardenal a respetar a los más débiles
debe evidenciarse en una actitud pro-activa de la iglesia por demostrar respeto
a otros credos religiosos. Para ser consecuente con ese rechazo al egoísmo, la
iglesia católica debería compartir sus espacios de poder. Una forma pro-activa
de hacerlo sería, por ejemplo, realizando el Te Deum ecuménico de las fiestas
patrias en un templo protestante. Cuando uno quiere demostrar respeto a los
otros no basta con invitarlos a su hogar. También hay que estar dispuesto a
asistir al hogar del otro. Es cierto que la tradición nacional ha sido realizar
el Te Deum en la Catedral Metropolitana (y un acto en una iglesia evangélica
una semana antes). Pero era también tradicional que sólo los hombres llegaran a
la presidencia. En un año que se han roto históricas tradiciones, la iglesia católica
debería ayudar a terminar con tradiciones excluyentes. Por primera vez en su
historia, Chile debiera celebrar la diversidad de su fe religiosa en la fiesta
de independencia en una casa de adoración de una denominación distinta a la
católica. Porque el propio Cardenal señaló que “sólo si el ejemplo y la
enseñanza van más allá de la toma de conciencia de los propios derechos, y
abarcan también la capacidad de admirar y contemplar, de respetar y
solidarizar, de servir, perdonar y amar, solo así, se le abre caminos a la paz”,
corresponde a la iglesia dar el primer paso y apoyar el legítimo deseos de
otras denominaciones religiosas de ser anfitriones de la principal celebración
ecuménica que se realiza en el país el 19 de septiembre.