¿Taxi, señor?
Patricio Navia
Revista Capital, #212, septiembre 7, 2007
Precisamente porque las primeras impresiones son las más difíciles de
alterar después, la mayoría de los países se esmera para mostrar su mejor y más
representativo imagen a los turistas y viajeros de negocios que llegan al país.
En Chile, estamos haciendo mal la pega. El brutal acoso de taxistas y agentes
de taxis que sufren los viajeros que aterrizan en SCL (el Aeropuerto
Internacional de Santiago) burdamente presenta a la vez lo mejor y lo peor de
nuestro modelo económico. Porque el mercado cruel no tiene que ser sinónimo de
salvaje y agresiva selva, nuestro aeropuerto debiera adoptar prácticas en la
oferta de taxis similares a las que rigen en la mayoría de los aeropuertos del
mundo. Además de mostrar que el neoliberalismo puede tener rostro humano, mejoraríamos
la primera imagen que decenas de miles de turistas y viajeros de negocios se
llevan de este país donde muchas veces el mercado ha sido asociado con la
barbarie. Los taxis deben esperar, no acosar, a los
pasajeros.
Después de un ordenado proceso de policía internacional y de aduana—con un
obligatorio pero no incómodo paso por una tienda de duty-free—los
viajeros que aterrizan en nuestro innombrable aeropuerto deben enfrentar una
práctica más propia de un país subdesarrollado que de uno donde el mercado
funciona en un contexto de instituciones y regulaciones adecuadas. A la salida
de aduana, se amontonan los oferentes de taxis y servicios de transportes.
Cualquier persona con cara de recién llegada o con maleta en mano es objeto de
acoso y abierta intimidación. “¿Taxi señor?” “¡Barato,
¿donde lo llevamos?”
Es verdad que los viajeros tienen la opción de adquirir servicio de taxi o
transfer antes de dejar el protegido mundo de las correas transportadoras—con
los inevitables monopólicos puestos de money exchange que en todo el mundo venden moneda nacional a
tasas ridículamente altas—y enfrentar la selva de oferentes de taxi (legales e
ilegales) que inundan el lobby del primer piso del aeropuerto. Pero nada
justifica la existencia de un mercado más propio de la calle, donde los
acosadores brokers se acercan ofreciendo diferentes
tarifas y cobrando variables comisiones.
Abundan las historias de personas que han terminado pagando $30 mil pesos
por un viaje en taxi hasta Providencia que oficialmente no cuesta más de 12 mil
y que, de no mediar el poder monopólico de una empresa, podría costar aún
menos. En realidad, todo depende de qué tan avezados sean los viajeros. Uno
puede obtener un valor marginalmente superior al de mercado si opta por los
taxis oficiales (aunque igual debe dejar propina para el que lleva la maleta, para
el sube la maleta al taxi y finalmente para el taxista.) Pero si decide
aventurarse y adquirir el servicio en el mercado ilegal para evidente del
lobby, los costos pueden aumentar significativamente.
En aeropuertos de otros países del mundo, los taxis
autorizados esperan en fila su turno para recoger pasajeros. En otras
ciudades, las empresas de servicios de transportes tienen sus lugares de venta,
y los viajeros pueden optar libremente por la consideren más conveniente. Hay
países donde alguna forma de transporte público llega al aeropuerto, por lo que
los viajeros son libres de escoger entre taxis y la locomoción colectiva. Pero
en el caso nuestro, intentamos con los tres sistemas a la vez.
Un pasajero puede adquirir los servicios de taxis oficiales en los lugares
de venta (lo que en todo caso no lo exonera del acoso de los brokers en el lobby.) Los pasajeros también pueden salir a
la calle y tomar taxis autorizados, si logran superar el acoso y evitar que los
brokers les arrebaten sus
carros con el equipaje. Finalmente, si los viajeros logran superar la ola de
acosadores, pueden incluso llegar a enterarse de que hay buses que los llevan
hasta el metro y hasta el centro de Santiago. El transporte público puede no
ser la mejor opción, dado nuestro precario Transantiago.
Pero esa debería ser una decisión que tomen los viajeros, no los operadores de
taxi.
El acoso del que son objeto los viajeros que salen de aduana en nuestro
aeropuerto internacional por los agentes de taxis oficiales y piratas
constituye una pésima—pero en muchos aspectos honesta y certera—advertencia a
los recién llegados sobre los claroscuros de nuestro modelo económico. Yendo
más lejos, los viajeros pueden llegar a conclusiones meridianamente certeras
sobre el estado de derecho, la primacía de las instituciones por sobre la
barbarie, el respeto por la privacidad y el espíritu empresarial de nuestro
país.