El síndrome Transantiago
Patricio Navia
Revista Capital,
#209, 27 de julio de 2007
Después de los
traumáticos problemas de diseño e implementación del Transantiago,
el gobierno parece convencido de que es mucho mejor no adoptar reformas que
correr el riesgo de hacerlo mal. Por eso, en los próximos dos años, el país
deberá acostumbrarse a que la iniciativa política sea tímida y las grandes
reformas que anunció Bachelet devengan en pequeños y
deslucidos ajustes.
Más que la
abandonada paridad de género, las caras nuevas, la democracia participativa o
las protestas estudiantiles de 2006, el Transantiago
es hasta ahora el principal legado de Bachelet. Este
ambicioso proyecto revolucionario de políticas públicas que aspiraba a
cambiarle la cara a Santiago terminó convirtiéndose en un dolor de cabeza que
ha paralizado al gobierno. Además de los conflictos que han producido las
veladas críticas entre los que diseñaron el sistema bajo el gobierno de Lagos y
los que lo implementaron bajo Bachelet, el Transantiago también ha desnudado las crecientes grietas
programáticas y tácticas en la Concertación. Las agendas personales se han
visto potenciadas toda vez que la propia Bachelet
nunca pareció entender la importancia de esta revolucionaria transformación.
Después de irse de vacaciones para su inauguración, Bachelet
intentó deslindar responsabilidades sugiriendo que en realidad ella hubiera
preferido no adoptar la reforma. Los adversarios del titular de Hacienda Andrés
Velasco—hasta entonces el más poderoso de los ministros del
gabinete—aprovecharon la ocasión para intentar derribarlo. Un cambio de
gabinete de por medio y 5 meses después, el Transantiago
sigue representando el más claro síntoma de los problemas de conducción
política de La Moneda y de control de agenda del gobierno de Bachelet.
Los problemas no
empezaron con el Transantiago, pero esa crisis los
agravó. Si hasta febrero La Moneda creía que podía dejar una huella indeleble
en la sociedad después de estos cuatro años de gobierno socialista (Bachelet alguna vez declaró que el gobierno de Lagos fue
más bien neoliberal), ahora se ha impuesto la tesis de hacer lo menos posible
para no volver a dejar una embarrada. Esa actitud, por cierto, ya la habíamos
empezado a ver en ciertas dependencias públicas. Los escándalos de corrupción
en el MOP primero y en Chiledeportes después han
frenado muchos otros programas de intervención focalizada. Nadie quiere ser el
centro del próximo escándalo. La institucionalidad medioambiental, dividida
entre aquellos que idolatran la ecología y los que creen más en el desarrollo
económico, se ha convertido en un freno a la inversión mucho más que en un
filtro que permita separar lo bueno de lo malo.
Adicionalmente,
la correcta preocupación con la eficiencia y efectividad del gasto público
también ha puesto un freno a varios proyectos que estaban en etapa de
planificación. La decisión de no construir el puente que uniera el continente
con la isla de Chiloé constituyó una señal poderosa a favor de la eficiencia en
el gasto. Pero también representó un claro cambio de prioridades. A partir de
ahora es mejor no realizar un proyecto que correr el riesgo de que la mala
gestión y la creciente corrupción aumenten demasiado los costos. Con esa lógica
de eficiencia, nos habríamos evitado el inminente escándalo de las cárceles
concesionadas, pero tampoco tendríamos reforma procesal penal ni muchas obras
concesionadas. El lema del gobierno
parece ser que mientras menos cosas se hagan, menos posibilidades de provocar
escándalos.
Si bien esa
postura es comprensible, es también profundamente dañina y contraproducente. La
Moneda debe entender que su desafío es liderar, introduciendo cambios y
reformas que permitan al país competir mejor en un mundo globalizado, que
incentiven la inversión y el desarrollo, que sean conducentes a la creación de
empleo y que, con programas focalizados, contribuyan a aminorar los costos para
los perdedores, los más pobres y aquellos en posición de vulnerabilidad.
Pero el síndrome Transantiago tiene a La Moneda, y al resto del gobierno,
paralizado. La esperanzas radican en que la economía ande bien—por lo que algunos
datos recientes sobre inflación y confianza de los consumidores han despertado
mucha preocupación—y que las divisiones al interior de la Alianza faciliten una
nueva victoria concertacionista en 2009. Pero la idea
de que el cuatrienio de Bachelet vaya a dejar un
legado positivo, claro y permanente parece haberse convertido en la primera y
principal víctima del fallido intento por reformar el transporte capitalino.
Más que transformar el país, el gobierno de Bachelet
ahora sólo espera poder evitar que la gente vuelva a asociar a los socialistas
en el poder con largas colas de espera y con una equívoca intervención estatal
en el mercado.