El lucro y la calidad
Patricio Navia
Revista Capital
#217, noviembre 15, 2007
El debate actual
sobre el lugar del lucro en el sistema educacional chileno también debiera
extenderse al lucro en todo el sector público. Los equivocados argumentos que
asocian el lucro con las deficiencias de la educación son los mismos que llevan
a muchos a desechar el lucro como mecanismo para reclutar buenos funcionarios
públicos y, por cierto, buenos políticos.
En su reciente
autobiografía titulada The Age of Turbulence, el ex presidente de la Reserva Federal
estadounidense Alan Greenspan reflexiona con claridad sobre el lucro: “lamentablemente,
el concepto de derechos de propiedad sobre el capital y otros bienes sigue
siendo conflictivo, especialmente en sociedades que todavía creen que el lucro
es más bien inmoral. Un objetivo clave de los derechos de propiedad, después de
todo, es proteger los bienes para poder usarlos con fines de lucro. Esos
derechos no son sostenibles en una sociedad donde todavía prevalecen remanentes
de la visión marxista de la propiedad como un robo” (p. 252).
En Chile, la intención
del gobierno de Bachelet—ratificada por el congreso
del PDC—de prohibir el lucro en la educación particular subvencionada refleja esa
equivocada concepción de inmoralidad. Los
“opositores al lucro” han insistido en que no se puede lucrar en educación con
recursos públicos. Pero, ¿no lucran acaso con recursos públicos los
contratistas que venden insumos a ENAMI, a JUNAEB, al Ministerio de Defensa,
las AFP o incluso aquellas editoriales que proveerán libros para el maletín
literario?
El lucro debiera
ser entendido como una buena herramienta para promover la mejora en la calidad
de los servicios. A través del lucro se pueden introducir incentivos para
mejorar la oferta de servicio, marcos regulatorios para asegurar controles de
calidad y, si además sumamos la opción de varios proveedores, competencia para
que los propios ciudadanos premien con sus preferencias el mejor servicio. En
educación, el lucro es precisamente la herramienta que puede usar el gobierno
para introducir reformas que mejoren la rendición de cuentas, la transparencia
y, en definitiva, la calidad de la educación.
Por cierto, un
área donde necesitamos mejor calidad de servicios es precisamente en el sector
público y entre los políticos. A menudo escuchamos candidatos que hablan del
“servicio público” como un apostolado. Esas declaraciones contrastan con los escándalos
de corrupción. La semilla de la corrupción se alimenta precisamente de la
equivocada percepción de que a los funcionarios públicos no los motivan los
mismos incentivos que al resto de la personas.
Es verdad que a
muchas personas no las motivan exclusivamente los ingresos. Pero mientras más
se paga por un puesto, mejor la calidad de los candidatos a ese trabajo. Si
existen mecanismos para identificar adecuadamente las habilidades de los
distintos candidatos, los empleadores pueden estar seguros que mientras más
dinero paguen, mejor la calidad de sus empleados. Eso es cierto a la hora de
contratar empleados, pero también a la hora de nombrar ministros, seremis,
directores de empresas públicas o al momento de escoger parlamentarios.
Así como el lucro
puede ser utilizado para mejorar la calidad de la educación, también podemos
usarlo para introducir incentivos que nos permitan reclutar profesionales de
alto nivel que ayuden a mejorar la gestión en el sector público. Los sueldos
del sector público deben subir. Aunque también deben introducirse mecanismos
que terminen con la inamovilidad, mejoren la rendición de cuentas, la
transparencia y el control de calidad. En política, si los parlamentarios se
dedicaran a producir buenas leyes, fiscalizaran adecuadamente y ganaran sus
puestos en elecciones competitivas de verdad (no en el duopolio concertacionista-aliancista actual), bien valdría incluso
un aumento de sueldos a sus ya abultados salarios. Mientras más exigente, más
competitivo y mejor remunerados los trabajos, mejores los candidatos.
Los recientes desmedidos—y
desafortunados—ataques contra el lucro comprensiblemente desaniman a algunos
empresarios. Pero la incapacidad de muchos de estos propios empresarios para
entender que, al final del día, el sector público y los políticos reaccionan a
los mismos incentivos que los actores del sector privado también alimenta la
equivocada creencia sobre el ‘servicio público’ desinteresado y ajeno al lucro.
La calidad de nuestro sector público y de nuestros políticos está
inevitablemente asociada a nuestra disposición a implementar sistemas de empleo
y de elección popular, y pagar sueldos, que atraigan a los mejores. El lucro, y
no el ilusorio idealismo del ‘servicio público’ es lo que nos permitirá tener
el aparato de Estado, y la clase política, que necesitamos para el siglo XXI.