Chupasangres
Patricio Navia
Revista Capital, #188,
septiembre 8, 2006
Porque el
principal escollo para lograr la reforma al sistema binominal
radica en que los propios afectados tienen que decidir las nuevas reglas del
juego, los parlamentarios debieran reconocer
sus conflictos de intereses y mandatar a un ente
independiente el diseño de la reforma al sistema electoral.
Entendido como persona
codiciosa que abusa o se aprovecha de los demás, el término chupasangre
recientemente hizo una abrupta entrada a la jerga política chilena. Porque el
país experimentó demasiado dolor cuando la violencia física prosiguió a la
violencia verbal de la década de los 60, muchos correctamente pidieron moderación
en las declaraciones. Pero la acusación del Senador Escalona subrayó los
conflictos de intereses que tienen los empleadores al discutir el costo de la
mano de obra. Comprensiblemente, los empresarios buscan obtener el mayor margen
posible de ganancia en sus negocios. Si bien todos quieren empleados capacitados
y productivos, es imprescindible que lo hagan al menor costo posible. A su vez,
los empleados quieren el mejor salario posible en base a sus habilidades,
capacidades y productividad. Así como resultaría inaceptable que los
empleadores fijaran las regulaciones del mercado laboral, tampoco parece adecuado
que lo hagan los empleados. El estado, a través del ejecutivo y del legislativo
(pero también del Tribunal Constitucional), está llamado a regular el mercado
laboral.
Pero si bien
todos entendemos los conflictos de interés que existen al discutir la
legislación laboral, algunos parecen menos dispuestos a entender otros
conflictos de interés con efectos potencialmente más nefastos para la sociedad.
Los parlamentarios tienen la potestad de discutir cambios al sistema electoral.
Pero como todos fueron electos gracias al sistema en vigencia, el binominal constituye una verdadera gallina de huevos de
oro. Si bien varios están a favor de una reformar, muchos quisieran que el binominal cambiara para todos los distritos salvo el
propio. A su vez, aunque muchos entienden la necesidad de automatizar—o al
menos facilitar sustancialmente—la inscripción electoral, la mayoría preferiría
no alterar el universo electoral de sus propios distritos. Pese a que todos
saben que se viola flagrantemente el principio de “una persona, un voto,” nadie
quisiera tener que obtener más votos de los que logró la última vez para
resultar electo.
Es por eso que
las recientes conversaciones y propuestas sobre reformas al binominal
han involucrado esencialmente a actores que no están físicamente presentes en
el parlamento. Desde Sebastián Piñera y Joaquín Lavín hasta la Comisión Boeninger,
el principal elemento común denominador es que ellos no fueron electos a través
del sistema binominal. Peor aún, cuando los
parlamentarios han realizado propuestas, lo han hecho a favor de reformas
contrarias a los saludables objetivos de la democracia.
La democracia
supone, antes que nada, competencia. Si bien la representatividad y la
gobernabilidad son esenciales, un sistema electoral no competitivo debilita
también la democracia. Con el binominal, los partidos
y las coaliciones—mucho más que los electores—determinan quién llegará al
parlamento. Gracias a artimañas como “competencia regulada” o “distritos calados”,
las dos grandes coaliciones han sabido aprovechar las distorsiones del binominal para apropiarse del poder de elección.
Porque cualquier
reforma que mejore el binominal debiese introducir mayor
competencia, los propios parlamentarios son los menos indicados para adoptarla.
Así como no podemos pedir a empresarios o empleadores que regulen unilateralmente
el mercado laboral, resulta inviable suponer que los parlamentarios resistirán
la tentación de preocuparse más por mantener sus puestos que de tener un
sistema electoral más competitivo. De ahí que resulte conveniente que, emulando
a Ulises que se ató al mástil, el Congreso entregue la facultad de reformar el
sistema electoral a un organismo independiente (el propio tribunal
constitucional o una comisión pluralista de notables) capaz de velar por los
intereses del electorado. Esta comisión podría realizar una propuesta que
busque balancear gobernabilidad, representatividad, transparencia y competencia
y que solo pueda ser aprobada o rechazada—no modificada—por el Congreso. Solo
así evitaremos que los conflictos de interés evidente que afectan a los
parlamentarios terminen por convertirlos, metafóricamente, en chupasangres más preocupados de su propio beneficio que de
la consolidación democrática del país.