Doble militancia parlamentaria
Patricio Navia
Revista Capital,
#195, diciembre 15, 2006
Las obligaciones
de los parlamentarios debieran incluir la dedicación exclusiva. La doble
militancia en bufetes de abogado—o actividades empresariales—inevitablemente despierta
dudas sobre la transparencia y las prioridades de los legisladores.
Durante la
campaña presidencial de 2005, parlamentarios de la Concertación y de la UDI
abiertamente criticaron los conflictos de interés que podían existir entre la
condición de empresario de Sebastián Piñera y sus aspiraciones presidenciales. El
gobierno de Lagos prometió el envío de una ley de fideicomiso ciego. Aquellos
involucrados en estos potenciales conflictos de interés deberían entregar el
manejo de sus intereses económicos a un trust fund que operara sin comunicarse
con el interesado. El gobierno nunca convirtió esa idea en una prioridad y
después del triunfo de Bachelet, todos se olvidaron de esos potenciales
conflictos de interés.
Pero al anunciar
nuevas medidas a favor de la probidad y la transparencia, la Presidente
Bachelet extendió la noción de conflictos de interés a las actividades extra
parlamentarias que realizan senadores y diputados. Utilizando el conocido caso
de los parlamentarios que mantienen relación con sus bufetes de abogados,
Bachelet reflotó el tema de la percepción de probidad y los conflictos de
interés. Para avanzar en el sendero de una mayor probidad y transparencia,
Bachelet propuso que la tarea legislativa sea de dedicación exclusiva.
Muchos parlamentarios
han expresado su oposición a la propuesta—¿por qué aceptar rebajar sus ingresos
sólo por mejorar la percepción de probidad?—y han planteado diferentes
argumentos para justificar su dedicación part-time al Congreso (que por cierto
paga sueldo full time). Incluso hay parlamentarios que alegan ejercer como
abogados ad honorem en causas justas. Pero cada hora de trabajo dedicada a
estudiar dichas causas son horas perdidas de labor parlamentaria. Sería
inconcebible que Bachelet dedicara unas horas a la semana a ejercer como
pediatra o que Andrés Velasco dedicara 5 horas de oficina a la semana, ad
honorem, para asesorar a una junta de vecinos interesada en invertir mejor sus
ahorros. Por cierto, los parlamentarios que gratuitamente prestan servicios a
la comunidad como médicos o abogados debieran abandonar esas prácticas. Además
de tener un efecto real marginal, alimentan la percepción que el trabajo
legislativo consiste más en ser asistente social (de ahí las máquinas de
operadores políticos dedicados a entregar servicios a la gente) que en
construir nuevas y mejores leyes para el óptimo funcionamiento de la sociedad.
La experiencia
comparada es decidora. Las democracias más establecidas, transparentes y
legitimadas son aquellas donde la actividad política está claramente separada
de otros ejercicios profesionales. Además de existir leyes claras que regulan
el lobbying—legislación que en Chile todavía sigue siendo una promesa
incumplida de la Concertación y de la Alianza—las democracias saludables tienen
mecanismos que aseguran la transparencia en el ejercicio público. Muchos países
exigen a sus legisladores hacer públicos no solo sus patrimonios sino también
sus declaraciones anuales de ingresos. Otros hacen incompatible la tarea de
legislador con otros ingresos remunerados. No pocos tienen leyes de fideicomiso
ciego que obligan a los parlamentarios a entregar su patrimonio económico a una
empresa especializada durante el periodo que ellos permanezcan en sus cargos.
Pero en Chile
estamos lejos de esos ideales de probidad. Nuestros parlamentarios rgularmente ejercen
y facturan por diferentes asesorías, realizan negocios (a menudo utilizando
información privilegiada) y directa o indirectamente aprovechan sus
investiduras para darle más importancia y acceso a las empresas a las que están
asociados. Ser socio comercial de un legislador siempre abre puertas
adicionales.
En Chile hemos
avanzado en lograr consolidar una democracia y cada día derribamos obstáculos
para emparejar la cancha y mejorar nuestros niveles de transparencia. Pero no
podemos olvidarnos del congreso. Ya que es una de las instituciones
democráticas con peor reputación y la probidad de sus miembros está siendo
crecientemente cuestionada por la opinión pública, hay que introducir reglas que
aseguren que la actividad parlamentaria sea de dedicación exclusiva, que haya
más transparencia en el financiamiento de las campañas pero también en los ingresos
de los parlamentarios, y que los fideicomiso ciegos y la regulación del lobbying
se conviertan en una realidad pronto.