¿Quién quiere sufragio universal?
Patricio Navia
Capital, #211,
agosto 24, 2007
De no mediar una
reforma al sistema de inscripción electoral, las presidenciales de 2009 tendrán
la participación más baja de los últimos 50 años. Por eso, independientemente del
debate sobre la obligatoriedad del voto, el Estado debería automatizar el
sistema de inscripción o al menos modernizarlo.
Desde comienzos
del siglo XX, la participación electoral aumentó sostenidamente en Chile. Para
la elección presidencial de 1920, participó un 9,1% de la población en edad de
votar (PEV). En 1942 ya votó un 17,4%. Después de que las mujeres adquirieron
el derecho a voto en 1949, la participación alcanzó a un 29,1% en las
presidenciales de 1952. Para la elección de Alessandri en 1958, llegó al 33,8%.
La contienda presidencial de 1964 atrajo a un 61,6% de la PEV. En la
presidencial de 1970, participó un 56,2%. Y en las parlamentarias de marzo de
1973, un 69,1%. Después que el plebiscito de 1988 convocara a un 90% de la PEV,
la participación electoral ha mostrado una tendencia sostenida a la baja. Si
bien la participación sigue siendo alta respecto al padrón (88% en las
presidenciales de 2005), muchos chilenos no están inscritos en el padrón.
El número de
inscritos se ha mantenido estable desde el retorno de la democracia. En 1993,
había poco más de 8 millones de empadronados. Ya que había una PEV de 9
millones, el padrón incorporaba al 90% de la población con derecho a voto. En
2005, había 8,2 millones de inscritos y una PEV de 10,6 millones, por lo que el
padrón incorporaba sólo al 77% del universo. Lo más probable es que pocos
chilenos se inscriban para votar entre ahora y 2009, por lo que el padrón
electoral probablemente sólo llegue a unos 8,5 millones de electores. Pero, de
acuerdo a las estimaciones del INE, habrá 12,1 millones de chilenos mayores de
18 años en 2010. Esto quiere decir que, para el bicentenario, uno de cada tres
chilenos en edad de votar no estará inscrito en el padrón.
Si adicionalmente
consideramos que la abstención alcanza a poco más de 10% de los inscritos y que
un 7% de los que participan anulan o dejan su voto en blanco, podemos anticipar
que aproximadamente un 40% de todos los chilenos en edad de votar se habrá
marginado de los próximos comicios. Ya sea porque no se inscriben, porque
estando inscritos no votan o porque anulan o dejan en blanco su voto, dos de
cada cinco chilenos no votará en 2009. Quienquiera
gane, habrá llegado a La Moneda con el apoyo de un 25-30% de la población en
edad de votar.
Chile tiene un
peculiar padrón electoral. La votación es obligatoria para los inscritos. Pero
inscribirse es opcional (y cuando uno se inscribe, ya no se puede salir más).
Como la mayoría de aquellos en edad de votar en 1988 se inscribieron, casi
todos los mayores de 40 años estarán inscritos en 2009. Los que cumplieron 18
después del plebiscito tienen tasas de inscripción mucho más bajas. Una mayoría
de ellos no está empadronada. Para poder inscribirse, hay que viajar,
literalmente, al siglo XIX. El mal financiado Servicio Electoral no posee ni la
tecnología ni la facultad legal para modernizarse. Es mucho más difícil
inscribirse para votar que hacer la declaración de impuestos. Como si eso fuera
poco, el padrón se cierra 90 días antes de la elección. Cuando la gente recién
empieza a poner atención a las campañas, ya no hay posibilidad de inscribirse.
La Concertación
sabe que este padrón truncado les beneficia. Mientras el grueso del electorado
todavía esté marcado por el plebiscito de 1988, la Concertación podrá seguir
gozando de supremacía electoral. Por eso, cada vez que alguien sugiere
actualizar el sistema de inscripción, los concertacionistas
transforman una propuesta de modernización del Estado en un debate moral sobre
la obligatoriedad del voto. Incomprensiblemente, la Alianza tampoco parece
interesada en contribuir a dejar atrás el efecto plebiscito de Pinochet. Si
bien la Alianza hace grandes esfuerzos por renovarse, el mercado de votos donde
no tiene desventaja frente a la Concertación no es parte del universo
electoral. La mayoría de los menores de 35 años, mucho menos marcados por el
complejo legado de la dictadura, presumiblemente estarían más dispuestos a
votar por la Alianza. Pero ni siquiera están inscritos.
Nada de esto es
nuevo. En noviembre de 2002 en una columna en Capital alegué que uno de cada
cinco chilenos no estaba inscrito. Hoy es uno de cada tres. Mientras seguimos
enfrascados en debates teóricos sobre la obligatoriedad del voto, se debilita el
sufragio universal y, por consiguiente, se erosiona la principal base de la
democracia representativa.