Patricio
Navia
Revista
Capital, abril 5, 2007
Michelle Bachelet sería una ombusdwoman de
lujo. La Presidenta tiene un liderazgo cercano que le permite ponerse del lado
de las personas. Su estilo le permite desasociarse de las autoridades de
gobierno y convertirse en una defensora de la gente. Por eso que cuando la
Presidenta ve que algo no funciona, su primera reacción es indignarse para
solidarizar con las personas que ven sus derechos vulnerados o que no reciben
la atención que merecen.
En varias
ocasiones ya, Bachelet ha expresado su indignación
ante hechos inaceptables. Desde los abusos de la policía a fines de mayo de
2006 hasta los casos de corrupción en octubre de 2006, desde su molestia por la
incapacidad de sus ministros para anticipar problemas hasta los errores en el
diseño e implementación del Transantiago, la
Presidente ha usado el recurso de la indignación para demostrar que está del
lado de la gente. Pero al hacerlo, también aprovecha de esquivar las
responsabilidades que le caben a ella como jefa de gobierno.
Los
presidentes son responsables políticos de los actos de su gobierno. Si fallan
los ministros, la responsabilidad última es de quien los nombró. Si fallan las
políticas públicas, la responsabilidad es de quién decidió su aplicación e
implementación. Por eso, aunque resulte comprensible que Bachelet
exprese su indignación cuando las cosas no van bien, es contradictorio que sea ella
quien se moleste con las cosas que hace su propio gobierno.
Este estilo
de liderazgo de Bachelet no es nuevo entre primeros
mandatarios. Fidel Castro siempre se posicionó como el defensor de los
verdaderos ideales de la revolución contra la ineficiencia e inoperancia de una
burocracia estatal incapaz de lograr que esos objetivos se convirtieran en
realidad. En general, los líderes revolucionarios buscan potenciar una imagen
de defensores de idearios fundacionales, enfrentados a fuerzas
contra-revolucionarias dentro y fuera del país. Hugo Chávez ha usado la misma
estrategia para explicar las falencias de su gobierno bolivariano. En Chile, Allende
también buscó potenciar ese estilo de liderazgo. Incluso hoy, muchos
izquierdistas atribuyen el fracaso del gobierno de la Unidad Popular a la falta
de compromiso de los partidos políticos afines.
Pero en
democracia estables que funcionan, los presidentes ocupan un papel similar al
de los CEO (gerentes generales) de las empresas. La responsabilidad por el
éxito y fracaso recae directamente en el CEO. Aunque todos sepan que se
necesita de equipos adecuados, estrategias correctas, un grado de buena
fortuna, y un excelente plan de negocios para lograr el éxito, la verticalidad
de mando de una empresa hace que los gerentes generales sean responsables de
lograr todo ello. Cuando algo no funciona, la culpa siempre es del jefe. En las
democracias presidencialistas consolidadas ocurre algo similar. Ya que los
presidentes tienen la potestad de nombrar ministros y otros personeros de
confianza, la verticalidad del mando hace que los aciertos y errores sean
responsabilidad de los mandatarios.
En
democracias presidencialistas, el Congreso funciona como un directorio de
empresa. Los parlamentarios establecen los grandes lineamientos y fiscalizan al
gobierno. Pero el día a día del país se maneja desde el ejecutivo. Los
electores son los accionistas, que escogen tanto a los miembros del directorio
(los partidos representan a los socios mayoritarios) como también al gerente
general. Pero cuando algo falla, los miembros del directorio responden a la
presión de los accionistas y los errores los paga el CEO. En ocasiones
extremas, en democracias consolidadas, el parlamento incluso puede remover al
presidente.
En nuestra
democracia presidencialista, el estilo de liderazgo de Bachelet
tiene resultados contradictorios. Mientras por un lado genera aceptación entre
los sectores más marginados que no se ven adecuadamente beneficiados por las
políticas públicas del estado, por otro lado genera confusión entre las elites.
Las elites intelectuales y económicas están más preocupadas del bottom line, por eso rechazan esta estrategia de refugiarse
en la indignación y esquivar el bulto, sin asumir las responsabilidades de
verticalidad de mando. Por eso, si mantiene su estilo Ombusdwoman,
Bachelet debería seguir disfrutando de altos niveles
de aprobación entre los sectores más populares a la vez que la sensación de
desafección y rechazo entre los sectores de más influencia y más altos ingresos
debiera también aumentar en lo que resta de su mandato.