Elecciones empatadas
Patricio Navia
Revista
Capital, #184, julio 14, 2006
La
disputada elección presidencial mexicana del 2 de julio ha dejado lecciones
importantes para todas las democracias presidencialistas. Además de subrayar la
importancia de tener segunda vuelta, la reñida contienda también ha dejado en
evidencia la necesidad de una institucionalidad autónoma que esté a cargo de
todo el proceso electoal. Si en Chile tuviéramos una
elección presidencial igualmente reñida, la credibilidad del Ministerio del
Interior como institución que recopila y anuncia el conteo de votos sería
comprensiblemente puesta en duda y nuestra democracia sería sometida a una innecesaria
tensión.
Al igual
que Chile, México tiene un sistema presidencial. Si bien el periodo dura seis
años, las atribuciones del primer mandatario son menores a las que posee el
presidente en Chile. Junto a las presidenciales del 2 de julio, los mexicanos
renovaron también a sus 500 diputados y
a sus 128 senadores. Como la re-elección inmediata no está permitida para
ningún nivel de representantes, el próximo congreso tendrá sólo caras nuevas
(aunque hay mucho de sillita musical con reciclajes de legislaturas estatales,
gobiernos locales y ex parlamentarios). Comprensiblemente, resulta difícil para
cualquier presidente aprovechar a cabalidad su luna de miel cuando el Congreso
está recién aprendido a funcionar. La prohibición de la re-elección inmediata
para los legisladores constituye un evidente error en el diseño institucional
mexicano.
Peor aún,
porque México no tiene el requisito de mayoría absoluta para ganar la
presidencia (no hay segunda vuelta), los mandatarios pueden llegar al poder con
un apoyo minoritario del electorado. En 2000, Vicente Fox obtuvo un 42,5%, y su
alianza de gobierno liderada por el PAN logró 221 (de 500) diputados y 51 (de
128) senadores. Fox se vio obligado a gobernar como un presidente minoritario
en un congreso donde su partido tampoco tenía mayoría. No debiese sorprender
que, aunque mantuvo una popularidad relativamente alta durante el periodo, Fox
no logró construir un legado de reformas legislativas que permitieran a México
avanzar sólida y decididamente por el sendero del crecimiento económico. Aún
así, ya que fue el primer presidente mexicano en 70 años que no provenía de las
filas del PRI, Fox gozó de una legitimidad democrática incuestionable.
La situación
hoy es radicalmente diferente. Los dos principales candidatos, Andrés Manuel
López Obrador del izquierdista PRD y Felipe Calderón Hinojosa del derechista PAN
rápidamente reclamaron la victoria. El conteo oficial del Instituto Federal
Electoral (IFE) puso al segundo con una leve ventaja de 0,4% sobre el primero.
Pero López Obrador anunció que impugnaría los resultados. Felizmente, el hecho
que el IFE sea independiente y autónomo del gobierno le otorga una
incuestionable credibilidad al conteo. Aún así, por la historia de
intervencionismo electoral que caracterizó a México, las sospechas de fraude no
se han dejado esperar. Pero si el IFE no tuviera la autonomía que tiene, las
sospechas ya se habrían convertido en creíbles acusaciones de intervención
electoral por parte del gobierno.
En Chile,
el proceso electoral se realiza con la supervisión del débil y mal financiado
Servicio Electoral (SERVEL) y los resultados son informados por el Ministerio
del Interior (aunque son ratificados después por el Tribunal Calificador de
Elecciones). O sea, no existe total independencia y autonomía de los organismos
que regulan e informan sobre el proceso electoral. Si tuviéramos una elección
tan competida como la que ocurrió en México, la credibilidad del Subsecretario
del Interior anunciando una ajustada victoria del candidato oficial sería
comprensiblemente puesta en duda por el candidato perdedor. Es verdad que la
existencia de una segunda vuelta constituye una ventaja para Chile (es más
difícil que en segunda vuelta se de una contienda tan ajustada como a veces
ocurre en primera vuelta). Pero aún así las falencias de nuestro diseño
institucional son evidentes. A menos que fortalezcamos al SERVEL y reasignemos
la responsabilidad de controlar el proceso—incluida la información sobre los
resultados—desde Interior al SERVEL, la nuestra seguirá siendo una
institucionalidad democrática vulnerable.
Dada la forma en que hoy se cuentan los votos, se recopilan los
resultados y se anuncian públicamente, una elección presidencial muy ajustada
nos produciría tantos o más dolores de cabezas que los que ha experimentado
México en estos últimos días.