Patricio
Navia
Capital,
#199, marzo 9, 2007
El gobierno
no tendrá mucho tiempo para celebrar su primer año. Michelle Bachelet necesita urgentemente retomar el control de la
agenda política para evitar que su legado se limite a haber sido la primera
mujer en La Moneda. Si bien el día que recibió la banda presidencial siempre
será el más importante de su gobierno, Bachelet debe
redoblar esfuerzos para que su legado sume aciertos adicionales y minimice los
errores que han tenido a La Moneda en la defensiva por los últimos 4 meses.
El ser la
primera presidenta de Chile implica un difícil desafío para Bachelet.
Difícilmente algo que haga durante sus cuatro años podrá superar ese registro
en el apretado resumen de la historia. Por eso, más que ninguno de sus
antecesores, Bachelet debe combatir el síndrome del
pato cojo. Cuando en cándidas declaraciones aseguró que este gobierno duraría
dos años, Bachelet apuró innecesariamente el comienzo
del fin. Ya que estableció el 2007 como el último año útil de su gobierno, la
amenaza de convertirse en una presidente pato cojo ya comienza a asomarse. Si Bachelet no es capaz de tomar con firmeza el control de la
agenda en los próximos meses, el país será testigo del inicio de una
innecesaria y desgastadoramente larga carrera
presidencial.
En 2006 Bachelet tuvo más errores que aciertos. Su estrategia de
privilegiar la participación ciudadana demostró estar equivocada. Después de
las protestas estudiantiles y el tempranero cambio de gabinete, La Moneda dejó
de hablar del gobierno ciudadano. Si bien la Presidenta contribuyó a
desperfilar las iniciativas en pro de mayor participación al sugerir un
plebiscito para reformar el sistema binominal
(reforma que, por cierto, ahora parece ya olvidada), la ausencia de una
propuesta razonable para fortalecer la sociedad civil terminó por agotar ese
discurso. Lamentablemente, el gobierno dejó pasar la oportunidad de
concentrarse en reformas institucionales que hicieran más transparente y
competitivo el sistema de partidos políticos. Al final, nos tenemos ni
iniciativas para fortalecer la sociedad civil ni reformas que mejoren la
calidad de nuestras instituciones de democracia representativa. La guinda de la
torta en el fallido esquema de participación ciudadana fue la forma en que se
terminó de implementar el Transantiago: ignorando a
los usuarios y con el gobierno de vacaciones.
Correctamente,
la Presidenta Bachelet quiso complementar el énfasis
en crecimiento económico que caracterizó a sus predecesores con la construcción
de una red adecuada de protección social. La comisión para la reforma del
sistema de pensiones, la comisión de la infancia (dirigida por el economista
Jaime Crispi, un gran servidor público cuya temprana
muerte todavía causa dolor) y las numerosas iniciativas para mejorar y
fortalecer un estado benefactor moderno fueron prioridades en su agenda. Porque
el país venía creciendo a un ritmo saludable y porque las condiciones externas
eran inmejorables, tenía sentido poner el énfasis en políticas de redistribución.
Después de
las protestas estudiantiles—y en parte motivados por las confusas señales de
liderazgo de La Moneda—los actores económicos comenzaron a dudar y el
crecimiento se estancó. Pese a los esfuerzos del Ministro Andrés Velasco, el
enfriamiento de la economía llevó a muchos a pedir cambiar el énfasis desde la
distribución hacia el crecimiento. En vez de entender ese problema como una
oportunidad, Bachelet no supo aprovechar la
coyuntura. La Presidenta entregó a Velasco todo el poder de la política
económica. Comprensiblemente, ella seguía preocupada de la cuestión social.
Pero al no convertir al crecimiento en su primera prioridad, Bachelet permitió que se fortalecieran aquellos que quieren minimizar el papel del
estado en reducir la desigualdad. Si en cambio hubiera pospuesto para su
segundo año las iniciativas sociales y se hubiera centrado en apoyar
iniciativas a favor del crecimiento, hoy Bachelet
tendría mucho más capital político para impulsar mejoras en la red de
protección social.
