El ingeniero, el profesor y la doctora
Patricio Navia
Revista Capital,
#205, junio 1, 2007
Los últimos tres Presidentes
de la República se han desempeñado en La Moneda reflejando fielmente los
estereotipos que usualmente atribuimos a las personalidades de los ingenieros,
profesores y médicos. Incluso hoy, el comportamiento de la Presidenta Bachelet y de los ex presidentes Frei y Lagos evidencia las
fortalezas y debilidades que, en el imaginario colectivo, poseen esos
profesionales.
A estas alturas
de su gobierno, queda claro que Bachelet está mucho
más preocupada de las personas que del país. Sus mejores momentos siempre se
dan cuando se involucra directamente con las personas. Su simpatía natural y su
evidente capacidad para empatizar con los que sufren le
ha permitido mantener niveles de aprobación razonablemente
altos, especialmente entre mujeres. Pese a los innegables problemas de
conducción política y a los innumerables errores no forzados personales y de su
gobierno, Bachelet sigue despertando una simpatía
natural. Esto porque la presidenta se apega fielmente al viejo estereotipo del
médico de cabecera, preocupado por sus pacientes aún a costa de la eficiencia y
la optimización del tiempo y de recursos.
El ex presidente
Lagos siempre se preocupó de dictar cátedra a la par de gobernar. Este doctor
en economía se sentía cómodo en esa relación de profesor/alumno con sus
interlocutores. Lagos sabe todas las respuestas. Es más, a menudo él mismo
ayuda a los periodistas a hacer las preguntas correctas. Para él, poseer la
verdad fue—y sigue siendo—una cuestión intrínseca a su condición de profesor.
Pero como profesor tradicional, Lagos siempre estuvo más preocupado del
conocimiento que de los alumnos. La identidad y personalidad de sus alumnos fue
siempre secundaria a la necesidad de impartir conocimiento y de satisfacer el
objetivo de educar. El Estado, y el gobierno, deben ejercer sus funciones,
cueste lo que cueste, caiga quien caiga. Y como buen profesor, que se sabe
esencial al proceso educativo, Lagos se veía a sí mismo como fundamental para el
cumplimiento de las obligaciones de su gobierno. Incluso hoy, fuera de La Moneda, Lagos se
sigue comportando como si supiera más y mejor que los demás. Lagos gobernó con
visión de estado. Como todo profesor, también dejó en claro preferencias por
algunos temas y por algunos protegidos. Pero el suyo fue el mejor ejemplo de un
gobierno que mira al mundo y a la historia tanto o más que a los propios
chilenos que son afectados directamente por las decisiones políticas y las
políticas públicas.
El ahora
presidente del Senado, Eduardo Frei es en cambio una personificación perfecta
del estereotipo del buen ingeniero. Poco hábil en sus discursos y recursos
literarios, los chilenos difícilmente recordarán alguna de sus alocuciones de
campaña o mensajes al país desde el sillón presidencial. A diferencia de su
padre, Frei no es un gran orador. Pero es un exitoso ingeniero. El ex
presidente posee un notable sentido común. Su siempre evidente pragmatismo ha
aumentado con los años. El presidente que más privatizó en democracia no se
ruborizó para sugerir mayor injerencia estatal en el Transantiago.
Por su reconocida poca locuacidad, Frei equivocadamente usó el verbo estatizar.
Pero el sentido de su propuesta (evidente en el discurso y en sus explicaciones
posteriores), llamaba al gobierno a desarrollar y usar herramientas para
asegurarse que el Transantiago funcione. Los
proyectos de ley que anunció La Moneda para crear un zar del transporte
metropolitano y para permitir interventores estatales a las empresas privadas
reflejan la esencia de la propuesta de Frei. Educado para optimizar recursos y
privilegiar la eficiencia, Frei fue un presidente pragmático. Sus falencias
comunicacionales (que además subrayan una lección para las escuelas de
ingeniería del país: además de enseñar a hacer los cálculos hay que enseñar a
comunicar efectivamente las ideas) siempre contrastaron con sus enormes
capacidades para optimizar recursos y para desechar los ideologismos y las
posturas dogmáticas.
Desde el fin de
la transición, Chile ha experimentado con distintos estilos y personalidades en
La Moneda. Las profundas diferencias en personalidad, formación profesional y
prioridades de los mandatarios refleja que el
electorado, si bien ha confirmado su apoyo a la Concertación, también se ha
atrevido a innovar con personalidades diferentes al mando del país. Las
fortalezas de cada estilo a menudo sorprenden positivamente, mientras que las
debilidades específicas a cada estereotipada profesión inevitablemente llevan a
la opinión pública a añorar los estilos de gobierno de los que ya no están.