La familia en Chile
Patricio Navia
Revista Capital, #191,
octubre 20, 2006
Porque es la
primera preocupación de la gran mayoría de los chilenos y porque conservadores
y liberales se disputan el mejor derecho de protegerla y fortalecerla, la
defensa de la familia se transformará en un importante campo de batalla
electoral y político en nuestro país. Aquellos que primero encuentren una
definición adecuada y logren articular una propuesta creíble y atractiva en su defensa
tendrán una inmejorable ventaja en las futuras elecciones y podrán configurar
el tipo de sociedad que tendrá nuestro país para el bicentenario.
En una importante
contribución al debate, los cientistas sociales J.
Samuel Valenzuela, Eugenio Tironi y Timothy R. Scully recientemente
publicaron un volumen editado con estudios propios y de investigadores de la
Universidad Alberto Hurtado. El eslabón
perdido: Familia, modernización y bienestar en Chile (Taurus
2006) llena un enorme vacío en la literatura especializada, pero también en el
foro de debate público. Con acuciosas y sólidas investigaciones, los autores
analizan desde el lugar de la mujer en la economía y el mercado de trabajo
hasta los patrones de natalidad de nuestra sociedad. Por ejemplo, en un
cuidadosamente elaborado capítulo, J. Samuel Valenzuela (posiblemente el más
influyente sociólogo político chileno de las últimas décadas) aborda la
relación que pudo existir entre las instituciones de bienestar que diseñó Chile
a comienzos del siglo XX y el crecimiento que experimentó nuestro país durante todo
el siglo. En una provocadora comparación entre Chile y Suecia (países que hace
cien años tenían niveles de desarrollo económico bastante comparables),
Valenzuela alega que de haber tenido instituciones de bienestar mejor diseñadas
y más conducentes a la protección de los niños y los ancianos, Chile podría
haber tenido menores niveles de crecimiento poblacional y también mayores
niveles de desarrollo durante el siglo XX. Aunque los discursos en defensa de
la familia nunca estuvieron ausentes del país, en la práctica las políticas
públicas del estado no contribuyeron a fortalecer las familias privilegiando a
los más débiles.
El eslabón perdido entrega datos, insumos e ideas para todos
aquellos intrigados por el debate sobre la familia e interesados en proponer
ideas conducentes a fortalecerla y protegerla. Independientemente del
conservadurismo o liberalismo de cada lector, ya que esclarecen la realidad de
la familia chilena las contribuciones de este libro son esenciales para
elaborar propuestas, ya sea que busquen fortalecer las familias tradicionales o
bien quieran hacerse cargo de la existencia de una diversidad de núcleos
familiares distintos. Aunque los autores plantean lineamientos generales en
forma de propuestas, este libro puede ser texto de ayuda para aquellos que sueñan
con el ideal (que aparentemente nunca fue demasiado mayoritario en Chile) de
una familia con papá trabajador, mamá en la casa e hijos estudiando. Pero El eslabón perdido también resulta
iluminador para aquellos que, abrazando ideas liberales, buscan legitimar una
definición más pluralista, incluyente y amplia de familia. Desde los
simpatizantes del retirado y conservador Cardenal Jorge Medina hasta los
aliados de la Jueza Karen Atala en su lucha por
construir una familia junto a su pareja lesbiana, el lector encontrará
argumentos poderosos y datos esenciales para participar informada e
inteligentemente en el debate público sobre cómo fortalecer a la familia.
Naturalmente, los
primeros que debiesen leer esta importante contribución son los hacedores de
políticas públicas, funcionarios de gobierno y parlamentarios de todos los
sectores. Los planteamientos, ideas e información que se pueden obtener de El eslabón perdido probablemente
llevarán a muchos a repensar dogmas sobre qué es y debiera ser una familia y cómo
defenderla. Así también, convencerán a muchos otros de la esencial importancia
de diseñar políticas públicas que fortalezcan este núcleo esencial de la
sociedad. No por nada, la mayoría de los
individuos soberana y libremente optan por formar familias para darle un mayor
sentido a sus propias existencias. Si aquellos que aspiran a dirigir el país—y
ganar elecciones—logran diseñar propuestas de políticas públicas a favor de la
familia que sean atractivas para todos aquellos que ya han constituido sus
propios núcleos (no siempre tradicionales) y que valoran altamente sus
familias, el caudal de beneficios electorales no se hará esperar.