Alberto Fujimori y Bachelet
Patricio Navia
Revista Capital,
#181, junio 2, 2006
Porque el gobierno actuó con improvisación, la libertad bajo fianza de
Alberto Fujimori ha producido más ruido en Chile que en la campaña para las
elecciones presidenciales del Perú.
El legado de Fujimori es de dulce y agraz. Si bien el autogolpe de 1992 y
el excesivo poder de su asesor Vladimiro Montecinos permitieron la violación sistemática
de los derechos humanos, la historia tendrá también cosas buenas que decir del
gobierno de Fujimori. Históricamente la democracia peruana no ha podido
integrar a las enormes mayorías marginadas. La pobreza abunda en Lima y reina
en las provincias de mayoría indígena. La corrupción y los abusos han sido pan
de cada día. La ineptitud de algunos gobiernos—incluido el de Alan García—ha
batido récord en una región donde han abundando gobiernos ineptos. Por eso,
cuando Fujimori dio su autogolpe, pocos lamentaron el fin de la fallida
democracia peruana del ancien regime.
Si bien impulsó reformas económicas visionarias, Fujimori se ganó adecuadamente
el seudónimo de “Chinochet” pues, al igual que el dictador chileno, no supo
controlar los abusos a los derechos humanos. La Constitución de 1993, hecha a su
medida, no sentó las bases de una democracia saludable. Reaparecieron la corrupción y el abuso. Peor
aún, Fujimori demostró su débil apego a los valores democráticos cuando intentó
buscar—extra constitucionalmente—un tercer periodo en las presidenciales del
2000.
Porque Alejandro Toledo, el presidente electo el 2001, no supo aprovechar una
inmejorable situación económica para construir una mejor democracia y una
sociedad con menos pobreza y más oportunidades, la campaña presidencial del
2006 dejó en segunda vuelta a un ex presidente que lideró un gobierno
incompetente (que dice haber aprendido de sus errores) y a Ollanta Humala, un
autoritario e impredecible ex militar cuyo apoyo nace de la frustración popular.
Ese contexto de aparente inestabilidad política alimentó el temor que la
presencia de Fujimori en Chile pudiera transformarse en un factor de
desestabilización en Perú. Por ello, cuando Fujimori se animó a hacer
declaraciones sobre la segunda vuelta en su país, el gobierno de
Bachelet—liderada por la propia Presidenta—se apuró en exigir a Fujimori
guardar silencio. Presionada por el gobierno de Toledo, Bachelet se compró una
tesis equivocada.
Si bien Fujimori está más interesado en la victoria de García, los votos
del fujimorismo en Perú también piensan igual. Así, el efecto de los dichos de
Fujimori sólo dio municiones a Ollanta
Humala para enlodar a un García que evidentemente quiere los votos del
fujimorismo pero le incomoda el apoyo explícito de Fujimori. Porque tanto
Humala como García se distanciaron inmediatamente de Fujimori, las
declaraciones del ex presidente desde Chile sólo parecieron incomodar
fundamentalmente al Presidente saliente Toledo. Cediendo a la presión de este
impopular mandatario, el gobierno chileno salió a acallar a Fujimori con el
falsa e injustificado argumento que se tensionaban las relaciones entre los dos
países.
Lamentablemente, el gobierno de Bachelet no revisó ni el precedente
histórico (sometido a proceso en Argentina, Menem habló libremente de política
de su país cuando estuvo en Chile) ni los preceptos constitucionales que rigen
las garantías de las personas en libertad provisional. Peor aún, al enviar un
oficio al poder judicial, el gobierno innecesariamente puso un manto de duda
sobre la independencia de los poderes políticos en Chile. Como guinda de la
torta, la descoordinación de voces en el gabinete (Foxley lideró incómodamente
el silenciamiento de Fujimori, Zaldívar pareció inicialmente rechazar la
posibilidad de amordazar al ex presidente, y Lagos Weber se sorprendió cuando
le preguntaron por qué los gobiernos de la Concertación dejaron hablar a Menem
pero no a Fujimori) dejó en evidencia la fragilidad en el manejo de crisis que
ha caracterizado a este gobierno.
Los dichos de Fujimori causaron mucho más revuelo en Chile que en el Perú (donde
se entiende que Fujimori está pensando más en el 2011 que en el 2006) porque al
responder más a las presiones de Toledo (que ve a Fujimori como su posible rival
futuro) que a la compleja realidad político peruana, el gobierno de Bachelet
dejó una vez más en evidencia descoordinación, falta de planificación e incluso
improvisación a la hora de enfrentar problemas.