Jinete en la lluvia
Patricio Navia
Revista Capital,
198, febrero 23, 2007
En agosto de 2005,
Agustín Squella publicó un libro sobre sus años como
asesor presidencial de cultura del presidente Ricardo Lagos. Porque fue
publicado cuando el país estaba más preocupado de la cercana elección
presidencial que de evaluar el sexenio de Lagos, Jinete en la lluvia recibió mucha menos cobertura que la merecida.
Pero ahora que se acerca el primer aniversario del fin del gobierno de Lagos,
esta obra—que nunca tuvo la intención de constituirse en un análisis del
sexenio—se consolida como el texto mejor logrado entre todos los intentos por
resumir el legado del tercer presidente de la Concertación.
Agustín Squella es un pensador notable. Talentoso en su escritura y
brillante en su carrera, este hombre de letras de Viña del Mar y Valparaíso combina
en el papel, con magistral habilidad, el inapelable poder de las ideas bien
argumentadas con una ilustrada modestia. La pluma que exhibe sólo puede ser
sabiamente manejada por una eminencia. Y como suele ocurrir con aquellos cuyo
talento es tan evidente como inapelable, Squella
escribe con tanta erudición como cercanía con el lector, con tanto conocimiento
de causa como respeto por la audiencia.
En sus más de 400
páginas, Jinete en la lluvia analiza lo
que probablemente termine siendo el legado más importante de Lagos, el cambio
cultural. A través de una narrativa excepcionalmente amena, detallada,
rica—nunca excesiva—en metáforas, citas, referencias y reflexiones personales, Squella explica cómo se construyó una política que diera
cuenta—y promoviera el desarrollo—de la cultura en Chile. Al narrar desde cómo
se construyó la nueva institucionalidad legal hasta compartir su visión de
iniciativas simbólicas (como abrir las puertas de La Moneda o promover las
orquestas juveniles), Squella nos lleva por un ajetreado
recorrido de discusiones, debates, avances y retrocesos. Con su talentosa pluma,
Squella realiza, sin proponérselo, una crónica del
sexenio así como lo vio desde su ventana de asesor cultural presidencial. Sin siquiera
tocar algunos de los temas que posiblemente más se recuerdan del sexenio (los
acuerdos de libre comercio, el crecimiento económico, los escándalos de
corrupción), Squella delinea un admirable perfil del
ex presidente.
Ya que su honesto
objetivo es narrar, desde su perspectiva, los avances en política cultural, Squella indeliberadamente entrega una visión tan parcial
como cautivante de la personalidad del ex presidente. Y es que este porteño narra
mejor que la gran mayoría de los escritores profesionales. Por ejemplo, al contar,
casi como en un apartado, la resistencia de Lagos a la presión de Bush para
apoyar la guerra en Irak, Squella tácitamente postula
que el gran legado del ex presidente es precisamente la valoración de la
cultura chilena como la de un país digno que se atreve a convertir la cultura
en prioridad nacional.
Algunos
percibirán el texto de Squella como demasiado sesgado
en su admiración y respeto por Lagos. De a ratos, la narrativa parece ingenua
para aquellos más acostumbrados a las zancadillas de la política cotidiana. Pero
es ahí donde precisamente emerge la gran contribución histórica de este libro.
Porque lo suyo no es discutir la política, sino el legado cultural, Squella nos muestra a un Presidente que, si bien siempre
estuvo preocupado del día a día—como nos quedaba claro con su presencia
permanente en los medios de comunicación—nunca dejó de pensar en el legado que
quería construir.
El libro de Agustín
Squella no pretende ser un resumen del sexenio de
Lagos. Es más, ni siquiera pretende dar cuenta de todo lo que se hizo o dejó de
hacer en cultura. Lo suyo es simplemente una construcción personal, casi como
narrándole a sus amigos, sobre sus años como asesor cultural del presidente. En
esa tarea (donde la seducción de las palabras es tan genial que el lector legítimamente
termina sintiéndose parte de ese círculo de amigos), este profesor de derecho,
ex rector universitario, wanderino incorregible,
intelectual destacado, insigne columnista y recatado hombre público logra
producir una cuenta notable y admirable del legado cultural del sexenio de
Lagos. Aún para aquellos que, en su momento, sistemáticamente nos dedicamos a
subrayar los desaciertos y falencias de su gobierno, este brillante recuento
personal—con el que Squella se inscribe en lo mejor
de una tradición que ha tenido notables contribuciones en Chile—nos recuerda a
un presidente que, parafraseando al jinete del poema de Neruda que inspira su
título, se atrevió a liderar a sus compatriotas en soñar un país donde la
cultura podía ir más allá, más allá, más allá.