El caracazo chileno
Patricio Navia
Revista Capital,
#214, octubre 5, 2007
Si bien la
violencia del 11 de septiembre ya parece ser una tradición, el descontento y la
marginalización social que las movilizaciones evidencian constituye una real amenaza
para la supervivencia del sistema de libre mercado y la institucionalidad
democrática. A menos que tomemos las medidas correctoras adecuadas, el malestar
que irrumpe en días emblemáticos de protestas (como el 11 o el Día del Combatiente
el 29 de marzo) devendrá en un terremoto que amenace la continuidad del modelo
en sus cimientos reconocidamente más débiles.
Hace 25 años, cuando
el resto de los países latinoamericanos atravesaba por traumáticas experiencias
autoritarias, Venezuela era considerada una excepción. Producto de los favorables
precios internacionales del petróleo y gracias a un sistema político de dos
grandes partidos que compartían el poder, esa democracia había sobrevivido.
Pero el sistema fue incapaz de ajustarse a los cambios. Los partidos políticos se
tornaron elitistas y la exclusión social se convirtió en la norma. Los
beneficios del crecimiento se distribuían desigualmente. El Caracazo, una
erupción social iniciada en febrero de 1989, se originó—incidentalmente—por una
crisis en el sistema de transporte público. Eventualmente, el presidente Carlos Andrés
Pérez, que había vuelto al poder después de un exitoso primer mandato, fue
removido en medio de escándalos de corrupción. Hugo Chávez, un coronel de
ejército que se alzó como paladín anticorrupción y anti partidos políticos
tradicionales, demostrando enormes habilidades populistas, llegó al poder
democráticamente en 1998 y, con una oposición desorganizada de por medio, ha
logrado mantenerse ahí hasta hoy.
Las comparaciones
son siempre imperfectas. Chile en 2007 no es igual que Venezuela en 1989. Pero
los síntomas de un sistema económico que fomenta profundos niveles de
desigualdad, un sistema político con poca competencia, acomodamiento de las
elites y crecientes niveles de corrupción deberían llamar la atención a
aquellos interesados en profundizar y perfeccionar el modelo que tantos éxitos
nos ha traído.
De hecho,
precisamente porque el modelo de Chile ha sido exitoso, las expectativas de
mejoras sustantivas en la calidad de vida han crecido. Los que hoy engrosan las
filas de los marginados y descontentos no son los más pobres ni los que menos
tienen. Aquellos que han logrado ver los beneficios de la tierra prometida de
las oportunidades, el consumo y una mejor calidad de vida son los más propensos
a dejarse seducir por los cantos de sirena de líderes populistas que buscan
cosechar votos en la frustración y la impaciencia que producen repentinos
estancamientos en las tasas de crecimiento.
Sus críticos
correctamente señalan que el modelo de economía social de mercado produce
incertidumbre. Pero la incertidumbre no es necesariamente mala. En el Chile de
antes, aquellos que nacían en pobreza tenían nulas expectativas de progreso. De
hecho, para los que menos tienen, la incertidumbre es sinónimo de oportunidades
para salir adelante. Por eso, más que denunciar la incertidumbre, debemos
hacernos cargo de ella como una señal positiva.
La buena
incertidumbre existe cuando hay avances. Pero no podemos olvidar que, para ser
sustentable, el modelo de libre mercado debe incorporar una red de protección
social adecuada. Correctamente, Bachelet ha insistido
en ese punto hasta el cansancio. Pero el aparato estatal ha demostrado ser
incapaz de asumir el desafío de fomentar la incorporación social. Sin modernización
del estado, no podremos construir esa red de protección social necesaria para
que, en esta sociedad de crecimiento e incertidumbre, todos se puedan sentir
partícipes de sus beneficios. Para construir el Chile que queremos, debemos
primero partir por construir un Estado capaz de sustentar la red de protección
social que permita y fomente una sociedad de ciudadanos y consumidores. En la
modernización del Estado, no podemos olvidar a los partidos políticos. Nuestros
partidos todavía se enorgullecen por haber hecho bien la transición, sin
entender que los desafíos de hoy son distintos y mucho más complejos.
Algunos
desconocerán las amenazas y, erróneamente, predicarán paz y tranquilidad,
atribuyéndole a los hechos de violencia una explicación meramente delictual.
Pero mientras menos hábil sea el sistema para reformarse a sí mismo,
produciendo más inclusión social, más oportunidades, más transparencia y más
competencia, más daño producirán las irrupciones de violencia del tipo Caracazo
y más presente se hará sobre Chile la endémica amenaza de populismo que
históricamente ha afectado a todos los países de nuestra región.