Plebiscito
Patricio Navia
Revista Capital, #189,
septiembre 22, 2006
Si bien nuestra
constitución no facilita la celebración de plebiscitos, un incipiente debate se
beneficiaría tremendamente si los ciudadanos tuvieran más injerencia directa en
los cambios al diseño institucional. Más que ningún otra reforma, la decisión
sobre la elección directa de Intendentes perfectamente pudiera ser sometida a
un referéndum.
Hace unas
semanas, la Presidenta Bachelet cándidamente sugirió
que la ciudadanía debiese tener la última palabra sobre el cambio al sistema
electoral. Porque la Concertación siempre ha querido modificar el sistema binominal, el gobierno actual se ha empecinado en terminar
con lo que muchos consideran el último vestigio del complicado aparato institucional
que cuidadosamente diseñó la dictadura antes de dejar el poder. Después de negociar
reformas constitucionales que terminaron con los senadores designados,
redujeron la influencia del Consejo de Seguridad Nacional y fortalecieron la
autoridad civil sobre los militares, el Presidente Lagos sugirió que, a su modo
de ver, la transición había terminado. Aunque los laguistas
más entusiastas temerariamente sugirieron que teníamos una nueva Constitución,
algunos pesimistas alegaron que mientras el sistema binominal
siguiera vigente, nuestra democracia seguiría coja.
Desde el inicio
de su gobierno, Bachelet ha priorizado la reforma
electoral. El entonces Ministro del Interior Andrés Zaldívar
encargó al respetado Edgardo Boeninger la formación
de una comisión que propusiera una reforma electoral. Si bien el Informe de esa
comisión fue rechazado por diversos sectores, el debate sobre la reforma electoral
se mantuvo en la agenda política. La decisión de RN de sentarse a conversar un
‘perfeccionamiento’ al sistema electoral anticipa que un cambio al binominal es posible. Aunque la declaración de Bachelet sobre el plebiscito temporalmente frenó las
negociaciones, el posterior silencio de la Presidenta ha permitido que la Concertación,
RN e incluso el PC se sienten a una mesa de negociación para reformar el
sistema.
Si bien algunos
temen que la reforma introduzca demasiada representatividad en desmedro de la
gobernabilidad, la presencia de RN debiera ser suficiente garantía de que la
gobernabilidad seguirá siendo una prioridad. En cambio si es relevante la
preocupación sobre un posible contubernio de los partidos que, en aras de la
representatividad, reduzcan la competencia restringiendo la capacidad de
elección de los votantes. Pero en tanto no haya una propuesta concreta, la mesa
de negociación debe recibir el beneficio de la duda.
Inteligentemente,
aprovechando de tomar la iniciativa, RN ha puesto en la mesa de negociación una
propuesta que busca fortalecer y legitimar los gobiernos regionales: la
elección directa de los Intendentes. Los beneficios de esta propuesta son
numerosos. La discusión sobre la re-elección presidencial, por ejemplo, tendría
más sentido si el gobierno central pierde la capacidad actual de nombrar Intendentes.
Resulta más difícil usar recursos del estado para lograr la re-elección
presidencial cuando los Intendentes constituyen un efectivo contrapeso
democrático. A su vez, se reducirá nuestro presidencialismo exacerbado cuando los
legisladores—sabiendo que los Intendentes tendrán ventajas comparativas al distribuir
recursos en las regiones—se dedican más a hacer leyes que a oficiar de
visitadores sociales de sus distritos.
Pero así como hay
intereses creados que se oponen a una reforma al sistema electoral, la elección
directa de Intendentes tiene muchos enemigos naturales: desde senadores que ven
en los futuros Intendentes a potenciales rivales hasta el gobierno central que
correctamente teme perder influencia en las regiones. Amparados en el
convincente argumento del centralismo fiscal, los opositores montarán una
formidable resistencia a esta iniciativa de descentralización. Peor aún, ya que
es quien más pierde, el ejecutivo parece menos interesado en la elección
directa de Intendentes.
Por eso, dadas
sus preferencias por instancias de democracia directa, Bachelet
debería considerar la limitada posibilidad de plebiscitos que existe en la
Constitución para permitir que sea la gente la que decida sobre la elección democrática
de los Intendentes regionales. A diferencia del cambio al sistema electoral
(donde las opciones alternativas son innumerables y técnicamente complejas), la
elección directa de Intendentes se presta fácilmente para un plebiscito donde Bachelet pueda poner en práctica su promesa de
participación ciudadana.