Si bien sus
tropiezos casi siempre respondieron a errores no forzados (como la innecesaria
polémica sobre Chávez en la ONU o el mal manejo de la crisis del PPD y de Chiledeportes), Bachelet también
debió lidiar con una deteriorada coalición de gobierno. La muerte de Pinochet
subrayó la urgente necesidad de renovación en la Concertación de Partidos por
la Democracia. La Concertación se ha convertido en una coalición adversa al
cambio, temerosa e internamente conflictiva. La gran ventaja de gobernabilidad
que siempre demostró respecto a la Alianza derechista ha tendido a
desvanecerse. Desde las propuestas a favor de la elección directa de
intendentes hasta los llamados para reformas profundas del estado, las nuevas
iniciativas para fortalecer la democracia ya no son patrimonio de la
Concertación.
Aunque los
tropezones marcaron el primer año, Bachelet también
tuvo momentos notables y semanas ganadoras. La decisión del Ministro Bitrán, secundada por Andrés Velasco y Bachelet,
de no construir el puente hacia Chiloé le granjeó apoyo y admiración. La
firmeza de Velasco frente a la presión por reducir los impuestos a la gasolina
también dejó en claro que cuando el gobierno se pone firme, la galería (después
de los reclamos iniciales) termina aplaudiendo. La serena firmeza de Bachelet cuando decidió la entrega gratuita de la píldora
del día también constituyó un momento ganador (aunque un mejor manejo podría
haber minimizado el descontento de la DC.) Recientemente, la solidez del
Ministro Espejo en las primeras semanas del Transantiago
también rendirá frutos (que Bachelet no podrá
cosechar por haberse ido incomprensiblemente de vacaciones en el peor momento.)
Cuando el
gobierno se prepara para cumplir su primer año en La Moneda, las evaluaciones
no pueden ser autocomplacientes. Bachelet realizó el
cambio de gabinete más apresurado desde el retorno de la democracia. Peor aún,
los propios errores del gobierno enseguida comenzaron a alimentar rumores sobre
un nuevo cambio. Llevamos casi un año sin Contralor debido a la incapacidad
para lograr acuerdos de la Ministra de la Secretaria General de la Presidencia.
El ministro del Trabajo parece más interesado en entrar a La Moneda que en
modernizar la ley para incentivar el empleo. El gobierno se ha dado varias
volteretas respecto a la energía nuclear. Nadie entiende bien cuál es la
política exterior chilena. Si bien Foxley tiene las
cosas claras respecto a dónde debemos estar y quiénes son nuestros amigos, sus
posturas parecen poco populares en La Moneda. Peor aún, los errores del propio
Canciller (incluido el de los 9000 kilos de oro de Pinochet) han debilitado a
este economista que claramente se siente más cómodo en Hacienda que en
Relaciones Exteriores. El titular de Justicia hace noticia cuando se pelea con
la Corte Suprema. La titular de Defensa brilla más por los chascarros que por
la retrasada reforma de las FFAA. La Ministra de Salud se pelea con los
parlamentarios DC por culpa de la píldora del día después. En Educación hay una
bomba de tiempo con uniforme de pingüino. El vocero de gobierno, hijo del
presidente anterior, tiene que salir a defender los errores de la pasada
administración. Aunque ha logrado armar un equipo leal y eficiente con Espejo
en Transportes, Bitrán en Obras Públicas y Ferreiro
en Economía, el titular de Hacienda Andrés Velasco no se arriesga a ocupar el
puesto de jefe de gabinete que evidentemente incomoda al Ministro del Interior
Belisario Velasco.
Es claro
que un ajuste de gabinete vendría bien, pero es más importante que Bachelet entienda que, de acuerdo al plazo auto-impuesto de
dos años para su gobierno, debe apretar el acelerador a fondo. A estas alturas
del partido, irse con calma y resignarse a que los libros de historia resuman
su legado como el de ‘la primera mujer en llegar a La Moneda’ constituye una
estrategia inaceptable y reprochable.