Parlamentarios tránsfugas
Patricio Navia
Revista Capital,
#219, diciembre 14, 2007
La aparición de
parlamentarios tránsfugas constituye una amenaza a la gobernabilidad
democrática. Si al momento de escogerlos no sabemos el color de la camiseta que
tendrán los candidatos después de electos, difícilmente podemos decir que
nuestra democracia funciona bien. Si bien no debieran ser ejércitos
disciplinados con liderazgos leninistas, en tanto los partidos políticos
devengan en convenientes y fluidas alianzas electorales de caciques
individualistas, nuestra democracia habrá entrado en la senda del irresponsable
populismo latinoamericano. Será cuestión de tiempo hasta que aparezcan candidatos
presidenciales que prometan una cosa para luego implementar algo totalmente
distinto una vez en el poder.
En semanas
recientes, parlamentarios de la Concertación y de la Alianza han renunciado a
sus partidos declarándose independientes.
Literalmente, estos parlamentarios son tránsfugas. Al anunciar que ponen sus
votos a la venta del mejor postor, estos políticos reconocen lo que las encuestas
gritan a viva voz, que la estructura del sistema de partidos políticos chilenos
amenaza con derrumbarse. Pero en vez de arremangarse las mangas para intentar
salvar la legitimidad del sistema democrático, se apuran en ser los primeros en
abandonar el barco.
El caso de
Fernando Flores es especialmente insólito. El senador, que se hizo conocido por
su interés en la tecnología y su capacidad para “abrir nuevos mundos” y pensar
en el futuro más que en el pasado, ha justificado sus accionar a partir del
innegable—pero irrelevante—hecho de haber estado en La Moneda con Allende para
el golpe. Como si un evento fortuito constituyera un salvoconducto para la
irresponsabilidad posterior, Flores renunció al PPD—partido por el que hizo
campaña como candidato en 2001—para formar un improbable nuevo partido.
Aliándose con Jorge Shcaulsohn, cuya trayectoria
política y de lobbysta deja en claro su incapacidad
para separar la política de los negocios, Flores ha fundado Chile Primero.
Aunque no cuesta anticipar que el movimiento eventualmente devendrá en un
conflicto personal entre ambos líderes (Schaulsohn o
Flores primero), su aparición ha desnudado la falta de cohesión ideológica en
un PPD que hace rato ya no tiene sentido en un Chile donde ya no existe riesgo
de regresión autoritaria. Si algo, por el culto al pragmatismo mediático, el
PPD se ha convertido en el mejor espacio para cultivar candidaturas populistas.
El caso de Adolfo
Zaldívar y los colorines díscolos de la DC es el más complejo. Ni Zaldívar ni
la presidente PDC Alvear aceptaron negociar ni quisieron una tregua. El partido
se hizo demasiado pequeño para las odiosidades mutuas. Y si bien ninguno quería
irse, mientras los dos bandos se arrancaban los ojos, el otrora partido pilar
de la estabilidad democrática de los 90 siguió en franca autodestrucción. Pero
Zaldívar, cuya oposición al modelo económico y cuyas promesas de un estado
intervencionista al mejor estilo de la década de los 60 no parecen tener más
apoyo que entre un considerable número de nostálgicos militantes de la vieja
patria joven, parece poseedor de la misma convicción de otros líderes
populistas latinoamericanos. Su discurso mesiánico se diferencia del de Chávez
sólo en el tipo de intervencionismo estatal que ambos promueven. Pero ambos
comparten la falsa idealización de un paraíso perdido (Patria Joven o Simón Bolívar).
Desafortunadamente para Zaldívar, el venezolano ha demostrado ser más
popular.
Lo de Carlos Cantero
no debiera sorprender. El Senador de RN ya fue jefe de campaña de Arturo Frei
Bolívar en las presidenciales de 1999 (menos del 1% de los votos). Pero su
renuncia nos advierte que a las ya conocidas diferencias—sino abierto
desprecio—entre la UDI y RN debemos sumar ahora conflictos al interior de cada colectividad
de derecha. En la UDI, aunque todavía nadie lo invitado a renunciar, las
virulentas frases descalificatorias contra Lavín que han venido desde sus
correligionarios hacen pensar que el ex candidato presidencial es persona non
grata en el sector más duro del gremialismo.
No debiera
sorprender que la opinión pública cada vez presta menos atención a los
conflictos internos de los partidos y se siente menos representada por ellos.
Los propios legisladores tránsfugas son evidencia de que ni los mismos
políticos entienden la militancia partidista como un bien preciado. Pero al
huir de los partidos y privilegiar liderazgos personales, los tránsfugas solo
contribuyen a debilitar un poco más la democracia. Peor aún, con sus actos
pavimentan el camino para que en Chile asole el mismo populismo que tanto daño
le ha hecho a América Latina en el último siglo.