Lula, Brasil y las expectativas
Patricio Navia
Revista Capital,
#190, octubre 6, 2006
Después de un
primer periodo que empezó mejor de lo que terminó, Lula obtuvo una votación tal
en la primera vuelta de la elección presidencial para entender que, sin tener
muchas expectativas, Brasil parece resignado a darle una segunda oportunidad.
Cuando Lula
asumió la presidencia en enero de 2003, el mundo entero esperaba que este ex
obrero metalúrgico pudiera liderar a su país por el sendero del crecimiento
económico y la reducción de la pobreza y de la desigualdad. En una celebrada visita
al Foro Económico Mundial en Davos, revestido de una
incuestionable legitimidad social y electoral, Lula parecía ser el líder que
Brasil tanto necesitaba. Su sabia decisión de mantener las políticas
macroeconómicas de su predecesor F. H. Cardoso fue
ampliamente celebrada en el mundo financiero. Su anunciado énfasis en combatir
la pobreza y reducir la desigualdad
también recibió un merecido apoyo internacional.
Pero Lula
demostró ser más hábil haciendo campañas que forjando las necesarias alianzas
que necesitaba para lograr que sus iniciativas se convirtieran en realidad. La
lamentable falta de unidad de su propio Partido de los Trabajadores (PT), donde
muchos se sintieron traicionados por el compromiso con la disciplina fiscal, y
el endémico problema de indisciplina en el fluido sistema de partidos políticos
de Brasil constituyó una barrera que Lula nunca logró superar. Porque la
práctica tradicional para lograr mayorías parlamentarias ha consistido en la
compra de votos en el parlamento—ya sea a través de programas de gastos que
benefician a jefes políticos estaduales o simplemente por favores directos a los
legisladores—el gobierno de Lula se vio obligado a forjar alianzas y, literalmente,
“transacas” con partidos regionalistas y con políticos
interesados en apropiarse de una porción de la torta estatal que alcanza a casi
un 40% del producto bruto nacional. Lula terminó siendo víctima de los nefastos
incentivos institucionales en un país donde el estado se ha convertido en un
freno—más que en un aliado—del desarrollo.
Pero de nada
sirve echarle la culpa al empedrado. Lula siempre supo que enfrentaría esos
desafíos. No obstante, la forma en que decidió abordarlos demostró que su evidente
compromiso con los más pobres no era acompañado de la habilidad necesaria para
convertir sueños en realidad. Peor aún, ya que desde su fundación en los 80, el
izquierdista PT había estado tradicionalmente marginado del poder político federal,
Lula se había posicionado exitosamente como el campeón de la campaña
anticorrupción. Una vez en el poder, el PT cayó víctima de la misma tentación a
aprovecharse de la enorme discrecionalidad que existe en la institucionalidad
brasileña para el beneficio de sus propios intereses. “Ya no hay vírgenes en
Brasil”, denunció un analista de ese país, tratando de ejemplificar que el
gobierno del PT había sido contaminado por los mismos vicios que afectaron a
anteriores administraciones.
La falta de
fuerza innovadora primera y los desastrosos efectos negativos de denuncias de
corrupción después terminaron por convertir a Lula en un presidente defensivo y
confundido. Durante la segunda mitad de su cuatrienio, Lula estuvo más
preocupado de lidiar con las acusaciones de corrupción que de promover
iniciativas que permitieran a Brasil aprovechar adecuadamente las buenas
condiciones económicas mundiales. El magro crecimiento económico y la oleada de
acusaciones de corrupción—que incluyeron nuevas y complicadas revelaciones 24
horas antes de la jornada electoral—terminaron por arruinar lo que se esperaba
fuera una mayoría absoluta en la primera vuelta de la elección presidencial.
Después de haber
estado por meses punteando en las encuestas—con más de 20% de ventaja sobre el
conservador miembro de la elite paulista, el PSDB Geraldo
Alckmin—Lula cayó estrepitosamente en los sondeos en
días previos a la elección. El 48,6% logrado en primera vuelta lo obliga a una
segunda vuelta. Si bien retiene las mejores posibilidades para ganar, Lula sabe
que el pueblo brasileño le ha enviado una inequívoca advertencia. Si su primer
periodo fue de más a menos, para lograr la re-elección a fines de octubre, Lula
debe demostrar que también puede ir de menos a más. De lo contrario, Alckim podría derrotarlo a fin de mes. O aún peor, aún si
logra un segundo periodo, de no corregir rumbo, el recuerdo de Lula será el de
un presidente bien intencionado pero incapaz de ver su loable sueño de un
Brasil desarrollado y más igualitario convertido en una admirada y celebrada
realidad.